Las deudas de la amapola

blogeditor · 24 de marzo de 2021

Las deudas de la amapola

México es uno de los mayores productores de amapola a nivel mundial. Además, este cultivo representa una fuente de ingresos crucial para los campesinos de distintas regiones del país. A pesar de ello, se trata de un fenómeno escasamente analizado, hasta ahora.

Recientemente, el Programa Noria para México y América Central, de la mano con México Unido contra la Delincuencia (MUCD), el Center for US-Mexican Studies de la Universidad de California, San Diego, la Revista Espejo y Pie de Página, presentamos el Proyecto Amapola, cuyo propósito es indagar, de forma integral, lo que esta flor representa en diversas comunidades.

A lo largo de 15 meses, un conjunto de investigadores realizamos inmersiones en Guerrero, Durango, Nayarit y Sinaloa, en busca de datos inéditos sobre el cultivo de la amapola y las dinámicas sociales y económicas que lo rodean.

Este trabajo de campo, amplio y detallado, nos permitió observar minuciosamente territorios que viven en medio de una paradoja, derivada de su relación con el cultivo de esta flor: el aislamiento y la integración, ocurriendo de manera simultánea. Por un lado, las zonas de producción de amapola están pobremente conectadas con el resto del país, debido a la precariedad – incluso la ausencia – de rutas y servicios de transporte. Así, ni las políticas de desarrollo, ni los avances económicos de los que puede gozar el país parecen llegar allí. Sin embargo, este aislamiento no les impide ser de los territorios más relevantes en la ruta del tráfico de drogas y de la guerra contra éstas, tanto a nivel nacional como internacional. Son, pues, territorios marginados, pero articulados a partir de una actividad ilegal que genera ganancias espectaculares, conectando las calles de Nueva York, Los Ángeles o Chicago con las barrancas de la Sierra Madre occidental y del sur.

La amapola y la economía de mercado, o de la incertidumbre

Para comprender este mercado ilegal debemos partir de una perspectiva histórica que permita asociarlo a la formación y desarrollo del Estado mexicano y a los procesos económicos que lo acompañan. Entonces, conviene resaltar cómo las reformas implementadas a partir de los años 1980 apoyaron a la agroindustria de exportación y convirtieron a la mayoría de los territorios que estudiamos en zonas excluidas del mercado global legal. Más tarde, la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN – 1994) representó un punto clave en el boom de la producción y el tráfico de drogas.

Por ende, los cultivos ilícitos pueden entenderse como una adaptación a las políticas económicas y sociales, evidenciando que las economías ilícitas no son el producto de la ausencia del Estado, sino un efecto del papel que éste asume en ciertas regiones. Entonces, las y los cultivadores de amapola pueden verse como grupos sociales que buscan integrarse a la economía de mercado a través de las pocas oportunidades a su alcance.

Ahora bien, si para los campesinos ninguna actividad productiva es tan rentable como cultivar amapola, conviene analizar cuidadosamente dicha rentabilidad. Y es que, dado que los trabajos académicos y periodísticos sobre el narcotráfico tienden a sobrevalorar las ganancias que genera, nuestro proyecto busca trascender los mitos inverificables de un mercado de riquezas infinitas y concentrarse en la complejidad con la que se produce y reparte la riqueza -la cadena de valor- de la economía de las drogas.

Mostramos entonces que la amapola es un recurso “anormal”: rompe con los marcos económicos asociados con las actividades rurales lícitas y transforma las costumbres de consumo, los equilibrios sociales, agrícolas, industriales y económicos. Sin embargo, las modalidades del aprovechamiento de la amapola son variadas. El dinero se invierte de distintas maneras, según las condiciones socio-económicas de los diferentes territorios y familias. Así, la amapola revela las desigualdades que preexisten a su implantación y desarrollo, como lo vemos de forma tajante en diferentes zonas en Guerrero.

Además, mostramos cómo la economía de las drogas es un mundo construido sobre una infinita sucesión de actores -públicos y privados- que vinculan a los campesinos con los mercados de consumo. Miles de kilómetros y decenas de intermediarios. En esta división del trabajo, cada intermediario cobra una cuota y cada etapa de transformación y transporte del producto multiplica su valor de forma exponencial.

