Redacción Animal Político · 29 de junio de 2025
Gratuito, masivo y profundamente simbólico, el show de Lady Gaga el pasado 3 de mayo en la playa de Copacabana se convirtió en una declaración artística y política sobre el acceso a la cultura, el poder del escenario y el derecho de todos a formar parte de un ritual colectivo que trasciende géneros y geografías.
Superado solo por el concierto de Rod Stewart en la misma playa durante la entrada del año 1995 y por el de Jean-Michel Jarre en el 850 aniversario de Moscú en 1997, el reciente concierto de Lady Gaga ha entrado en la historia como el tercer concierto más multitudinario de todos los tiempos. Con 2.1 millones de asistentes, no solo encabeza la lista de conciertos individuales de artistas mujeres con mayor asistencia, sino que también redefine lo que puede y debe ser un espectáculo musical en pleno 2025.
Estos tres eventos tienen algo en común: que fueron completamente gratuitos. En un contexto en el que los precios de los conciertos alcanzan cifras desorbitadas y empresas como Ticketmaster han sido acusadas de prácticas abusivas, Gaga (con el respaldo del ayuntamiento de Río de Janeiro y de patrocinadores como Corona y Santander) dio un golpe simbólico al sistema: un show de clase mundial, sin costo alguno, para cualquier persona, de cualquier ciudad o país, que quisiera presenciarlo. Un gesto que se convierte en un acto político a favor de la democratización de la cultura.
No solo Río de Janeiro lo esperaba: todo Brasil, e incluso países vecinos en América Latina, aguardaban con ansias el regreso de la artista a la región tras más de una década de ausencia. El concierto en Copacabana no fue solo una parada más en una gira extraordinaria para promocionar su séptimo y más reciente álbum (Mayhem): fue una reafirmación de los principios que ha sostenido desde los inicios de su carrera. Esta declaración de principios se puede observar desde dos ángulos.
En primer lugar, demostró que es posible llevar espectáculos de altísimo nivel artístico y técnico a los países del sur global sin que la asistencia esté determinada por el nivel de ingreso o el acceso a clientes prioritarios, lo que abona a un posicionamiento de igualdad e inclusión.
En segundo, lo verdaderamente revolucionario del concierto no fue solo su gratuidad ni su magnitud, sino su propuesta artística. Injustamente catalogado como “concierto” o “espectáculo”, lo que Lady Gaga presentó en Copacabana fue una auténtica obra de arte. Como ha dicho el crítico de música pop Edmundo Bianchi, se trató de “una ópera pop dividida en cinco actos con narrativa, símbolos y ritual”.
Este no fue un show en el que una artista interpreta una lista de canciones sueltas adornadas con escenografía y coreografías. Tomó todos esos elementos y los tejió en una narrativa escénica coherente sobre el costo de la fama y las luchas internas de una mujer que ha dejado de huir del caos para abrazarlo y convertirlo en su fuente de inspiración. Una historia sobre el temor de regresar a sus raíces y sobre la tensión que siempre hay entre mantenerse fiel a su esencia musical y su estética visual, por un lado, y ceder ante las presiones del mercado musical, dominado por estereotipos heteronormados, cisgéneros y machistas, por el otro. Lady Gaga ha escrito sus propias reglas convenciendo a todos de que esas reglas estaban ahí desde el inicio, esperando a ser nombradas.
Continuando con la referencia a Bianchi, el pasado 3 de mayo Gaga hizo “[…] del pop un ritual, donde el escenario es un altar, su cuerpo y el de sus bailarines son recipientes de símbolos y el performance se vuelve una suerte de comunión colectiva.” Es evidente que la artista reconoce y respeta el poder transformador que tiene el escenario, capaz de movilizar emociones, cuerpos e ideas.
Su álbum Mayhem y sus recientes conciertos en Coachella, Ciudad de México, Copacabana y Singapur condensan con maestría lo que ha sido el corazón de su carrera: convertir lo que otros ven como debilidad, como la rareza, la rebeldía, la marginación y la exclusión, en una fuerza arrolladora que privilegia lo genuino, lo auténtico y lo raro. Gaga ha sido una oveja negra que no solo se abrazó a su diferencia, sino que la convirtió en bandera y hoy es agente de cambio no solo en el arte pop, sino en un movimiento social más amplio.
Gaga no solo llenó una playa, sino que llenó un vacío en un mundo que se beneficiaría de la inclusión y la equidad. Hay un mensaje claro: el sur también merece espectáculos que nos eleven (para todos, no solo para quienes pueden pagarlos) y Gaga no solo lo dijo, sino que lo puso en escena, con arte, sin boletos y sin barreras.
* Rafael Arriaga (@racarrasco)