blogeditor · 1 de mayo de 2020
Me transformo en el maestro Ramón de lunes a viernes, de 11 a 14 horas.
De riguroso sombrero vaquero, pantalón de mezclilla, camisa a cuadros, la mejor sonrisa y alguno que otro cuento o chistecillo corto.
Ramón López fue un maestro de Mexicali, Baja California, al norte de México, quien en los veranos de los 80s daba clases en el patio de una vecina para actualizar a la chamaquera que no había salido “tan bien” de sus clases regulares. Para mantenernos ocupados, mi mamá nos mandaba a mi hermana y a mí a la improvisada escuela.
Ramón mantenía una actitud intachable. Siempre alegre. Tenía la paciencia de un maestro yogui. Y vaya que en mi barrio, allá en Pasadina, todos los niños éramos inquietos.
De 9 de la mañana a 1 de la tarde tomábamos clases con más de 40 grados centígrados. A pesar de eso ningún niño faltaba. Todos queríamos ser parte de esa pequeña comuna de chamacos ansiosos por ser escuchados por el profesor Ramón.
Los recreos eran divertidos no solo por los juegos que teníamos sino porque regularmente el profesor solía acompañarnos y platicar con nosotros.
La justicia era un tema recurrente en sus pláticas. Con pequeños consejos y ejemplos de vida este profesor de barrio nos recordaba el valor de la honestidad y el compañerismo.
Para los chamacos de mi barrio no fue fácil vivir en un lugar que en su momento se comparó con Tepito, a muchos kilómetros de allí en la CDMX, por su contexto de violencia.
Ramón era un ejemplo a seguir para toda la chamaquera. Era la persona que nos escuchaba, nos educaba y se preocupaba realmente por nosotros. Conozco a por lo menos un par de sus exalumnos que ahora son maestros, una de ellas mi propia hermana.
Ahora, en medio de esta pandemia, justo cuando el reloj marca las 11 am, después de haber leído periódicos, platicado con reporteros y enviado los adelantos informativos, me transformo en el maestro Ramón para dar clases a mi hija Aurora de 5 años.
Una forma divertida de hacerlo es interpretando al personaje de Ramón, ese profesor de barriada que siempre tuvo la mejor actitud para enseñarme.
No soy tan paciente como mi antiguo maestro, quisiera serlo, pero a pesar de ello mi hija casi siempre disfruta las clases y me sigue la corriente.
Ayer Aurora me comentó: “¡Papá el maestro Ramón es muy divertido. Me dijo que mañana vamos a jugar en el recreo. Urra!”.
Mi diaria transformación sólo es posible porque cuento con mi esposa Tania, quien marca la pauta para que a pesar del encierro, y del teletrabajo, la casa y nuestras vidas sigan en marcha.
* Francisco Sandoval Alarcón (@MrTerremoto) es periodista y subdirector de Animal Político.