Las ligas y camisas de fuerza del poder presidencial

Elidet Soto · 24 de junio de 2024

Como todo en el sexenio que va a terminar, las lecturas sobre la presidencia de Andrés Manuel López Obrador están polarizadas. Por un lado, los defensores sostienen que el presidente no llevó a cabo grandes cambios progresistas porque había enormes límites económicos, y que lo que sucedió era lo posible. Por otro lado, los detractores sostienen que el presidente no tuvo límite alguno, y que todo lo sucedido fue por su voluntad.

Creo que ambos puntos tienen algo de razón, pero como todo, dependiendo del tema. En realidad, creo que el tamiz correcto para entender cuáles son los límites del presidente (y próxima presidenta) es saber cuales son los reales y los que ideológicamente se autoimponen. Igual es importante visualizar estos límites no como paredes inamovibles, sino, como dicen los economistas, elasticidades: ligas que se tensan, que a veces se quiebran, pero si no, se alargan.

Daré un ejemplo de un límite real: Estados Unidos. Efectivamente, si vemos el sexenio en retrospectiva (pero en general a México desde hace dos siglos), el presidente López Obrador no pudo jalar la liga de la relación como hubiese deseado. 

En la negociación migratoria, México tuvo que ceder porque la relación comercial estaba en juego. En la agenda de seguridad, el presidente pudo resistir a algunas intervenciones extranjeras (el caso del General Cienfuegos o las operaciones de la DEA), pero cedió al seguir con la política de detención y extradición de líderes de organizaciones criminales.

En cambio, los límites autoimpuestos del presidente López Obrador fueron fiscales. Al adoptar una posición fiscalmente conservadora (déficit bajo control, no reforma fiscal, austeridad), el presidente recortó de facto las posibilidades reales de su agenda de gasto público. Por ejemplo, el gran fracaso del sexenio fue la implementación del Insabi.

El programa hoy llamado IMSS-Bienestar es esencialmente una versión centralizada del Seguro Popular. ¿Por qué? Porque ambos están “parchando” una parte de la cobertura de servicios médicos.

Como dice un cálculo comisionado por el Centro de Estudios Espinosa Yglesias, una expansión universal requiere incremento del gasto de al menos 1.5 puntos del PIB.

Durante este sexenio que está por terminar, los defensores han argüido que los límites ideológicos son en realidad reales. Tengo serias dudas. Paradójicamente, un gobierno que basó muchas de sus políticas en acabar límites reales (atacar ciertas élites y desaparecer políticas) con mayorías legislativas evitó hacer cambios sustantivos en arreglos fundamentales de las estructuras del país. Por ejemplo, el arreglo fiscal, la política industrial, o la participación del mercado en numerosos ámbitos de la vida cotidiana. Esta contradicción reside esencialmente en la percepción del presidente saliente de que hay un capitalismo con acción estatal y que la única separación reside en sacar al mercado del Estado, sin regular al mercado necesariamente. Por eso pudo tener reuniones y alianzas con el sector empresarial ya una vez los sacó de ciertas partes del presupuesto público.

Es tiempo de reconocer que el gobierno de Andrés Manuel López Obrador fue solo un ajuste del capitalismo mexicano. Su variedad del capitalismo preferida ha sido la de un Estado subsidiario al mercado, pero igual, un Estado que solo puede ser manejado por una nueva élite política que no esté orientada al neoliberalismo. Sin embargo, el presidente tampoco se avocó a modificar muchas partes del arreglo neoliberal. Es entendible que no se pueda modificar el régimen de libre comercio en México. Sería francamente suicida dada nuestra integración económica con Estados Unidos. Pero igual, ¿cómo lograr un estatismo directivo del capitalismo mexicano con un sector público raquítico?

La presidencia de Claudia Sheinbaum entra con más restricciones reales que su predecesor. El crecimiento de la economía sigue estancado. Los pre-criterios generales de política económica de la Secretaría de Hacienda para 2025 auguran un déficit público de 2.5% del PIB. Varios de los compromisos de pago a la deuda de Pemex van a expirar pronto. La tasa de fecundidad en México anuncia un crecimiento del gasto en pensiones. Hay una posibilidad real de que Donald Trump regrese a la Casa Blanca en enero de 2025. Las reservas probadas de petróleo están decayendo. Y el ciclo de El Niño ha demostrado en estos dos años que los efectos del cambio climático se agravarán para el país: habrá sequías más prolongadas, ciclones tropicales más agresivos, inundaciones más frecuentes y desestabilización de diversos ecosistemas.

La presidenta electa goza de una envidiable mayoría legislativa, una redistribución del ingreso laboral y una resiliencia del mercado laboral. La pregunta que naturalmente todos nos estamos haciendo es si habrá un ajuste de la política de adaptación del capitalismo mexicano del nacionalismo petrolero de Morena. Francamente, el presidente López Obrador fue poco ambicioso como presidente en este respecto.

La presidenta podría darse el lujo de administrar los problemas otro sexenio más y hasta ahora ese parece ser su programa: mejoras marginales de la recaudación, terminar obra pública, iniciar algunas obras más, e incrementar ciertos montos de las transferencias monetarias. Pero dado el margen de su triunfo electoral, y sobre todo la dimensión de los problemas nacionales, uno esperaría un poco más de audacia que su antecesor.

Si ella continúa en esta ruta, estamos ante una presidencia que nuevamente se autolimita ideológicamente. ¿Cuál es el origen de esta autolimitación? ¿La presidenta electa cree en el programa del presidente anterior a pie juntillas? ¿Cree que con eficiencia recaudatoria se arregla todo? ¿Moverse más allá de las ideas cristianas subsidiarias del Lópezobradorismo activarán a las bases de Morena contra su propia presidenta? En cualquiera de estos dilemas, creo que son francamente autoimpuestos y no reales.

Finalmente, a diferencia de los opositores recalcitrantes del nuevo régimen, no veo que habrá límites duros contra las partes más controversiales de las reformas propuestas en el llamado Plan C. 

La reforma del poder judicial será otro ejemplo de la liga que se tensa, pero no se rompe. El sector privado y Estados Unidos se adaptarán fácilmente al nuevo arreglo, tal cual cuando México estaba en un sistema de partido hegemónico autoritario. Igualmente creo que el sector privado podría adaptarse a una reforma fiscal. De hecho, se ha estado hablando en foros internacionales sobre un pacto fiscal global contra las grandes fortunas.

El nuevo régimen de partido dominante (que no necesariamente hegemónico autoritario) tendrá límites en otros lados: el hambre presupuestal de la creciente coalición (que pasó por ayunas por un sexenio), el ritmo de la economía global, el declive de las reservas de petróleo, los efectos del cambio climático. Y, si las cosas no salen como esperan los optimistas hoy, que los ciudadanos enfrenten otra ronda de austeridad que ahora sí toque fibras sensibles del orden social. Ningún país ha visto un ciclo de austeridad expansionaria, dudo que México sea la diferencia. Nuestra fortuna en estos años es que Estados Unidos se recuperó rápidamente después de la pandemia. No deberíamos esperar que nuestra fortuna otra vez dependa de las políticas económicas decididas en Washington. Imaginarnos más límites de los que hay es ponernos camisas de fuerza.