blogeditor · 30 de junio de 2017
Ya no pasan ni dos días sin que yo reciba testimonios verbales o escritos sobre hechos de violencia atroces. He aprendido a aceptar que la información que hoy me escandaliza acaso mañana será opacada por algo más y más grave. Se quedaron atrás los años en los que solo de manera excepcional llegaban a mí relatos de violencias extremas. Ahora las conversaciones de pronto parecen competencias para averiguar quién tiene la peor historia, a quién le contaron la experiencia de violencia más horrenda. Ahora cierro cada semana contando el incremento de los relatos del horror y buscando en dónde poner y cómo sobrellevar la narrativa del dolor.
Sin duda mi esfuerzo por entender qué está pasando se encuentra rebasado, pero creo que sucede igual por todos lados. Desde el ciudadano de a pie hasta el más agudo observador, pasando por los operadores de todo tipo de instituciones, lo que yo veo es que en el fondo nadie entiende nada. Es cierto que hay relatos mucho más informados que otros, es verdad que se produce más información que nunca asociada a las múltiples violencias, pero, hasta donde alcanzo a ver, las explicaciones sobre las causas profundas aún no han llegado, si es que alguna vez lo harán.
Tal vez me equivoco y hay mucho mejor comprensión de la que yo alcanzo a ver, sin embargo, lo que principalmente me hace pensar que no es así es que buena parte de la narrativa del horror parece escapar a cualquier registro o indagación, ya sea de actores oficiales o independientes. Dicho en otros términos, lo que realmente está sucediendo prácticamente nadie lo está documentando. Es cierto, crecen las iniciativas justamente de documentación desde la sociedad civil organizada y la academia, en buena medida orientadas por la lucha contra la impunidad; empero, la dimensión del fenómeno de las violencias tiene proporciones, según yo veo, de lejos, inabarcables.
Desde mi ángulo de observación atrapo una combinación de narrativas que a la vez enseña la regularidad de las violencias y confirma su invisibilización. Ello crea un doble efecto tan desconcertante como ominoso. Es como mirar una doble película a la vez: en una están las violencias y todos las vemos, mientras en la otra, que es proyectada al mismo tiempo, las violencias no están. La primera película contienen los hechos que se suceden en el plano de la realidad, la segunda está editada.
Muchos relatos que hoy recibo se parecen a los que he acumulado los últimos diez años. Pero muchos más no. Cuando hablo de una combinación de narrativas me refiero a historias que provienen de fuentes de información oficial y no oficial. De autoridades y actores independientes. El más reciente cambio viene de la primera fuente. La violencia no es la que era, me lo repiten policías, militares, agentes del ministerio público, secretarios de seguridad pública y alcaldes. Igual en el centro, sur y norte del país. La afirmación viene sustentada con experiencias calificadas como inéditas. Homicidios, feminicidios, torturas, violaciones sexuales, violencia familiar, robos con violencia y secuestros realizados bajo formatos que los operadores de la autoridad, en ocasiones con décadas de experiencia, dicen jamás antes haberlos visto.
El escalofrío que me recorre el cuerpo cuando me ofrecen los ejemplos, se multiplica una vez que rematan reconociendo de manera explícita o implícita que sus capacidades de contención están completamente rebasadas. Así no era la violencia y ante esta violencia nosotros nada podemos hacer, es la síntesis que al horror le agrega el más lastimoso desamparo.
Asistí recientemente a un taller donde un equipo de investigadores ofreció una interpretación sobre la manera como los mexicanos construyen el miedo y lo que hacen con él. Una de las más relevantes conclusiones es que las personas construyen rutinas para no saber más de aquello que les produce el temor, cual es el caso de la violencia. La gente prefiere que le pasen esa segunda película de la que hablé, la editada. El problema es que atrás está la otra, ésa donde las violencias y sus consecuencias se amontonan. El problema es que la realidad de la victimización masiva termina por asfixiar cualquier intento de edición.
Mirando los discursos de casi todos los que dicen buscar la Presidencia de la República en el 2018, todo indica que también ahí hay una aproximación editada que prefiere no ver. Es altamente probable que la contienda presidencial ni siquiera se aproxime al país que tenemos, visto desde el fenómeno de las violencias. En tal caso, podemos estar seguros que la contención anhelada quedará nuevamente pospuesta para mejores tiempos. Si el problema no se ve, menos se le resolverá. Si así sucede, habré comprobado que mi exposición a los relatos más y más atroces apenas comienza.