blogeditor · 13 de noviembre de 2020
Las encuestas preelectorales son herramientas de análisis y comunicación política que soportan el estudio de los electores y el entorno que los rodea. Durante décadas, estas han evidenciado la forma en la distribución de los votantes, los temas que les preocupan, y sus características. Los resultados de las encuestas son una fuente invaluable de información para los actores políticos que participan de un proceso electoral. Por ejemplo, ayudan a que los candidatos y sus partidos gestionen de mejor forma sus recursos económicos, sus resultados generen notas que pueden llegar a establecer la agenda mediática por días, y otorgan información a las ciudadanas sobre las preferencias del electorado en general, etc.
La semana pasada en Estados Unidos se vivió uno de los procesos electorales más intensos en la historia del país. Sabíamos que sería un proceso singular; la pandemia por COVID-19 transformó la forma en la vivimos y los procesos electorales– junto con todas las actividades que los rodean– no han sido la excepción. Sin embargo, durante este pudimos observar un fenómeno que se ha presentado una y otra vez al finalizar diferentes elecciones alrededor del mundo: los resultados de las elecciones no coincidieron con las proyecciones realizadas por los encuestadores. Conclusión: las encuestas se equivocaron… ¡De nuevo!
El diseño e implementación de una encuesta se puede comparar con tratar de atravesar un campo minado. En este caso, las minas son las fuentes de sesgo o error. A pesar de que hay fuentes de sesgos que se pueden controlar, descubrir nuevas fuentes de error ayuda a que los encuestadores creen una especie de mapa que les permita recalibrar su sistema de navegación, no pisar las minas, y contar con mejores resultados.
En el caso de las elecciones en Estados Unidos, podemos decir que muchas personas experimentaron una especie de déjà vu. Como en 2016, las encuestas preelectorales y las proyecciones sobre la carrera hacia la Casa Blanca subestimaron la votación obtenida por el presidente Donald Trump –candidato republicano– y sobreestimaron los votos con los que contó su contrincante, Joe Biden– candidato demócrata.
Para el caso de 2016, los analistas coinciden en que la principal fuente de error de las encuestas fue la subrepresentación de un subconjunto importante del electorado americano: los votantes blancos de clase trabajadora. De igual forma, surgieron sospechas sobre el efecto del sesgo de deseabilidad social en los votantes trumpistas, entre otras fuentes de error.
En 2020, las encuestas cometieron el mismo pecado, pero por razones totalmente diferentes. Después de analizar las fuentes de sesgos y errores de las encuestas en 2016, los encuestadores trabajaron para minimizarlos y diseñaron muestras en las que se ponderó de mejor forma a los votantes blancos de clase trabajadora. Como resultado, en 2018 las encuestas y los análisis derivados de ellas fueron muy precisos en la imagen que proyectaron. Entonces, ¿qué sucedió con las encuestas preelectorales en 2020?
Encuestadores y analistas como Nate Cohn del diario The New York Times consideran que hubo errores significativos y sistemáticos dentro del esfuerzo por representar al electorado. Cohn califica los errores de 2020 como peores a los de 2016. A pesar de que la diferencia entre los resultados de las encuestas y los resultados de las elecciones no es mayor a la de hace cuatro años. A pesar de que las encuestas en 2020 contemplaron de mejor forma al electorado blanco de clase trabajadora, la intención de voto de este subconjunto por Biden fue sobreestimada.
Se ha trabajado sobre diferentes hipótesis para conocer las probables fuentes de error que sesgaron los resultados de las encuestas y buscar mitigarlas. Algunas de ellas van desde considerar el papel que ha jugado el constante ataque del presidente Trump hacia las instituciones, los medios, y los resultados de las encuestas que difunden al llamarlas ”enemigas del pueblo”, ¿el golpeteo ha generado escepticismo hacia las mismas? Otra de las posibles fuentes de error puede ser el tipo de republicanos que las contesta; es decir, existe un subconjunto de republicanos que no apoya al presidente Trump y estaba dispuesto a votar por Joe Biden. ¿Son ellos los que participaron? ¿Los votantes republicanos que apoyan a Trump tienden a no contestar cuestionarios dado que son enemigos del pueblo? O, ¿fue el gran incremento en la participación política del electorado que se considera de izquierda? Es conocida la relación entre el incremento en la participación política y el incremento en la disposición de una persona o un grupo para contestar preguntas sobre actitudes políticas.
A partir del análisis de las posibles fuentes de sesgo de las encuestas en 2020 cabe preguntarse: ¿las encuestas han muerto? Depende de la precisión que los consumidores esperan de ellas. Podemos generar tres escenarios. El primero es uno en el que reconocemos que las encuestas por naturaleza son imprecisas, pero son útiles. Las encuestas no están diseñadas para generar y acertar un pronóstico sobre el futuro. A pesar de ello son herramientas que nos ayudan a conocer tendencias dentro de un electorado.
El segundo escenario nos lleva a vislumbrar que los resultados de las encuestas son inútiles, pero es un mal con el que podemos vivir. Por ejemplo, el error promedio de las encuestas preelectorales (+- 2%) durante las campañas a la Presidencia de Estados Unidos es casi igual al margen de victoria de las elecciones por lo que, nos dicen algo sobre el electorado, pero no son lo suficientemente informativas para ayudar a descartar escenarios electorales.
Finalmente, se puede considerar que las encuestas están tan mal que no sólo son inútiles, pero son contraproducentes. Los resultados de diversas encuestas llevaron a Biden a concentrar recursos en sus campañas en Ohio y Iowa; estados que no sólo no ganó, pero que perdió por una diferencia de entre ocho y nueve puntos porcentuales.
Derivado de los errores que se han presentado y acentuado desde 2016, la confianza de los electores en las encuestas se ha deteriorado. Por naturaleza, las mismas son imprecisas; existe cierto margen de error que acompaña a sus resultados y no minan su credibilidad. A partir de ahora, los encuestadores trabajarán para mitigar los sesgos en los resultados de sus productos que, a pesar de las imperfecciones de los mismos, ilustran tendencias en el electorado. Declarar a las encuestas muertas y dejar de aplicarlas nos llevaría a abandonar un instrumento fundamental para la vida democrática. La industria demoscópica puede y debe mejorar la precisión de las encuestas que produce para recuperar la confianza de los electores y puedan seguir aportando dinamismo a la arena política.
* Maribel Rivacoba (@maribelrivacoba) es egresada de Ciencia Política por el ITAM. Consultora en SPIN-TCP.