Joel Aguirre · 21 de octubre de 2026
Por Miguel Canseco y Teresa Dávalos Navarro*
Las palabras no solo describen la realidad; también la moldean. Desde la filosofía del lenguaje hasta la comunicación política, numerosos autores han documentado cómo los términos que utilizamos influyen en la forma en que interpretamos personas, instituciones y fenómenos sociales. Incluso la tradición judeocristiana sitúa a la palabra en el origen mismo de la creación y es causa de esta: “En el principio era el Verbo” (Juan 1:1).
La política y el activismo comprenden bien este fenómeno. Las disputas contemporáneas suelen librarse en el terreno del lenguaje antes que en el de los hechos. George Lakoff (2004) ha señalado que quien consigue imponer el marco conceptual de una discusión suele condicionar también sus conclusiones.
El debate sobre los animales es uno de sus campos. Desde hace décadas, una corriente del movimiento por los derechos animales promueve una visión abolicionista según la cual ningún aprovechamiento humano de los animales es moralmente aceptable, independientemente de las condiciones de bienestar existentes. Su objetivo declarado no es reformar estas actividades, sino abolirlas progresivamente mediante cambios culturales, legales y políticos.
En ese contexto, algunos términos cumplen una función estratégica e instrumental. Quienes trabajan con animales son descritos como “explotadores”; la reproducción en instituciones zoológicas se presenta como “esclavización”; la exhibición e interacción con animales pasan a ser “espectáculos”; y las instalaciones, en particular las especializadas en mamíferos marinos se reducen a expresiones como “tanques” o “bañeras”. No se trata de palabras neutrales. Son etiquetas diseñadas para inducir una valoración moral negativa antes de analizar la evidencia disponible.
En el caso de las instituciones zoológicas especializadas en mamíferos marinos (IZEMM), el cambio lingüístico ha sido particularmente evidente. Conductas naturales como los saltos, giros o desplazamientos aéreos de los delfines suelen describirse automáticamente como “trucos” o “acrobacias”, aun cuando formen parte de su repertorio conductual natural y sean observables y deseables tanto bajo cuidado profesional como en vida silvestre.
El problema se agrava cuando estos marcos retóricos trascienden la conversación pública e influyen en leyes, regulaciones o decisiones administrativas de la autoridad. Si una conducta natural puede ser reinterpretada jurídicamente como un acto “circense” dependiendo del lenguaje empleado para describirla, el debate deja de centrarse en el bienestar del animal y comienza a depender de consideraciones semánticas, ideológicas, políticas o electoralmente convenientes.
La ciencia contemporánea del bienestar animal ha evolucionado precisamente en sentido contrario. El Modelo de los Cinco Dominios reconoce la importancia de que los animales tengan la capacidad de expresar conductas relevantes para su especie, interactuar con su entorno, con otros animales y con las personas, y experimentar estados mentales positivos derivados de dicha convivencia.
La reproducción es otro ejemplo. En especies altamente sociales e inteligentes, como los delfines, el comportamiento reproductivo forma parte del repertorio natural de la especie. Desde la perspectiva del bienestar animal moderno, impedir sistemáticamente la expresión de conductas biológicamente significativas exige una justificación científica robusta, pues el bienestar no se evalúa únicamente por la ausencia de sufrimiento, sino también por la posibilidad de desarrollar experiencias positivas y comportamientos propios de la especie.
Por ello, será particularmente interesante observar cómo la futura Ley General de Bienestar Animal dialoga con disposiciones existentes que restringen la reproducción de mamíferos marinos bajo cuidado profesional. El desafío no es menor: determinar si una política pública puede limitar conductas biológicamente relevantes para una especie y, al mismo tiempo, sostener que fortalece su bienestar.
La evidencia científica aconseja cautela. Como advierten la psicóloga cognitiva y científica especializada en mamíferos marinos, la Dra. Kelly Jaakkola, y sus coautores (2020), cuando la ciencia es presentada de manera sesgada o incompleta, las políticas públicas pueden derivar en decisiones “arbitrarias o incluso perjudiciales” para los animales que pretenden proteger. A ello se suma la lección que dejan los hallazgos de Tidière et al. (2016): el bienestar animal es un fenómeno complejo que no admite simplificaciones ideológicas ni respuestas universales.
Por ello, el valor de las leyes o normativas en bienestar animal no deberían medirse por su popularidad ni por la satisfacción moral que produce, sino por sus efectos reales sobre los animales. La evidencia científica está disponible, los especialistas han expresado sus advertencias y las posibles consecuencias han sido documentadas. Si aun así se opta por privilegiar narrativas políticamente atractivas por encima de la información científica disponible, la responsabilidad por los resultados recaerá inevitablemente sobre quienes impulsaron y respaldaron esas decisiones. Los animales han tenido y tienen quien hable por ellos: científicos, veterinarios, cuidadores, especialistas en bienestar animal y profesionales de las IZEMM. La cuestión no es si existe una voz que los represente, sino si alguien está dispuesto a escucharla, porque, al final, sí, las palabras importan, y mucho.♦
*Miguel Canseco es vicepresidente de Comunicación de la Asociación Mexicana de Hábitats para la Interacción y Protección de Mamíferos Marinos, A. C. (AMHMAR), y Teresa Dávalos Navarro es maestra en Ciencias y asesora científica de la misma organización.