Las armas del “snarkasmo” vs. la indefensión aprendida

blogeditor · 22 de diciembre de 2014

Las armas del “snarkasmo” vs. la indefensión aprendida

El demoledor resumen ejecutivo publicado recientemente por la Comisión de Inteligencia del Senado norteamericano que investigaba a la Agencia Central de Inteligencia, muestra a las claras que la tortura gozó de cabal salud como inútil instrumento ‘investigativo’ durante la Guerra contra el Terror decretada por George W. Bush y Dick Cheney durante su mandato. Asimismo, al publicarse sin consecuencias se confirma que ninguno de los responsables de este ultraje a los derechos humanos será procesado. Tampoco se sancionará a los sicólogos involucrados: aún menos, a la cúpula gremial que lo avaló sin chistar. Barack Obama ha insistido en que es mejor ‘mirar hacia delante’: impunidad garantizada, que dista de ser monopolio exclusivo de México, y en donde la tortura -con el visto bueno de autoridades y en ausencia de policías, ministerios públicos y fuerzas armadas profesionales- se erige soberana reina de las pruebas.

El uso de métodos a las que el sector acomodaticio de la prensa de los Estados Unidos se ha referido con eufemismos como ‘duros métodos de interrogación’, ‘técnicas mejoradas’ o ‘realzadas’, nos remite a escenarios de la Guerra Fría de los años cincuenta del siglo pasado; a la incorporación de cuadros nazis a los servicios de inteligencia que dispusieron, en su momento, de protocolos de control mental y atroces experimentos médicos, entre otras actividades (Operación Paperclip) y a protocolos de lavado de cerebro promovidos por la CIA como el célebre MKUltra, con opciones que incluían suplicios pavlovianos, drogas sicotrópicas, terapias electroconvulsivas y sin el consentimiento de cobayas humanas que padecieron sus efectos a lo largo de décadas. No sólo estamos hablando de tortura en sentido estricto; también de una nueva fase experimental -digna de películas de horror- y que constituye, (a pesar de justificaciones leguleyas en contrario), crímenes de lesa humanidad, en contravención a acuerdos firmados por el gobierno estadounidense, y que en casos como el del ejército japonés durante la Segunda Guerra Mundial fueron castigados duramente por el tribunales internacionales de justicia. Crímenes que tuvieron su correlato durante el conflicto por la independencia de Argelia, o la Guerra de Vietnam con el Programa Fénix (cuya piedra de toque es el decreto Noche y Niebla del Tercer Reich, en 1941), o su aplicación en Latinoamérica durante la Guerra Sucia de México o la Operación Cóndor. Transgresiones futuras de Estado contra la sociedad civil que, en ausencia de un verdadero Imperio de la Ley, podrían irse acumulando aquí hasta que se consume la anhelada democracia en todos los órdenes.

La tortura es contraproducente por definición. Carece de beneficios prácticos reales; sólo sirve en nuestros países para apuntalar regímenes que sobreviven por el pánico generalizado que infunden entre la población; es un método que degrada aún más a quienes la autorizan e inflingen, y contribuye a la desintegración sistémica de cualquier tentativa civilizatoria.

Foto 1

Ellos son Bruce Jessen y James Elmer Mitchell: los dos sicólogos que incursionaron en el mundo de la tortura ‘legal’ y ‘patriótica’; charlatanes indignos de su profesión. Cobraron al gobierno durante el mandato de George W. Bush, la friolera de 81 millones de dólares. Ambos son veteranos del servicio militar, en la aviación norteamericana. Pretendían aplicar las ‘enseñanzas’ derivadas de su trabajo en la fuerzas armadas, mediante la agudización de mecanismos de Indefensión Aprendida, para obtener datos bajo coerción que garantizarían la seguridad nacional desde cárceles clandestinas y con recursos ilegítimos. La empresa maquiladora de torturas, Mitchell Jessen & Associates, domiciliada en Spokane, Washington, para noviembre de 2009 se había esfumado. Ninguno de sus socios enfrentará cargos; la CIA puso a su disposición abogados especialistas para defenderse de posibles demandas.

