blogeditor · 7 de diciembre de 2020
Más de 570 millones de personas en el mundo hablan el castellano. Cerca del 7 % de nuestra especie podría leer este artículo. No obstante, hay quienes aseguran que nuestro idioma se encuentra bajo amenaza de extinción, ya sea por los cambios que sufre en cada cohorte generacional o por el movimiento feminista o por la lucha de las lenguas minoritarias por su supervivencia. Detrás de estos alarmados lamentos, sospecho, se esconde el inconfesable temor a aceptar que las cosas del mundo están cambiando porque realmente nunca fueron estáticas. Esa impresión me dio leer este domingo en El País el artículo de Mario Vargas Llosa titulado La lengua oculta, en el cual hace un acérrimo llamado a la universalidad hispanohablante para defender el idioma de la denominada “Ley Celaá”, actualmente debatida en España.
Vargas Llosa inicia su artículo narrando con atávica épica la llegada del español a América Latina. Asegura que con su arribo acabó el Babel indígena que, así lo asegura, fue el principal detonante de las luchas entre los distintos pueblos de nuestro continente. Esa habría sido, a su criterio, la pólvora para el desarrollo de la región recién “descubierta”. Pero su triunfalismo salvador no coincide con los hechos históricos. Desde la conquista hasta las independencias de Morelos, Bolívar y San Martín, el castellano no fue el idioma más hablado de nuestros países. Por ejemplo, se calcula que al momento del Abrazo de Acatempan entre el 60% y el 80% de la población en México hablaba idiomas indígenas. No fue la Corona sino el Estado Mexicano quien, en su búsqueda desesperada por construir una identidad nacional, impuso el castellano sobre la población entre los Siglos XIX y XX, reduciendo la cifra de hablantes indígenas a poco más del 6%.
Tras este mito de la salvación lingüística de América Latina, Vargas Llora hace una declaratoria de guerra contra la denominada “Ley Celaá” de España, a la cual confunde con gigantes. Esta “Ley” es realmente una iniciativa de reformas a la Ley Orgánica de Educación propuesta por la Ministra de Educación y Formación Profesional, Isabel Celaá. Entre otros puntos, contempla el derecho a recibir educación tanto en castellano como en la lengua cooficial de cada región. La pérdida del monopolio educativo en manos del idioma de Cervantes es vista por el autor de La fiesta del chivo como un atentado a la homogeneidad lingüística de España, a pesar de que ésta nunca ha existido. Incomprensiblemente asegura que esta iniciativa reduce al castellano a “una lengua oculta o clandestina”, cuando únicamente garantiza que la educación también se dé en los otros idiomas con los que millones de niñas y niños del país ibérico juegan y le preguntan a sus padres sobre el mundo.
La belleza de los idiomas está en su capacidad de ser puentes invisibles que permiten el contacto intangible entre los seres humanos. Su vigencia radica en su capacidad de adaptarse a los siempre inevitables cambios del mundo. Y dado que los hicimos a nuestra imagen y semejanza, su pureza es imposible. Quienes creen que permitirle el mismo reconocimiento a otros idiomas que sí corren el riesgo de desaparecer –a diferencia del que Vargas Llosa utiliza para escribir su espanto- parecieran más bien temerle a las pérdidas que les generaría una democracia lingüística. La mejor manera de “defender” el castellano no es hacerle fortalezas sino dejarlo libre, para que cuando regrese no sea el mismo. Porque nunca lo ha sido.