Redacción Animal Político · 29 de marzo de 2023
La Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad de México define a las especies exóticas invasoras como “aquellas que no son nativas de un país o una región (en este caso México) a la que llegaron de manera intencional o accidental, generalmente como resultado de actividades humanas”. Lo alarmante es que estas especies (ya sean de flora o de fauna), al ser introducidas en un nuevo espacio, pueden llegar a cambiar toda la configuración de éste alterando el ecosistema, lo que trae consecuencias para las especies catalogadas como nativas e incluso las pone en peligro de extinción al desplazarlas de sus nichos. A las especies exóticas invasoras se les suele tener en la mira porque su introducción puede interferir también con actividades humanas, y más cuando dichas actividades son de carácter económico.
Desde hace unos años se lleva a cabo el Torneo de pesca del pez león, al sur del Caribe, en el cual básicamente se invita a la población local y a los turistas a fungir como mecanismo para el control de ese animal, considerado un depredador que amenaza a otras especies marinas de interés comercial. Así que cabe cuestionar si el asesinato de los peces león se hace para salvaguardar el ecosistema o las actividades humanas en el área. Como éste, podemos encontrar muchos otros eventos en los que la solución al problema de las poblaciones invasoras consiste en su asesinato en masa. Se entiende la inquietud que existe por la presencia de estas especies y las consecuencias que pueden provocar, pero ¿necesariamente la solución es matarlos? ¿Acaso no existe alternativa?
Decidir quién vive y quién muere por pertenecer a una determinada especie es una cuestión de especismo, y deja claras las relaciones de poder existentes. Las especies que no traen un beneficio económico o no son útiles para las actividades humanas son vistas como inferiores e incluso como indeseables, por lo cual se permite su erradicación; más cuando se trata de especies que no pertenecen al entorno y no entran como parte de los discursos nacionalistas. Lo último hace entender que son ajenas y facilita tratarlas como una amenaza próxima a “nuestros espacios”, por ser exóticas, invasoras o plagas; especies que salen sobrando.
En el discurso de la conservación, el que una especie no sea autóctona de un lugar parece restarle valor y quitarle el derecho a vivir. Todo lo anterior responde a una forma más de violencia especista. Pero, si estas especies han sido introducidas por acciones humanas, no tendrían que pagar con sus vidas su supuesta invasión. Entonces ¿por qué prevalece una ausencia de sus derechos? Pensar en soluciones alternativas que impliquen el mínimo de daño parece ser algo muy lejano todavía.
Bajo la lógica de clasificar algunas especies (animales) como invasoras o como plagas porque afectan al lugar al que son introducidas, habría que preguntarnos ¿por qué los humanos no somos una plaga o una especie invasora? Pues nuestra especie en verdad puede entrar en tal categoría, pero no hay soluciones para ello y seguramente no las habrá; mucho menos desde el antropocentrismo, por las razones que le subyacen.
No podemos pensar en acabar con poblaciones humanas enteras: eso entraría en una idea de fascismo que incomoda muchísimo por tratarse de humanos; pero esto sólo pone en evidencia el especismo tan interiorizado de la gran mayoría de los habitantes humanos de este mundo. No se está defendiendo ni proponiendo el genocidio como solución a los problemas ecológicos, sino que se busca evidenciar discursos contradictorios y hasta hipócritas: desde una perspectiva no-especista, los peces león y otros animales considerados invasores están sufriendo medidas fascistas que se defienden desde el conservacionismo bajo criterios antropocéntricos.
Pongamos por caso que tenemos dos poblaciones, una de animales humanos y otra de animales no humanos; ambas están a punto de morir y tenemos que tomar la decisión de salvar sólo a una. Habrá quienes piensen, sin dudarlo, en salvar a la población de humanos. Aquí nos damos cuenta de que en realidad no todas las especies tienen el mismo valor intrínseco del que se habla desde la Bioética. Y es que se puede argumentar que el grupo que merece vivir es el de humanos por contar con capacidades como el razonamiento o la sintiencia, lo cual no es válido porque los humanos no son los únicos seres sintientes, los demás animales también lo son. Según el argumento de la superposición de especies planteado por Oscar Horta, no hay una característica empíricamente comprobable que sea única de los seres humanos.
Ahora pensemos en el ejemplo anterior aplicado a especies específicas. No sería lo mismo decidir entre salvar a la población completa de humanos de la Ciudad de México o toda la población de ratas de la misma urbe. Hay quienes argumentarían que eliminar a la población entera de ratas sería la solución a muchos problemas, sobre todo de salud, pero acabar con toda la población de humanos en la ciudad también sería la solución a muchos problemas, como la emisión de gases de efecto invernadero. Entonces ¿por qué una alternativa nos incomoda tanto y la otra se ve como una solución? Claramente esto es resultado del antropocentrismo interiorizado acompañado de especismo. Primero se ve por la humanidad, después por las demás especies.
Conceptos como “especies exóticas invasoras” o “plagas” caen en el especismo porque no existe una justificación válida y sin falacias para la eliminación de los individuos de otras especies. Hay que empezar a cambiar ese paradigma, transitar de la concepción de los humanos como seres superiores, que pueden tomar la decisión de quién vive y quién muere, a una valoración justa con los demás animales. Si bien sabemos que a lo largo de la Historia de la humanidad ha habido genocidios entre humanos, no hay que dejar de lado que la mayor extinción masiva hacia otras especies de animales ha sido por causas antropogénicas, y que hasta la fecha sigue ocurriendo.
* Isaac Alejandro Zaragoza Álvarez es estudiante del octavo semestre de la Licenciatura en Geografía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Se especializa en Geografía de los Animales y en Geografía y Ética. Sus temas de interés son la explotación animal en el turismo y los espacios de resistencia animal. José Alejandro Garza Méndez es licenciado en Geografía por el Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad de Guadalajara. En 2022 ganó el Premio Nacional a la Mejor Tesis de Licenciatura que otorga la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística. Es especialista en Geografía de los Animales y en Ética Animal. Actualmente es estudiante de la Maestría en Geografía en la UNAM.
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