Redacción Animal Político · 6 de marzo de 2023
Salimos de la oficina para ver la exposición Amor Rojo, de Dora García, en el Laboratorio Arte Alameda. Montadas en el trolebús estábamos emocionadas por la exposición del legado de la revolucionaria y feminista Alexandra Kollontai. Llegamos a la sala Tuve que quemar y otras llamadas de emergencia que muestra, a través de diferentes fotos, cómo las demandas de autonomía sexual, reproductiva y afectiva del pensamiento de Kollontai se han replicado a lo largo de las décadas por diferentes sectores del movimiento feminista. Ahí se recupera en una de las mesas el archivo de fotos de las manifestaciones por la maternidad libre de 1977, 1981, 1989 y 1991 en CDMX y quedamos heladas, viendo cómo en nosotras y GIRE continuamos los legados de las feministas que pusieron la cuerpa (aunque para muchas personas las marchas feministas sean novedad y “existan otras” formas para expresarnos).

A los pocos minutos, empezó el panel “La Unión Nacional de Mujeres Mexicanas y el movimiento feminista en México (1970-1980)” con Ana Lau Jaiven y Ana Victoria Jiménez. La mitad de nosotras no sabíamos quiénes eran y, sin esperarlo, Ana Victoria nos regaló un aprendizaje que hoy nos invita a repensar qué hacemos en el 8M. Sin pretensión de regañarnos y reconociendo que hoy en día enfrentamos una crisis de violencia feminicida, dijo: “El movimiento feminista era alegre. Todo el mundo estaba cantando, bailando en las calles… como feministas se nos ha olvidado”.
Hoy escribimos queriendo ser alegres en la calle y, aunque sea por unas horas, tomar espacios.
Pero, ¿qué significa hoy tomar el espacio? Ocupar las calles, gritar consignas, dejar huella de nuestras exigencias, marchar, cantar, bailar, reír, llorar, abrazarnos. Dibujar de morado y verde el espacio público… Fiesta. No tiene que ser una marcha fúnebre, estar en el espacio para perrear y cantar en las ciudades monstruos y en las comunidades, por pequeñas que sean. Estaremos en las avenidas centrales de cada estado hasta en las plazas y parques de las colonias.
Esto es posible porque lo vivimos en 2020, aunque lo hayamos olvidado después del “distanciamiento social” que nos trajo la larga pandemia por COVID-19. Ese 8 de marzo vivimos una marcha masiva de morras y manifestaciones feministas. Aquel día literalmente temblaron las calles con nuestra presencia.

No todas pueden o quieren marchar. No somos ingenuas y sabemos que manifestarnos conlleva el riesgo de la violencia policial, de la cual múltiples compañeras han sido víctimas, hecho que da origen a la consigna “la policía no me cuida, me cuidan mis amigas”. También sabemos que algunas de nosotras, que somos mujeres trans o identidades subalternizadas por el patriarcado, seremos amenazadas y sacadas de algunos contingentes en el nombre de un feminismo que genera caos e incertidumbre. Todo esto y más sucede en las marchas feministas.
Ante estas amenazas, nos proponemos ser alegres desde una conciencia política. Más allá de las diferencias entre los distintos feminismos, la convocatoria hacia las mujeres es un llamado a construir alianzas y encontrarnos todas aquellas que estamos hartas de la violencia patriarcal, desde nuestras diferencias, para reunirnos e imbricarnos con el objetivo de tomar todos los espacios, bares, salones de fiestas y clubes, para estar entre mujeres. Las revistas, noticieros, redes sociales, las conferencias académicas, eventos institucionales y políticos a los que nos convocan, identificando las grietas para hacer incidencia estratégica para reivindicar nuestras causas.
Salimos a las calles por las que no están, las que están en el trabajo, las que están en labor de parto, las que están encerradas en las cárceles, las que viven violencia, las que están cruzando las fronteras, las que están enfermas, las que siguen pensando que el feminismo es una moda, las niñas que no tienen permiso para salir a las calles, por ellas y muchas más. También marchamos recordando el legado de nuestras madres y abuelas, de nuestras mentoras que nos iniciaron en el feminismo o fundaron las colectivas y grupos que nos acuerpan, de las primeras mujeres que se atrevieron a salir a las calles a protestar, de todas aquellas que con sus palabras nos pintaron de violeta y verde el corazón, como ha sido Kollontai para nosotras.
La alegría que nos saca a las calles también es la que nos motiva a alzar nuestras demandas por una vida libre de violencia. Marchamos para que los 21 estados que aún no despenalizan el aborto, lo hagan, y se garantice el acceso al servicio para ejercer la autonomía y justicia reproductiva de las mujeres y personas gestantes en todo el país. También para reclamar un nuevo modelo de seguridad que se aleje del punitivismo y la militarización. Sobre todo, seguimos levantando la voz para exigir políticas públicas con perspectiva de género, interculturalidad y no discriminación. Son muchas las demandas y, aunque la mayoría quedan fuera de este texto, las gritaremos a todo pulmón este 8M.
Hoy no queda duda de que los feminismos ya no somos un movimiento subordinado en la sociedad, sino un sector indispensable en la participación en todas las esferas. Lo recordamos viendo la exposición de Kollontai y escuchando a Ana Victoria, pero lo reafirmaremos todos los días. Mantener y fortalecer este legado es un reto para todas las que acompañamos, las que criamos, las que formamos y las que cuidamos. Nos quedamos con la tarea de involucrar a las que vienen y motivar que su rabia se transforme en una fiesta. Porque nuestra alegría revolucionaria también es política.
Agradecemos a nuestras colegas Valentina Gómez García, Dunia Campos y Lizbeth Lucio, quienes nos acompañaron a la exposición Amor Rojo y que, con sus conversaciones, nos ayudaron a dar forma a estas palabras.
* Cecilia Garibi (@CGaribi) es Coordinadora de Incidencia en Política Pública. Geras Contreras (@GerasContreras) es Oficial de Desarrollo Institucional.