blogeditor · 20 de junio de 2022
Para Ángeles
Conforme una embarcación se aproxima a tierra va prescindiendo de la brújula. Fue vital al abandonar el puerto, cuando el inabarcable océano borraba todo vestigio de puntos cardinales, dejando apenas la complacencia de entender dónde está la tierra y dónde está el cielo. La rosa de los vientos nos confiesa el misterio indicándonos para dónde está el norte. Pero apenas comienza a verse la costa, la tripulación va despegando su mirada de la manecilla para centrarse en el puerto. Incluso la desobedecen: mientras más se acercan se dan cuenta que el muelle ya no está exactamente al norte sino a un costado o al otro.
A la brújula no le importa y abraza esa vocación. Es el instrumento más noble de todos: se sabe progresivamente imprescindible porque su meta es que la gente llegue a un destino donde será libre de moverse sin preocuparse dónde está el norte o donde está el sur.
Lo mismo ocurre con las letras del movimiento LGBT+. Existen tantas orientaciones e identidades como seres humanos en este mundo. Cada una tiene un nombre: Diana, Alejandro, María, César, Brenda, Marco… y así hasta completar la lista de miles de millones de personas con sus nombres, apellidos, temores, ilusiones, descansos y dudas. Cada quien es su propia identidad, cada quien es su propia orientación.
Pero las aguas son turbias e inconmensurables para navegar en soledad. Por eso comenzamos a nombrar las direcciones hacia las cuales nos dirigimos, para encontrar otras vidas que también vayan hacia ellas. “Yo soy homosexual”, se dice tal y como se dice “yo voy al sur”. Con ese llamado se construye una tripulación que se sueña del otro lado del oleaje.
Tal y como ocurre en la altamar, el tiempo nos hace cambiar de dirección sin cambiar de curso. Acercarse a tierra firme implicó ver que algunas personas no iban exactamente al mismo “sur”. “Yo soy lesbiana”, “yo soy bisexual”, “yo soy pansexual”, “yo soy trans”, “soy asexual”, “yo soy no binarie”. Hay quienes conocen hacia dónde se encuentra su ruta, pero son incapaces de nombrarla. Incluso hay quienes se rehúsan a nombrarla para no distraerse en su camino. Tantos puntos cardinales como razones para llegar a ellos.
Los nombres detrás del abecedario LGBT+ son brújulas, no destinos. Son bastiones para encontrarnos con nuestra tripulación de vida, para organizarse, para aprenderse y para celebrarse. Pero no le adjudiquemos a esos instrumentos autoritarismos que nunca han pretendido. No comparten nuestro ego como para creerse imprescindibles. No conocen los celos para reclamarnos los cambios itinerantes de letras en las cuales acobijarse.
Nadie debe confundir el puerto ajeno con el propio. Nadie tiene por qué indicarle a otras personas hasta qué punto observar la brújula o en qué dirección se encuentra la playa que persigue. Nadie es quién para creer que los puntos cardinales solo se nombran correctamente en su idioma. Nadie debe confabular motines al descubrir que las historias que abordan la nave son distintas a las suya.
Culpando al mes de junio como ocasión, quisiera decirlo de corazón abierto: el movimiento LGBT+ tiene mucho que aprender de las brújulas.