Las peripecias de una mexicana en Japón

blogeditor · 23 de septiembre de 2013

Las peripecias de una mexicana en Japón

Hoy inicio una nueva aventura de comunicación en español desde Japón, “el extremo oriente” literal y figurado. Agradezco a Animal Político su interés para que participe en este espacio y comparta con los lectores algunas experiencias, opiniones e historias como mexicana en Japón desde hace poco más de 11 años.

La primera forma de libro o cuaderno japonés se asemeja a un extenso rollo de papel; se llama kansubon o makimonohon, y los ideogramas que lo nombran son tres: 巻『maki』rollo, 子『su』objeto pequeño y 本『hon』libro o cuaderno, es decir “pequeño libro o cuaderno enrollado”. Su uso se remonta a los rollos de papel de estilo chino para copiar los sutras desde que entró el Budismo en el siglo VIII. Hoy se utilizan en el arte de la caligrafía y la pintura.

Su diseño consiste en una extensa tela de seda u hojas de papel unidas en secuencia y adheridas por uno de sus extremos a un rodillo de madera, bambú, vidrio, metal o plástico; en el otro extremo sólo una cinta cuelga para atarlo al enrollarlo. Una vez que se agota el espacio de escritura se guarda en una caja de cartón estrecha pero larga para ocupar un mínimo espacio en algún mueble, repisa, cajón o caja. Así sucesivamente uno puede coleccionar rollos y rollos de papel escrito.

Este espacio pretende ser eso, un pequeño cuaderno virtual enrollado donde se desdoblarán variados temas sobre un Japón que contemplo todos los días en su historia y su presente con sorpresa, con admiración y otras veces con desagrado, y que para muchos hispanohablantes puede percibirse solo como exótico, lejano y enigmático; que lo es, pero hay más que eso. La propuesta será escribir no solo sobre la historia, la política y la migración, temas que tengo como (de)formación académica, sino también sobre las tradiciones, la cultura, el arte, el lenguaje, la vida cotidiana de la gente, japonesa y no, que miro en esta isla.

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Recientemente China se encuentra en el foco de atención por razones sobre todo económicas. Japón lo fue hace poco más de veinte años cuando el “milagro japonés” irrumpió en el mundo de los negocios. Desde entonces noticias saltan cada vez más en las páginas de diarios y libros sobre todo de habla inglesa.

Pero Japón y los países del este de Asia como Corea y China, que comparten una historia común, siguen siendo lejanos para Occidente y más aún para el mundo hispanohablante. Sólo los temas políticos y económicos suelen entrar en la agenda de la opinión internacional de coyuntura. Razón por la que es casi nula la continuidad para un lector occidental interesado en entender, no sólo el contexto en el que se dan los acontecimientos, sino en general, la cultura y los modos de ser de la nación de la que se está hablando.

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Se piensa que Japón tiene una población relativamente homogénea, con poca población inmigrante. Y es así, pero sólo si nos referimos a la inmigración de origen occidental. Chinos y coreanos son la primera y segunda población más importante de inmigrantes de primera, segunda y tercera generación. Sus orígenes se remontan no sólo al Japón Imperial de principios del siglo XX, sino a los muchos que entraron por las islas del sur antes de que en el siglo XVII el shogunato Tokugawa aislara por decreto a Japón del mundo por poco más de 200 años.

Curiosamente la tercera comunidad inmigrante en importancia es latina, son brasileños. Su origen está alejado del pasado bélico imperial que marca a la comunidad china y coreana. Fuera de Japón y de Brasil poco se sabe sobre su llegada, su asentamiento y su modo de supervivencia en la isla japonesa.

La ola de inmigración latinoamericana, no solo brasileña, llegó a Japón a fines del periodo de la burbuja económica y no habría sido posible sin la anuencia de las autoridades japonesas. El gobierno creó un programa y una visa especial a principios de los años noventa para llamar a trabajar temporalmente a aquellos extranjeros que tuvieran sangre japonesa. Quienes acudieron a ese llamado fueron sobre todo brasileños y peruanos, en menor medida argentinos, chilenos y mexicanos.

Dos razones ayudan a entender ese fenómeno. Brasil pasaba por una de las peores crisis económicas y tanto Perú como Brasil contaban con una gran comunidad de japoneses organizados cuyos ancestros llegaron a principios del siglo XX, también en un programa de migración japonesa.

Japón ha sido en muchos aspectos modelo de vanguardia pero también es líder en fenómenos como el decrecimiento de la población, la baja tasa de natalidad y el envejecimiento a pasos agigantados. El tema migratorio es prácticamente nulo, en parte porque la población extranjera suma apenas el 2%, en parte porque sus gobernantes no quieren discutir su inclusión como una posible vía de solución a los problemas a que se enfrenta.

Parte de la comunidad extranjera son hijos y nietos de aquellos que llegaron durante la guerra; es el caso de coreanos y chinos. Otro parte importante son hijos y nietos de los japoneses que se asentaron en el sur de Latinoamérica o en islas como Hawai para trabajar en las plantaciones de café o de arroz.

Nuevos perfiles de inmigrantes llegan desde hace poco más de veinte años: cónyuges extranjeros, mujeres que trabajan en la industria del entretenimiento (término que la mayoría de las veces se refiere a la industria del sexo), enfermeros y cuidadores de ancianos, trabajadores de empresas transnacionales, estudiantes becados que luego deciden quedarse.

Según estimaciones de la ONU, Japón requerirá de 17 millones de inmigrantes en 2050 para enfrentar el desequilibrio de la pirámide poblacional, puesto que la integración de la mujer japonesa en las agendas de políticas públicas solo será un aliciente a corto plazo. La propuesta suena impensable en el modelo migratorio japonés cuando se habla de que tendría que abrir sus puertas a por lo menos 400 mil nuevos inmigrantes anuales, si en los últimos 50 años sólo ha absorbido cerca de un millón y medio.

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Y en toda esta lectura se preguntarán ¿qué hace una mexicana en Japón? Pues no llegué por ninguno de los motivos que menciono arriba. Llegué por azares del destino de mi pareja, que no es japonesa, y a la aventura que suponía seguirlo. Y no ha habido manera, motivo suficiente, para volver. Llegué como una analfabeta absoluta en el idioma japonés y su cultura, que por otro lado despertó en mí durante el primer año una habilidad en el lenguaje de las señas y los gestos que no sabía que tenía. Mi conocimiento sobre Japón se reducía a las caricaturas, a la bomba atómica, a su derrota en la Guerra del Pacífico y algún otro pasaje leído en las clases de historia de la Facultad.

Había leído poca literatura y visto escasas películas que, lo confieso, me arrullaban más que despertarme interés. Sabía del sushi y los palillos; de las geishas y sus kimonos; de los samuráis y sus espadas; de los avances tecnológicos y sus robots; claro, de Yukio Mishima y su suicidio, y demás estereotipos que suelen repetirse ad infinitum. Pero mi ignorancia sobre Japón ha sido mi mejor arma puesto que desde que llegué no hay día en que no encuentre un motivo de interés nuevo para aprender o descubrir algo y celebrar que soy afortunada por vivir en una isla tan extraña como fascinante, desde mi mirada occidental y latina. Estar fuera en todos los sentidos te hace encontrar muchos caminos. Y eso es lo que intentaré compartir cada tres semanas en este espacio que hoy inicio.

¡Bienvenidos a la lectura de mi Cuaderno Japonés!