Rubén Aguilar · 19 de abril de 2011
Semanas atrás salió la lista anual de Fortune sobre las mil personas más ricas del mundo. La encabeza el mexicano Carlos Slim, a quien acompañan otros 11 de sus paisanos.
Hay quienes no están de acuerdo con los criterios que utiliza la revista para determinar el nivel de las fortunas. En todo caso, da una idea general sobre el estado de las personas que acumulan mayores riquezas.
Es, como sabemos, sólo una lista que propiamente no se acompaña de ningún análisis. Por ello, sobre el enlistado conviene hacer algunas anotaciones que ubiquen lo que significa.
Es necesario, pues, saber que las diez más grandes fortunas del mundo suman un patrimonio mayor que las rentas nacionales de los 55 países más pobres del mundo; que en Estados Unidos el 1 % de los ciudadanos más ricos posee una fortuna superior a la que tienen los 170 millones de estadunidenses con menos recursos.
El mundo en los últimos 50 años ha tenido un crecimiento económico como nunca antes en su historia. La producción total del 2010 sumó los 70 mil millones de dólares.
Ese hecho, en sí mismo notable, se acompaña también de la mayor concentración de la riqueza que haya tenido nunca lugar. La distribución de ese crecimiento se reparte de forma cada vez más desigual.
Un ejemplo de éste fenómeno es que hoy un director ejecutivo medio en Estados Unidos gana 364 veces más que un empleado medio cuando hace 40 años la diferencia era de sólo 20 veces.
La situación de este empleado es mejor que la de hace cuatro décadas, de eso no hay duda. Hay una tendencia sostenida a una producción cada vez más socializada, pero en sentido contrario de una apropiación cada vez más concentrada en sólo algunos.
¿Es un fenómeno estructural del capitalismo con el cual se tiene que convivir? ¿La concentración creciente se acompañará, como hasta ahora, de una reducción real de la pobreza extrema? ¿El proceso tiene límites? ¿Cuáles?