blogeditor · 20 de agosto de 2015
No sé por dónde empezar a escribir esta vez. Hay demasiado ruido, una orquesta desafinada de especulaciones busca ensordecernos.
¿Investigación? Yo veo una composición mediática de baja monta, y tristemente, un público sentado aplaudiendo cuando la procuraduría grita: “¡Que pase la colombiana!”
Un amigo me dijo el otro día: “este es el país de Chespirito, la dimensión en la cual -no importa lo que pase, el grado de violencia, cinismo o desamparo- ‘nunca pasa nada’. Siempre sale el personaje ‘gordo’ y abusan de él, o el que no tiene casa o el indio. Todos están/estamos (no me excluyo) ‘contentos’ con ese ‘orden’ de cosas. Y los que ’hacen’ el programa (de TV) -siempre- tienen la ‘decencia’ de decir: ‘por respeto al público, este programa no tiene risas grabadas’ (es el máximo grado de lo grotesco que existe)”.
La zoociedad y la jauría amarillista reciben pedazos de imágenes de personas descuartizadas por la “justicia” mexicana, y en sus corrales, destrozan, desangran y se alimentan con cada parte de la dignidad humana que habitó cada ser.
[contextly_sidebar id=”6BzMyR190xDBeEEJHYaml5ioX6doX9BK”]Las colombianas ya no estamos seguras. Las empleadas domésticas, tampoco. Los jóvenes, los periodistas, los malabaristas, los ‘viene viene’, los ‘Mike’, las antropólogas, las mujeres, los jarochos, las bogotanas, las activistas, las maquillistas, las putas, menos. Qué decir de esas mujerzuelas que gozamos de exhibir nuestro cuerpo. Nuestro cuerpo, sus imágenes y representaciones pueden hacerse pedazos en el pequeño hueco del mundo que habites. Hasta ahí te puede alcanzar un pelador de papas asesino de periodistas. Seis, ocho, tres horas, “40 minutos de crimen” y una semana de cantinfleadas bastan para acabar contigo. Una expertise reconocida (ya internacionalmente) en chivos expiatorios, fabricación de delincuentes y de verdaderas falacias históricas. O si por el contrario, tuviera uno la mala suerte de ser testigo de algún delito, podría ser amenazado, como los vecinos de la zona, o peor aún, cazado, como los testigos de la masacre en Apatzingán.
¡Diosito nos libre del poder (per) judicial mexicano!
Y uno se pregunta: y si alguien me asesinara, ¿saldría a la luz que alguna vez robé plumas del súper? ¿Qué he tenido sexo con varios hombres? ¿Se convertirían mis amigos en personas “de dudosa reputación”? ¿Sería una “Nadie” si no tengo un abogado que me defienda del Ministerio Público? ¿Estaré al día en hacienda? ¿Y mis pelis piratas de Tepito..? Dios, ¡son muchos “móviles” para justificar un crimen! Yo también llegué al DF buscando un cambio de vida, también fui ilegal mientras esperaba una visa, también he fumado mariguana, también sentí que en el DF estaba más segura que en Kennedy (Bogotá, el barrio de Mile), también tengo vagina, también viví en Xalapa, también soñé con comprarme un carro de lujo, de esos que pocas veces se ven en Colombia y aquí son baras, también fui 132, también he tenido que hacer trabajos malpagados para sobrevivir en la ciudad, también soy mexicana y colombiana.
El otro día alguien me preguntó que si alguna vez me había sentido discriminada por mi origen colombiano en la Ciudad de México, la respuesta inmediata fue no. Al contrario, esta ciudad me ha dado una familia nueva. Pero luego tuve que corregir mi afirmación, al recordar las entradas al aeropuerto, el paso por migración, los policías y las “autoridades” mexicanas. Recordé los casos de Miguel Ángel Beltrán (secuestrado y expulsado por el gobierno de Felipe Calderón), Nino Colman Hoyos Henao (también secuestrado por la policía, inculpado y condenado, violando todo proceso), Diana Alejandra Pulido Duque (a quien, como refieren los diarios mexicanos y el machismo aberrante, “la mataron por un baile sexi”), y Mile Virgina Martín, quien efectivamente sí es una cualquiera, una cualquiera de nosotras (aquí el comunicado de la comunidad colombiana en México). Me vienen a la mente los 72 migrantes muertos en San Fernando, en los que también habrían muerto 11 colombianos. Y sí, los inmigrantes, ciudadanos de “segunda clase” para las leyes mexicanas, no están a salvo, pero no se apure, que usted y yo, la gente de bien, tampoco. Leí apenas ayer en un periódico colombiano la frase de Galeano: “los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata”.
