Las etiquetas que importan

blogeditor · 18 de marzo de 2011

Las etiquetas que importan

Durante la pasada época navideña me dio por salir un día a caminar al centro de Tijuana, que es horrible y más en esos días que está repleto de puestos ambulantes de comida chatarra; en el camino tuve la ocurrencia de escribir un twitt que decía: “¿cómo se llama la fobia a comer en la calle?”

Las respuestas fueron variopintas, desde comentarios sobre de la cantidad de grasa vuelta frituras que venden durante las fechas hasta críticas argumentando mi supuesto snobismo. Pero como mi cuerpo ya ha generado las suficientes intolerancias y resistencias como para prestar atención a etiquetas de otros intolerantes, hice lo que se debe hacer en estos casos: ignorar.

De por sí la niña es gitana y le pasan el pandero…

Antes conté que durante mi adolescencia padecí trastornos de alimentación, fase nada agradable de mi vida pero que tengo la fortuna de conocer un después. Reconstruir una relación sana con la alimentación no es fácil, siempre queda alguna secuela. A los años empecé a padecer migrañas y constantes molestias estomacales, lo peor fue un prurito raro que parecía herpes, pero con mi conciencia sexual tranquila, fui a que me atendieran lo que evidentemente era una alergia, cuando me dieron el diagnóstico no supe ni de qué hablaban, me dijeron era muy posible tuviera: celiac sprue (enfermedad celíaca).

 

Acto seguido me explicaron que la enfermedad celíaca hace que el cuerpo reaccione al gluten, un tipo de proteína que se encuentra en derivados de cereales como: trigo, cebada, centeno entre otros. Al ingerir gluten, la reacción del sistema inmune a la proteína erosiona y destruye gradualmente las vellosidades del intestino delgado; y cuando se dañan las vellosidades, el cuerpo no puede procesar las vitaminas, los minerales y otros nutrientes. Que ya encaminados también me avisaban que mi tiroides estaba lenta y mi glucosa empezaba a resistir la absorción normal. La buena noticia es que era tratable, la mala que no era curable. ¡Plop!

Etiquetamesta…

Tuve que replantearme –de nuevo- toda mi frágil relación con la alimentación, y aprender que el gluten es como la idea de dios, no se ve pero está escondido en todas partes; y que además es altamente utilizado para espesar, conservar o dar consistencia a ingeribles que ni nos imaginamos pueden contenerlo. Así que me di a la tarea de aprender a leer etiquetas y contenidos de compuestos en los alimentos, para mí es importante.

Mientras hice mi compra en San Diego no hubo tanto lío porque hay tiendas especializadas donde los estantes de productos sin gluten están perfectamente ubicados; pero cuando tuve la brillante idea de hacer mi compra completa en Tijuana me topé con la triste realidad de que las etiquetas de los ingeribles ofrecen información mínima de sus contenidos y cantidades, ni hablar de indicaciones para sensibilidades, intolerancias y alérgenos que son muchísimos.

Se supone que el etiquetado de los alimentos (no hablaré de los medicamentos que son otra forma de ingeribles, y claro, otra industria) a partir del 1ero. de enero de este año, deben contener una leyenda que indique cuando el producto en cuestión contenga algún alérgeno o haya sido procesado en maquinaria que también procesa otros productos con contenido alérgeno.

Luego pienso que talvez los celiacos somos los menos, pero qué hay de los alérgicos, intolerantes o sensibles a otros productos, de los diabéticos, de los hipertensos, de los que tienen alto colesterol, etc. Entonces los que requerimos de leyendas y etiquetas claras no somos pocos, somos la mayoría.

De por sí los productos especializados son caros, el que nos indiquen qué contienen, cuánto contienen y qué no contienen los productos de uso común, es una gran ayuda para la salud, y en estos tiempos, para el bolsillo.

Aseguran las autoridades que somos un país de gordos, pero se me ocurre que además de mandarnos poner a dieta y ejercitarnos, fueran un poco más exigentes y demandaran a las empresas a ser precisos al indicar qué nos estamos comiendo, es imprescidible si queremos fomentar una educación nutrimental.

Pueden tacharme de fugitiva de Greenpeace, pero como consumidora tengo derecho a saber lo que compro, y como alérgica la responsabilidad de conocer de qué me alimento; ese derecho no está plenamente garantizado en México, porque las empresas se pasan la legislación por el arco del triunfo. Para mí, comprar ciertas cosas se reducen a un ensayo-error a costa de mi salud, y estoy segura que esa preocupación es una constante para muchos celiacos y padres de niños celiacos.

No voy a criticar la nula cultura que tienen al respecto restaurantes, hoteles, aerolíneas, escuelas, comedores de empresas y cualquier otro lugar donde nuestra vida cotidiana se desarrolla; que no exista para nosotros la posibilidad de elegir menús que vayan de acuerdo a nuestras necesidades nutrimentales o simplemente estilo de vida, porque esa labor de educación nos toca a nosotros que somos la minoría que demandamos espacio y debemos enseñar a los otros a que nos lo reconozcan.

De lo que estoy segura es que los diagnósticos por enfermedad celiaca aumentan todos los días; que a los niños con espectro autista es casi de facto que les retiren cualquier tipo de gluten y caseína de sus dietas porque tiene efectos nocivos para sus estados anímicos, crecimiento y desarrollo; que esas cosas se saben por investigaciones hechas en otros países, pero que en México la investigación en torno a la enfermedad celiaca es mínima, que al sector privado ni le interesa contemplarnos como inversión y por eso la información producida desde aquí es casi inexistente.

Mientras seguiré aprendiéndome fórmulas químicas que escondan la presencia de gluten porque tengo la certeza que hay etiquetas que sí importan.