blogeditor · 19 de noviembre de 2015
La médico ortopedista mexicana Margarita Quijano trabajó seis semanas este año en un hospital de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Tabarre, un suburbio de Puerto Príncipe, capital de Haití. De esta, su primera experiencia laboral con MSF, Margarita, originaria de Mérida y egresada de la Universidad Autónoma de Yucatán, se queda con la satisfacción del trabajo en equipo bien realizado y con la calidez y energía de los haitianos.
[contextly_sidebar id=”wlt1sQPlWC6JtSIiwj2biZDPxgj6rK5U”]“Salí de México con una sensación de miedo porque era mi primera misión, pero estaba muy emocionada. De hecho, tengo una anécdota muy bonita: al llegar al aeropuerto y llenar la ficha de migración me pidieron la dirección a la que iba a llegar y como no la tenía, dejé el espacio en blanco. Al entregar la ficha, la señorita de migración me preguntó en dónde me iba a quedar. Le comenté que iba a Tabarre pero no sabía la dirección, que trabajaba para Médicos Sin Fronteras (MSF) y me contestó: “¡Ah! Ok, nada más escribe que vienes con MSF y vas a Tabarre, adelante”. Yo pensé: “¡Wow! Ya empezamos bien”. Desde ese momento quedé muy sorprendida por el cariño y el respeto que la gente de Haití le tiene a MSF. Llegué a Puerto Príncipe y de ahí me llevaron a la coordinación para que me pusieran al tanto del proyecto.
El hospital estaba en Tabarre, a unos 45 minutos, con tráfico. Yo no creí que hubiera tantos autos y… manejan muy mal. El transporte público son unos camioncitos llamados “Tap tap”, de lo más inseguro que he visto. Prefería irme caminando a donde tenga que ir antes que subirme al “Tap Tap”.
Llegaba a trabajar entre 7:30 u 8:00 al hospital. En la mañana hacíamos una reunión con todos los médicos y recibíamos el informe de las personas que hicieron el turno nocturno. Los anestesiólogos daban el reporte de los pacientes que estaban en terapia intensiva. Estas reuniones son largas, tardan alrededor de una hora. Muchos médicos se quejan de eso, pero yo pienso que es necesario.
Cada semana me tocaba una actividad diferente. Cuando me tocaba hacer visita a la sección C del hospital –ahí hay pocos pacientes– empezaba mi ronda como a las 9 o 9:15, cuando la enfermería ya estaba lista. En esa sección del hospital hay unas 6 cuartos con 10 literas cada uno, por lo que hay espacio para 60 pacientes. Del otro lado, en la sección D, hay 90 pacientes, así que se tiene que empezar por muy tarde a las 8 de la mañana para poder terminar de ver a todos como a las 3 o 3:30 de la tarde.
El hospital está bastante bien, sólo con algunos detallitos. Por ejemplo, el piso del quirófano se está levantando y en el techo hay unos empates que están mal, pero de eso se encargó el departamento de logística.
En la de 90 camas tenemos hombres con fracturas, puros pacientes de ortopedia. En el otro lado están las mujeres, los niños y los pacientes que tienen algo de cirugía abdominal, principalmente heridos de bala. Las patologías más frecuentes eran fracturas expuestas a causa de accidentes de tráfico y la segunda, las heridas de bala.
Entre la población, yo percibí un sentimiento de desesperanza, de que el país quedó destrozado después de 2010 y ya no va a mejorar a pesar de que son gente trabajadora a más no poder. No vi un solo pordiosero, todos trabajan. A la vez la gente es alegre, movida, llena de energía, muy humilde y abierta.

Conocí a una niña preciosa, se llama Yacuesi y tiene 11 años. Ella usó su piecito como freno al ir en una bicicleta y la piel del talón se le levantó. Teníamos que hacerle curaciones cada dos días. A mí me tocó curarla, vi cómo llegó su piecito todo maltrecho y contaminado y me tocó ver también cómo fue mejorando. Llevé el proceso de sus curaciones hasta que fue posible hacerle el injerto de piel que necesitaba. Otro caso que me marcó mucho porque recién iba llegando al hospital y me dijeron: “métete a quirófano porque hay una emergencia”. Era una mujer de 38 años, de mi edad. Nunca supe bien qué le pasó, me imagino que se cayó de un “Tap Tap” o de algún otro vehículo y fue arrastrada. Llegó con la pierna casi amputada y, pues, yo terminé de amputarla. Entró el angiólogo y dijo “hasta aquí está bien su circulación, por la parte de abajo no puedes hacer nada”. Tuve que lavar la herida porque estaba muy contaminada cuando llegó. Una vez que terminó todo fue pasada a terapia intensiva.
Yo me quedé al pendiente de ella. Cuando reaccionó, nos dimos cuenta de que sólo hablaba francés y la rehabilitadora que la trataba sólo hablaba español. Contaba que desde su infancia vive en un orfanatorio, tiene un hijo de cuatro años y su angustia era que desde que había entrado al hospital no sabía nada de él. Y sí me puse a pensar: “bueno y, cuando salga ¿qué va a ser de ella?”. Fue una de las experiencias más duras que me traje de Haití.

Esta misión en Haití me dejó muchísimas cosas, en todos los sentidos. En cuanto al ámbito profesional, reforzó muchos conocimientos. En lo personal, yo trabajaba “en equipo” como parte de una estrategia, pero esta vez lo disfruté mucho, me divertí demasiado. Hubo un día en particular porque estábamos solo dos médicos. Mi compañero me dijo “a ver, tenemos dos salas. Hay muchas cirugías, vamos a hacer esto: nos vamos a alternar, tú vas a hacer una difícil y yo una fácil”. Ese día en especial tuvimos un espectacular trabajo en equipo. Nos ayudamos en todo cuando lo necesitamos y logramos muy buenos resultados porque todos los pacientes salieron muy bien. Y luego llegamos a comer, al comedor común, y seguimos con la camaradería, fue increíble. Regresé con mi fe en la humanidad restaurada.