Ahora recuerdo las palabras de un amigo belga: “cuando se empiezan a tocar temas delicados políticos o de sociedad en general, algunas personas dicen, si no te gusta, ¿por qué no te regresas a tu país? Como si fuera un argumento de oro implacable frente a una queja que no es mexicana”. Los Derechos Humanos y la aplicación de justicia no tienen que ver con nacionalidades.
Yo creo que muchas cosas de nosotros murieron con Mile, Nadia, Yesenia, Alejandra y Rubén: muchos símbolos, juventudes, oficios y nacionalidades compartidas. A veces pienso que un poco de nuestra esperanza, pero también quisiera pensar que no dejaremos que la impunidad mate sus risas, sus sueños, sus ideales, que no dejaremos que otras y otros sigan siendo ejecutados por decir lo que algunos callan o solapan.
A mí francamente cada respuesta de la Procuraduría me abre más dudas. Al igual que la madre de Nadia, quien valientemente hizo notar las incongruencias en su historia, muchos que hemos seguido el caso quedamos intranquilos con las versiones oficiales.
Las violaciones a la cadena de custodia son sumamente graves: conocimos las imágenes, los datos y los nombres de las víctimas por los periódicos que venden morbo en el metro, ¿es esto parte de una investigación seria? ¿La integridad de las víctimas y de sus familias tiene algún sentido para la Procuraduría? ¿La conservación y levantamiento de datos de la escena del crimen pudo darse en medio de tantas filtraciones? Francamente, lo dudo. Yo he escuchado una historia maleable que va adecuándose al nivel de ruido y respuestas del chisme social.
¿Dónde están las cosas de Mile Virgina? Como algunos ya sabrán, ella llevaba menos de dos semanas en este sitio. Resulta que vivía cerca, pero como debía renta (típico de una “gran narcotraficante colombiana”, de esas que salen en Televisa), la casera la corrió y se quedó con sus cosas. Ella (como toda “implicada”, supongo), se acercó a la policía del DF a meter una denuncia contra la casera porque le estaba reteniendo sus cosas. ¿Quién se acerca a la policía a pedir ayuda para sacar sus pertenencias cuando tiene cola que le pisen? ¿Por qué solo se filtran los toxicológicos de Nadia y Rubén y no se dice que Mile, Yesenia y Alejandra no habían consumido nada? ¿Por qué no se “filtra” la carta de la agencia de modelos en donde trabajó Mile y la recomiendan por ser una persona “responsable, profesional y de conducta intachable”? Pareciera que las víctimas se convierten en la mejor percha para la impunidad.
Recordemos que apenas hace unos días el Grupo Interdisciplinario de Expertos Internacionales (GIEI) de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) se percató del hallazgo de 19 prendas, entre objetos y ropa, que no se procesó en el caso de Ayotzinapa, constituyendo un hecho “grave desde el punto de vista de la investigación”.
¿Dónde están y qué dicen los celulares de Nadia, Rubén, Yesenia y Alejandra? ¿Y el otro automóvil? ¿Y los golpes que “se hizo” Daniel? Quien por cierto esperaba tranquilo en su casa a ser capturado. ¿Y las declaraciones y líneas de investigación que exigen los familiares y abogados?
Si los “dealers” vengadores fueron motivados por la recuperación de alguna deuda, ¿por qué dejaron las computadoras, el plasma, el coche tirado en Coyoacán y otros objetos de valor?
¿Cómo fue posible que un “viene viene” y “un malabarista” se hayan formado en expertos sicarios ejecutores con armas nuevas de uso exclusivo del ejército..? Seguramente al acomodar los coches o haciendo equilibrio con pelotas lograron esa eficacia.
¿Dealer 1, dealer 2 y dealer 3? Un, dos, tres por México y su sistema judicial corroído.
Ellos seguirán dando sus “carpetazos”, y usted, ¿queda tranquilo con eso?
Yo creo que hay que mirar al lado, ahí está nuestra única salida. Como acaban de decir los zapatistas: “de arriba, nunca, jamás llegarán la verdad y la justicia”. Vaya conectando. No son fenómenos aislados, piense en todo lo que sucede en los estados, en la línea imaginaria que separa el crimen del gobierno, en el paramilitarismo, en el despojo territorial en todo el país, en los migrantes extorsionados, asesinados, desaparecidos, en los feminicidios, en la política que persigue el consumo individual pero permite el narcotráfico con otros países, en el tráfico de personas, en la explotación minera dañina, en las reformas estructurales, en la criminalización de las víctimas, de la protesta y de la juventud, en cada policía que nos para en la esquina pidiendo mordida. Hay que escribir y hacer más acciones; hay que enfocarse, trabajar por el rescate del país. Es eso o convertirnos en las risas grabadas.
#JusticiaParaMile
#JusticiaParaLxs5


* Yarima Merchan Rojas (@Yarigui) “la colombiana”, la mexicana, es Arqueóloga por la Escuela Nacional de Antropología e Historia.