Las dictaduras perfectas (a 100 años de la muerte de Porfirio Díaz)

blogeditor · 2 de julio de 2015

Las dictaduras perfectas (a 100 años de la muerte de Porfirio Díaz)

El gran acto de magia del sistema político que surgió de la revolución (PNR-PRM-PRI) fue convencer a los mexicanos que el gran villano de la historia de México era Porfirio Díaz y que la Revolución contra él era el santo grial mexicano que debía resolver todos nuestros problemas presentes y futuros.

Durante décadas, el sistema alentó la versión maniquea del porfiriato: la tiranía más abyecta, la explotación en toda la República, los hacendados voraces, sin excepción, la represión a gran escala, el exterminio indiscriminado de pueblos indígenas, la represión contra todos los periodistas.

Esa interpretación de la historia estuvo vigente hasta mediados de los años ochenta del siglo XX. Cuando el país comenzó a caminar hacia el neoliberalismo e inició la irritablemente lenta transición democrática, la percepción sobre el porfiriato se fue hacia el otro extremo: no había sido una dictadura, sino un gobierno fuerte, progresista y ordenado; el caudillo había pacificado al país, lo modernizó y trajo un amplio crecimiento luego de años de caos, todo lo demás era una “leyenda negra”.

Curiosamente, el salinismo guardaba grandes semejanzas con el porfiriato y no faltaron los teóricos de la conspiración que quisieron ver en esa reinterpretación histórica, una forma de justificar las políticas salinistas: inversión extranjera, capital privado, libre comercio, orden y progreso material, pero sobre todo, la modernidad como ariete ideológico para justificar todo.

Tan grande es el desencanto que ha traído consigo la alternancia presidencial con los dos regímenes panistas y el retorno del PRI a Los Pinos, que una opinión simplista, cada vez más extendida, concluye que el mejor presidente que ha tenido México es Porfirio Díaz, no obstante que fue un dictador que, en sus palabras, desarrolló una “política patriarcal que restringió las tendencias populares”.

[contextly_sidebar id=”YRk3lPUfBK6tJEGhq5lUIhOk4ipVQY6l”]A 100 años de la muerte de Porfirio Díaz, la percepción que tiene la sociedad sobre el viejo general parece alejarse de manera definitiva del villano y se inclina más por un reconocimiento amplio y generoso hacia su figura, que incluye la petición de traer sus restos a México, brindarle honores de jefe de estado y depositarlos en el templo de la Soledad en Oaxaca, frente al sitio donde nació el 15 de septiembre de 1830.

De tal palo tal astilla

Por encima de la obra material del régimen porfirista, nada despreciable desde luego, lo cierto es que don Porfirio fue un dictador y estableció una serie de mecanismos de control en los cuales se sustentó exitosamente el sistema político de su régimen.

La gran paradoja histórica es que, a pesar de que partido oficial siempre enarboló la lucha contra la dictadura como la razón que le dio origen, la familia revolucionaria no tuvo empacho en recuperar, adaptar y reproducir los mismos mecanismos de control del porfiriato: subordinación al ejecutivo de los poderes legislativo y judicial; compra de la mayor parte de la prensa o persecución contra los medios opositores; intervención del ejecutivo en las elecciones locales; simulación democrática; reciclaje de la clase política.

Pero el sistema priísta fue más lejos: diseñó el corporativismo que don Porfirio ni siquiera soñó, y lo justificó enarbolando los principios que le dieron sustento a la revolución –tierra y libertad, derechos laborales, educación gratuita-, de ese modo organizó al movimiento obrero y al campesino, para luego someterlos al partido. Además garantizó que el sistema dependiera de la voluntad de un solo hombre, pero sólo durante 6 años. En palabras de José Vasconcelos: el priísmo se convirtió en un “porfirirismo colectivo”, pero con cierta sensibilidad social, mientras sirviera a su permanencia en el poder.

El progreso material del porfiriato se extendió durante 34 años (1876-1911), luego sobrevino el caos. La época de oro del sistema político priísta duró 30 años, (1940 a 1970), periodo en el que se desarrolló el llamado “milagro mexicano”, luego sobrevino el caos con el inicio de la época de las crisis. Ambos regímenes alentaron la construcción del país, dentro de sus propias circunstancias pero bajo los mismos cuatro jinetes del apocalipsis mexicano: autoritarismo, simulación, corrupción e impunidad. Dos dictaduras perfectas.

Porfirio Díaz fue el gran constructor del México moderno de finales del siglo XIX, pero al mismo tiempo fue el gran destructor de su propia obra: no supo decir “hasta aquí” y estiró la cuerda hasta romperla. El PRI fue el gran constructor del México moderno de la segunda mitad del siglo XX, pero también responsable de su desastrosa debacle. No supo abrirse a los tiempos de cambio y sumió al país en la ruina económica. Ninguno de los dos sistemas se reconoció responsable de la ruina del país –hasta la fecha-.

La renuncia de Porfirio Díaz es el mejor ejemplo de que la autocrítica está excluida del vocabulario de la política nacional y en ella también se refleja el priísmo: “No conozco hecho alguno imputable a mí que motivara este fenómeno social [la revolución]; pero permitiendo, sin conceder, que puedo ser un culpable inconsciente…”. Y nuestra historia demuestra que de “culpables inconscientes” está empedrado el camino al infierno mexicano.

 

* Alejandro Rosas (@arr1910) es historiador y escritor. El último capítulo de su trilogía Érase una vez México, en coautoría con Sandra Molina, sale a la venta en septiembre de 2015.