blogeditor · 7 de julio de 2014
Es como una tormenta imperfecta. La retrógrada Ley de Telecomunicaciones aprobada según las instrucciones de grandes empresas abusivas y un gobierno ansioso de recobrar todo el control y las palancas autoritarias que le dieron sustento durante setenta y un años; la cruda mundialista, y las torpezas de administraciones federales y la del jefe de gobierno del DF, orillan a buscar consuelo y esperanza en el cine: en el deslumbrante descubrimiento de un director japonés que se conoce poco por estos rumbos. Hombre profundamente contradictorio que murió en 1956, pero cuya obra es tan contemporánea que podría haber sido filmada ayer mismo.
Pienso en la senadora sonorense del PRI y secretaria de la Comisión de Comunicaciones y Transporte, Claudia Pavlovich, cómplice y encubridora de los dueños de la Guardería ABC a los que recomendó ampliamente ante el juez que llevaba la causa, y su reciente aval a la #LeyTelecom, aquel esperpento que de acuerdo a su criterio interesado, ‘no compromete la libertad de expresión’.
Imagino al mismo tiempo, en vísperas de su huelga de hambre, a Estela Báez, mamá de Yeyé y esposa de Julio Márquez, ciudadanos agraviados por la negligencia criminal y las ofensas e humillaciones de gobiernos de todos los niveles empeñados en invisibilizar a las víctimas del incendio e incumplir las falsas promesas de Enrique Peña Nieto y Felipe Calderón, y me remito oblicuamente a las estrategias de supervivencia que encarnan los personajes de las películas del Sensei Kenji Mizoguchi. En especial, de sus mujeres.
Ya se abordó tema de un filme reciente sobre asesinos de miles de personas durante masacres indonesias de 1965, que son considerados ‘héroes nacionales’, y las puestas en escena, dirigidas por ellos mismos, que ilustran sus ‘logros’. La impunidad como garantía de ascenso profesional, digna del respeto que aparentemente sigue otorgando la opinión pública de ese país, hacia sus fundadores nacionales. Una lacra que definitivamente, en México, no nos es ajena.

Kenji Mizoguchi (1898-1956), difícil y perfeccionista director de cine, fue uno de los más grandes artistas visuales del siglo veinte. Nació en circunstancias precarias, cuando Japón estaba inmerso en procesos y transiciones que lo llevarían al militarismo y la guerra; a la amnesia selectiva que negaba crímenes contra la humanidad durante la conflagración; a las hecatombes de Hiroshima y Nagasaki de agosto de 1945,y al descubrimiento identitario que le sucedió en todas las artes. Hizo carrera en diferentes estudios cinematográfios; produjo una obra intensa y duradera.
Un documental sobre Mizoguchi hecho en 1975, por otro grande del cine, Kaneto Shindo (1912-2012), afamado y longevo director de películas como Onibaba y Kuroneko, intenta retratarlo, retrospectivamente y a casi veinte años de su fallecimiento, con todas sus ambigüedades.
Las mujeres de sus películas asumen su condición, trascienden a su propio destino y a las limitaciones melodramáticas que impone una narrativa aunada a la maestría del director, su elenco, el impecable trabajo de cámara y ambientación, que en los años cincuenta consolidaría la fama bien ganada de Mizoguchi con El Amor de la Actriz Sumako (1947), La Vida de Oharu (1952), Ugetsu Monogatario Cuentos de la Luna Pálida y Una Geisha (ambas estrenadas en 1953); El Intendente Sansho y Los Amantes Crucificados (las dos, de 1954) y su última película, La Calle de la Vergüenza (1956), obras maestras todas que le valieron premios y el reconocimiento universal tanto de la crítica como del público.
Son cortesanas, geishas, prostitutas, actores de kabuki y en ocasiones fantasmas y otros seres sobrenaturales los que pueblan sus filmes de época, o expresiones más contemporáneas. Una atmósfera donde las transacciones humanas, relaciones de poder y vulnerabilidad favorecen siempre al varón, encarnado en aquellas figuras de autoridad que rechazó desde pequeño el director especializado en intensificar las cualidades de los personajes que eran mujeres, revirtiendo así múltiples convenciones del género. Hoy diríamos que sus mujeres son eminentemente resilientes.
Kenji Mizoguchi ocupa lo que el crítico norteamericano Manny Farber llama un ‘espacio negativo’, de narración y privilegio, lo que en Japón se denomina ma, ocupando las reivindicaciones prefiguradas por sus personajes femeninos dentro de la trama. Progresista en su visión política, adelantado a la época y un genial exponente de las secuencias extensas y la crítica social, dueño de un sentido estético fuera de serie (gracias al trabajo colaborativo de personajes tan centrales al desarrollo de la cinematografía como Kazuo Miyagawa (1908-1999), se le considera (junto con su contemporáneo Yasujiro Ozu, 1903-63) el más nipón de los cineastas. Con este último y AkiraKurosawa (1910-98), son los más aventajados exponentes de la denominada Época de Oro del cine japonés.
Tiene muchas lecciones qué aportar aquí en México, a más de cincuenta y ocho años de su muerte prematura.
La revista Sight and Sound ha incluido películas de Mizoguchien su encuesta especializada de las mejores películas de la historia, a lo largo de los tiempos.
Aquí, un listado de las que pueden verse hoy en la red.
La Encantadora del Agua, 1933. Película muda, con narración de la benshi, Midori Sawato y subtítulos en inglés. Versión libre de Resurrección, postrera novela de León Tolstoipublicada por primera vez en 1899
Elegía de Osaka. 1936
Las Hermanas del Gion, 1936
La Historia delos Últimos Crisantemos, 1939
Utamaro y sus cinco Mujeres, 1946. Su primer filme de la posguerra.
A ojos del director, en el Japón un sector de la sociedad que él condena se somete y castiga a las mujeres, reduciéndolas –en el mejor de los casos- a jugar un papel supeditado por entero a la voluntad machista, sustentada en una tradición que perpetúa las desigualdades. México es también, desde esta perspectiva, un lugar en donde campean el abuso, la misoginia y barbaries como el feminicidio sistemático en entidades como el Estado de México (cuna del montielismo atrabiliario y sus derivaciones bajo Enrique Peña Nieto de 2005 al 2011, y la del actual titular del despacho Eruviel Ávila). Echemos por lo pronto un vistazo a la obra de Kenji Mizoguchi y su extraordinaria reivindicación -desde los treinta del siglo pasado y hasta la década de los cincuenta- de mujeres oprimidas por el peso de una cultura que las relega sin remedio, pero que aún en esas duras condiciones, no sólo sobreviven, también, y para fortuna nuestra, prevalecen.

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