Dentro de esta organización laboral, los campesinos son una suerte de mano de obra especializada en la droga: cultivadores, peones, rayadores, corredores, acopiadores, además de cocineros de heroína, transportistas, traficantes o sicarios. Oficios de una industria que, a estas alturas, ya ha dado trabajo a cuatro o cinco generaciones.

Eso sí, la riqueza nunca se transfiere completamente a los campesinos amapoleros. Para ellos, el trabajo se asocia a una permanente incertidumbre. Lejos de las explicaciones que describen el mercado de las drogas como procesos comerciales simples, predecibles y perfectamente organizados, nuestro trabajo ilustra vidas inmersas en lo efímero, expuestas a constantes imposiciones, obstáculos y amenazas.

La importancia de lo legal para lo ilegal

Por eso no se puede entender el peso socio-económico de la amapola sin entender lo que implica, a ras de suelo, la ilegalidad de su cultivo.

Generalmente, la ilegalidad se toma como un hecho que no merece mayor discusión. En contraste, si partimos del término “ilegal” en su sentido más estricto -“que viola la ley”- abrimos ejes de comprensión acerca de las relaciones que existen entre una economía ilícita y las estructuras regionales y nacionales de mercado y de poder en las cuales se desarrolla.

Por eso la amapola es tan interesante: la misma flor, cultivada en Guerrero, Sinaloa, Durango o Nayarit, trae consecuencias económicas y sociales muy distintas en cada región, ya que las economías ilícitas no se desarrollan en un vacío económico o político. De ahí que se tengan que analizar no solamente en las barrancas y en los montes, sino también a partir de sus relaciones con el mundo comercial legal y los actores empresariales indispensables para su funcionamiento.

Nuestro proyecto muestra cómo el dinero de la droga circula constantemente entre las montañas y las ciudades, enfatizando por ejemplo la ventaja comparativa de Sinaloa en el tráfico de drogas. Ésta no yace en un rasgo cultural sinaloense, sino en el poder que tienen sus infraestructuras comerciales legales, si las comparamos con las de Guerrero. De ahí que la competitividad anclada en la economía lícita sea la mejor contraparte a las economías ilícitas.

El Estado, la “adormidera social” y la resistencia

Finalmente, hay que repetir que las economías ilícitas no florecen en contra del Estado, sino en articulación con sus agentes; en adaptación a sus transformaciones; en colaboración y en conflicto con diferentes niveles de sus administraciones y agencias. En pocas palabras: el Estado es indispensable para el mantenimiento de las económicas ilícitas.

Lejos de la falta de Estado, revelamos la profunda desconfianza de los habitantes frente a las autoridades públicas, a pesar de sus constantes interacciones con ellas. Lo importante, entonces, es entender cualitativamente cómo están presentes los agentes del Estado.

Partiendo de la definición de la amapola como “adormidera”, consideramos que la planta funciona como una “adormidera social”: permite que zonas marginadas sobrevivan, mientras el Estado mantiene en lo mínimo sus funciones sociales, educativas o desarrollistas. Si los amapoleros tienen con qué sobrevivir y ese recurso proviene de un mercado ilegal, ¿para qué ocuparse de ellos, más allá de reprimirlos de vez en cuando? Así se entiende mejor la gobernanza en los territorios emblemáticos de la guerra contra las drogas en México.

De ahí que los efectos sociales y culturales de la economía ilícita sean complejos. En el caso de las comunidades indígenas, por ejemplo, el cultivo de amapola rompe equilibrios comunitarios al mismo tiempo que favorece la construcción de identidades étnicas, políticas y culturales. Ilustramos entonces la dialéctica entre reconciliación y resistencia, e inclusión y autonomía.

De hecho, en muchos aspectos, tanto en Nayarit como en la zona de La Montaña de Guerrero, la represión a la producción de amapola forma parte de un conjunto más amplio de coerción y discriminación en contra de las identidades indígenas.

La amapola nos permite entender historias ambivalentes de integración, convirtiéndose en el eco tanto de la “guerra contra las drogas”, como de los programas de “desarrollo” cultural, económico y político.

Desde luego, en este estudio no pasamos por alto lo relativo a la violencia, la militarización y otros aspectos de las políticas de seguridad implementadas. Por el contrario, reconociendo su importancia, una segunda entrega de este proyecto, disponible en abril, se ocupará de ello.

* Romain LeCour Grandmaison es Director del Programa Noria para México y América Central.

 

El Proyecto Amapola completo disponible aquí.