¿Cómo se combate en redes y en las calles con ingenio, tanto oprobio y brutalidad? ¿Existen formas terapéuticas de resistencia inteligente, que en la actualidad abreven de esa forma de resistencia pensante conocida como snark (esnárk)? ¿Puede aplicarse el vocablo referido, al desbarajuste que sufrimos hoy en la República Mexicana?

Foto 2

No me refiero, aclaro, a La Caza del Snark (Agonía en ocho cantos o ataques), poema sin sentido publicado en 1874 por Lewis Carroll (autor de textos indispensables como Alicia en el País de las Maravillas y A Través del Espejo), con ilustraciones de Henry Holiday (‘… el viaje imposible de una tripulación improbable para hallar a una criatura inconcebible …’); el snark –con ‘ese’ minúscula- representa una actitud de razonada rebelión en redes, de índole transversal y joven en su mayoría.

Haciendo una lectura minuciosa de redes sociales, uno pensaría que vivimos el apogeo del snark en clave mexicana (¿tierra adoptiva del snack attack?) ¿Seremos entonces, para cuando se desmonte el entramado político y empresarial que nos mantiene paralizados (aunque cada vez en menor medida), Legión? ¿Ayuda a resolver el desorden autoritario la aplicación, juiciosa y metódica, del snarkasmo consabido?

Pensemos en Raúl Salinas, quien para el remedo de poder judicial mexicano, es hombre libre de toda acusación purgando sus culpas actualmente de gira triunfal por Europa. El efecto ácido y corrosivo del snark en el talante represor, y sus posibles aplicaciones a la vida diaria que cercenen el nudo gordiano de la corrupción por sistema y la impunidad es -por el momento- el único recurso que nos queda ante la descomunal injusticia. Ése es lo que debe animar al snarkismo (o en su acepción alterna, ver el título o el párrafo anterior) y las propuestas que están surgiendo de una sociedad emancipada y exigente. (Que conste: para nada estamos hablando del sinarquismo o sus vertientes yunquistas…)

Un exponente principal de los usos de la ironía acaba de grabar su último programa en Comedy Central. Se trata de Stephen Colbert, personaje que junto con el de Jon Stewart son referencia obligada ante las políticas demenciales de Bush Junior, Cheney y la Presidencia del Imperio que fue ampliando, con Obama, los ámbitos y resquicios de su dominio.

Lo que nos retorna, por asociación de ideas, al uso irrestricto de la tortura en México y la necesidad de que se le destierre y castigue sin miramientos: en una nación que evolucionará en mejor términos que los actuales, cuando este logro finalmente suceda. Tendrá que ser pronto, en un futuro no muy lejano. De ser posible, ahora mismo.

El humor con causa aunado al inagotable ingenio autóctono que se traduce en memes y demás campañas que sacuden los cimientos del sistema, confirman que el emperador sexenal Peña Nieto y su séquito legislativo, judicial, en partidos pactistas y empresas monopólicas; compinches, contratistas, prestanombres, virreyes, titulares de entidades y municipios enfrentan tiempos de cambios radicales. Urgen renovaciones duraderas que beneficien, tras décadas perdidas, al interés público y nuestra viabilidad comunitaria. Cambios que derrotarán a la Indefensión Adquirida a golpe de fraudes, tlatelolcazos, Acteales, San Fernandos, Tlatlayas, Colinas del Perro, Casas Blancas e incontables aportes mexicanos a la infamia.

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Acá el testimonio por completo inmune al snark, de James Elmer Mitchell: uno de los dos redactores del programa de interrogación ‘mejorada’ versión CIA, con infinidad de seguidores en México (aunque aquí ignoren la existencia de este burócrata y mercader del horror). Cortesía VICE News. Cuando menos el señor da la cara. Su socio Bruce Jessen no habla con la prensa ‘porque lo prohiben los términos de nuestro convenio con la CIA’.

 

@alconsumidor