blogeditor · 1 de octubre de 2020
La pandemia inició después del 8 de marzo, ese día histórico cuando sí pudimos tomar las calles «libremente». La primera marcha verdaderamente masiva, donde sí hubo quienes nos dijeron que «esas no eran las formas», y que las encapuchadas «no las representan», pero igual aceptamos su renuencia porque de ser apáticas por primera vez parecía que aunque no estábamos en la misma página todavía, por lo menos ya estábamos en el mismo capítulo: uno donde el hartazgo nos unía lo suficiente como para dejar nuestros domingos y salir a exigir, a marchar, a decir que ya fue suficiente. Por lo menos, aunque no les gusten «las formas», las tías y las sobrinas ya estábamos bajo el entendido de que las cosas no podían seguir así y que no importa si es pobre o rica o alta o baja o vieja o niña, las mujeres* recibimos violencia y por existir, y ya estamos hartas.
Después de ese 9 de marzo donde algunas no trabajaron, cuando las marcas se llenaron de purplewashing y lo que muchas (empezando por las islandesas) tenían años trabajando se lo “adueñó” una mercadóloga de Veracruz, “el nueve ninguna se mueve”, se hizo paro. Hubo paro de algunas y cuestionamiento de otras. Consignas de “no son vacaciones” de otros muchos que no entendieron el ejercicio y de nuevo solo buscaban ser punitivos.
Pero después del nueve empezó a explotar esta pandemia. La psicosis colectiva. Luego el mundo paró. Nos dijeron que nos quedáramos en casa y en mayo podríamos salir. Nos quedamos en casa y las historias de violencia comenzaron a surgir. Resulta que si sales te mata el virus y si te quedas, te matan a golpes. Comenzaron las historias de violencia doméstica, esa forma de violencia de género ancestral, que logra borrar las diferencias entre pareja, padre, hermano, hijo. Esa violencia y ese pacto que traiciona al género porque “no puedes denunciar a tu papá, nos quedamos sin nada” (porque la violencia económica que ejercen los padres tampoco es culpa de las madres). Esto no fue solo aquí sino en todo el mundo: el confinamiento exacerbó la violencia doméstica, el abuso familiar.
Ya llevamos seis meses escuchando estas historias. El mundo se despausó y giró de nuevo. La economía, lastimada, se levantó y arrancó de nuevo, dejando de lado a miles. Nos acercamos a las cien mil muertes por COVID ¿y a las cuántas desaparecidas? ¿Ya contaste cuántos carteles de muchachas desaparecidas viste hoy? Sólo hoy vi pasar 7. Y solo en la Ciudad de México. Estoy segura de que hay cientos más. Vi la cara de Diego, presunto asesino de Jessica, pasar por mis redes sociales, para que no olvidemos su cara y exista la justicia.
¿Pero quién busca esa justicia? ¿Las madres que buscan a sus hijas? ¿Las de la okupa? ¿Las casas de campaña flotando sobre Juárez? ¿O más bien la policía y las autoridades deben buscarla? Pero pareciera que las autoridades están más ocupadas en dar no una sino dos conferencias diarias que más que informar, dictan la agenda. Donde se repiten eslóganes de campaña y se da vuelta atrás a las mínimas victorias de sexenios pasados. Donde se ataca a la prensa. A la mafia del poder. Pero ya nadie sabe quién es el amigo o quién es el enemigo. Toda la prensa «está vendida». Toda la prensa «es corrupta».
Así que se movilizan y se cuadra a las y los servidores públicos y sale la líder de esta ciudad, sin evidencias, a sentenciar a las feministas. A decir que hay grupos que por dinero controlan y hacen choque. A tergiversar el disenso y agarrar a las madres que buscan a sus hijas de chivas expiatorias, porque claro, se moviliza a los bots para que los análisis de redes sociales digan lo que quiera que ellos digan.
Como la rabia es desordenada y visceral, por más fotocopias de teoría de gringas y europeas que algunas promuevan nadie llega al feminismo por pensar, sino por la tripa, esa tripa que te dice que algo no está bien cuando no te tratan como a «ellos». La rabia es desordenada y al final ese fuego no se controla y no tiene cabezas claras ni una ruta. El feminismo es un movimiento político sin el plan de acción. El feminismo es víscera y lucha de justicia. Entonces la autoridad capitaliza esa falta de cabeza y ese desorden que si bien es la fuente de la pasión y lo que nos une a todas, también es lo que nos divide. Se aprovechan de esa división y la acentúan.
Le avientan a la policía a chamacas de 16 años. Los «extintos» granaderos patean sus cabezas repetidamente. Se hacen preguntas, francamente pendejas, sobre por qué se protesta por el aborto en una ciudad donde es legal, cuando en el resto de país hay mujeres encarceladas todavía.
Estamos en medio de una pandemia cuando ya no importa si nos da COVID porque a veces el bicho parece menos doloroso que la condición de ser mujer, persona trans o no binaria en este país que les asalta, manosea, viola y luego mata.
Entonces tomamos las calles porque todavía es imposible que una persona decida sobre su cuerpo y su maternidad. Llenaron el monumento de banderitas verdes. ¿Y qué pasó? Las gasearon y golpearon mientras los funcionarios orquestaron mentiras en Twitter donde juran que existe el derecho a la protesta pacífica.
De alguna manera, dimos la vuelta. El 8 de marzo las enemigas del Estado eran las encapuchadas a quienes gasearon sobre la Alameda. El 28 de septiembre las enemigas volvieron a ser ellas, las que se cubren sus bocas del virus con pañuelos verdes que simbolizan una necesidad de derechos humanos básicos que nos hace vibrar hasta el tuétano. Les aventaron a la policía con el gas, no las dejaron protestar: “caigan en cuenta de que más de 2000 policías encerraron a menos de 500 morras hoy por más de 4 horas. Nos estuvieron echando gas lacrimógeno, polvo de extintor, petardos y gasolina por más de 4 horas sin permitirnos salir del encasillamiento”. Y con un cinismo brutal, esos mismos que hasta hace unos años eran cuates y aliados, contestaron que el gobierno las deja protestar, que “decir otra cosa es faltar a la verdad. Ojalá reflexiones”.
Sale la líder de esta ciudad y lo primero que dice es que «se reinvindica feminista» y cita a Angela Davis, feminista negra, anti-policía. Claudia, te informo que las feministas podemos rayar monumentos y quemar estaciones, pero las feministas no le echamos a los granaderos a otras mujeres. Qué cinismo el tuyo.
De alguna manera la prensa seguirá siendo la que «está vendida», a pesar de que sea independiente y lo único que esté haciendo es traer luz a lo que sigue mal o está peor. Las feministas son el enemigo del Estado y la pandemia sigue. Con todas las personas desaparecidas. Con el ejército en las calles.
¿Quién se encarga de buscar justicia cuando la justicia juzga a las víctimas? No me cuida la policía. Me cuidan mis amigas.