Redacción Animal Político · 18 de mayo de 2023
Este 17 de mayo se conmemora, como cada año desde 2004, el Día Internacional en Contra de la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia y, me atrevería a decir, en contra de todo tipo de discriminación hacia las poblaciones que formamos parte de la diversidad sexogenérica, es decir, todas aquellas personas que nos salimos de la norma no escrita de un sistema que privilegia las vidas de las personas cisgénero y heterosexuales por sobre aquellas de quienes somos personas transgénero o que tenemos orientaciones sexuales diversas.
Con motivo de esta conmemoración, comúnmente en México activistas, organizaciones e incluso figuras partidistas y políticas suelen poner el foco sobre aquellos retos que la población LGBT enfrentamos en materia de derechos humanos, además de hablar, por supuesto, de las conquistas logradas hasta ahora. Del mismo modo, los principales medios de comunicación en el país se dedican a replicar esta información, además de, en algunos casos, aprovechar para abordar ciertos conceptos y esclarecer sus diferencias.
Sin embargo, más allá de los logros y vacíos en términos legislativos en materia de derechos humanos para la comunidad LGBT, me parece que en el llamado IDAHOT (por sus siglas en inglés) es importante hablar también de las violencias y discriminaciones que se reproducen contra la diversidad sexogenérica dentro de una sociedad que todavía hoy no tiene acceso a una educación integral en materia de sexualidad desde la educación básica. Peor aún, los estigmas y prejuicios contra esta población persisten no sólo en el seno familiar y escolar, sino que además son alimentados desde uno de los actores más importantes en materia de educación (aunque así no lo queramos): me refiero a los medios de comunicación.
Si bien es cierto que con el paso de los años (o las décadas, para mayor precisión) la representación de los hombres cisgénero homosexuales en los medios ha pasado de ser grotesca, violenta y estigmatizante para dar cabida a una mucho más digna, sustantiva y diversa, esto no ha ocurrido así con el resto de quienes formamos parte de la diversidad sexogenérica. Sí, atrás quedaron los impresentables personajes de Eugenio Derbez, Adrián Uribe o Gustavo Munguía que reproducían estereotipos alrededor de la homosexualidad femenina y hacían mofa de ella; es más, hoy contamos con un presentador abiertamente gay como el titular del espacio noticioso matutino más importante en el país. Hablo de Genaro Lozano, que conduce Por las mañanas, en Televisa. Es de aplaudirse. Pero también hace que nos preguntemos ¿qué está ocurriendo con el resto de las letras que conforman el acrónimo LGBTQA+?
Cada año, desde que tengo memoria, por estas fechas y durante todo junio (el mes del Orgullo LGBT) circula en redes sociales una triste, pero precisa imagen que describe, a grandes rasgos, lo que ocurre todavía en la actualidad: al hablar de la diversidad sexogenérica, el grueso de la sociedad (medios incluidos) pensamos únicamente en hombres cisgénero homosexuales, cuando la realidad es otra. Según datos de la primera Encuesta Nacional sobre Diversidad Sexual y de Género, realizada por el INEGI, en México hay un total de cinco millones de personas que se identifican como parte de la comunidad LGBT; sin embargo, de esa cifra, el 51.7 por ciento se describe a sí mismo como bisexual, una orientación sexual que no obstante está invisibilizada en los medios de comunicación.
Anoto estas cifras únicamente para dimensionar que a pesar de que la bisexualidad es la orientación sexual más común entre quienes formamos parte de la diversidad sexogenérica, ésta no tiene cabida en medios: la invisibilización es violencia, la invisibilización es discriminación.
Pero vayamos más allá, porque un verdadero Estado de derecho y una sociedad igualitaria no se constituyen a partir del respeto únicamente a las mayorías. Es imprescindible garantizar que los grupos poblacionales minoritarios tengan pleno acceso y ejercicio de sus derechos. Así, la misma encuesta realizada por el INEGI reveló que en México habitan poco más de 900 mil personas que nos asumimos como trans. Se trata, sí, de apenas el 0.9 por ciento de la población en el país…y, sin embargo, una población que hoy día genera innumerables, absurdos, dolorosos y violentos debates en el ámbito público.
Hablo, por ejemplo, de aquel sector del feminismo que ve en el reconocimiento de las personas trans un potencial peligro para los derechos de las mujeres cisgénero. Hablo de las figuras políticas que lejos de pretender legislar en favor de todas las poblaciones, abonan a la narrativa del pretendido “borrado de mujeres”, algo así como el gran reemplazo o la gran sustitución, una teoría conspirativa de extrema derecha, según la cual un grupo poblacional corre peligro ante el reconocimiento como seres humanos y dignos de derecho a aquellas personas que forman parte de grupos históricamente vulnerados, en este caso las personas trans.
La situación se vuelve particularmente delicada cuando en medio de estos embates antiderechos hacia las personas más vulneradas de la comunidad LGBT, los medios de comunicación contribuyen a fortalecer narrativas que abordan nuestras vidas como si éstas proviniesen de libros de ficción y no de nuestras calles, de nuestra cotidianidad, de nuestro día a día en un México desigual. Y es que hoy ya no sólo hablamos de las indolentes representaciones en los medios que hipersexualizaban a las mujeres trans o que las colocaban como protagonistas de nota roja: hoy, por desgracia, además de lo anterior, nos enfrentamos a unos medios de comunicación que abonan a poner en duda la legitimidad de nuestra existencia, de nuestra identidad y de nuestros derechos.
Hoy la deuda histórica de los medios de comunicación con las personas trans crece. Hoy que los medios ni siquiera alcanzan a reconocer los límites de la libertad de expresión, necesitamos mirar esta situación y avanzar en estipular como sociedad qué entendemos por discurso de odio y de qué manera podemos evitar que en el presente y en el futuro los grupos poblacionales minoritarios y vulnerados sigan enfrentándose a tales niveles de discriminación y deshumanización. De no ser así, viviremos la condena de repetir una y otra vez la misma historia.
* Láurel Miranda (@laurelyeye) es periodista y activista trans.