blogeditor · 14 de octubre de 2020
El glifosato es un herbicida introducido al mercado en 1974, cuyo uso internacional se incrementó en más del 1000% a partir de los años noventas con la incorporación de los cultivos de organismos genéticamente modificados. Recientemente se suscitó una fuerte polémica respecto a la pertinencia de este herbicida en la agricultura en México, después de que se rechazara la importación de mil toneladas de esta sustancia. Si bien la discusión alrededor del agroquímico estaba presente desde hace tiempo en el ámbito científico, es hasta ahora que el debate aparece de manera visible en el escenario público mexicano.
La negativa a la importación de glifosato fue una acción fundamentada en el “Principio de precaución”, ya que dicho herbicida fue clasificado en 2015 como probable cancerígeno para humanos por la Organización Mundial de la Salud. Las posturas a favor de su uso tienen como principal argumento el impacto a la productividad y afirman que, de eliminarse el herbicida, la producción del país caería hasta en un 50%.
Existe cierto paralelismo entre los debates actuales por el glifosato y lo ocurrido hace algunos años con el uso del DDT. Los graves efectos nocivos que tenían éste y otros pesticidas fueron advertidos en 1962 por la bióloga estadounidense Rachel Carson en su célebre libro Primavera silenciosa, lo que provocó un álgido debate en el que la autora fue acusada de alarmista y sus argumentos demeritados por la industria química, por otros científicos y por el Departamento de Agricultura de Estados Unidos. Esta denuncia consiguió un notable efecto social y político: provocó la creación, en 1970, de la Agencia de Protección Ambiental (EPA) y la posterior prohibición del DDT para su uso en la agricultura.
En cuanto a los efectos que el glifosato ha tenido en el ambiente podrían corroborarse las advertencias que Carson hiciera para los “biocidas”, término que sugirió para los plaguicidas sintéticos no selectivos. La autora planteó la posible acumulación de estas sustancias en cuerpos de agua y suelos, así como en humanos y otros animales. Hoy la contaminación química con glifosato es indudable: sus residuos se han encontrado en alimentos, aguas superficiales y subterráneas, orina de niños y adolescentes, microbiota del suelo y muestras de miel. Sobre las razones de dicha contaminación podríamos abordar la posible exposición a este compuesto, los mecanismos de acción química que tiene en el ambiente y las dinámicas ecosistémicas; todos ellos asuntos cruciales para comprender la complejidad que conlleva el uso y regulación de esta sustancia. Sin embargo, es igualmente acuciante llevar las interrogantes al ámbito de la Bioética, a fin de reflexionar sobre los fundamentos con los que hemos asumido nuestra existencia en la Tierra y la relación entre ello, los impactos que hemos provocado en el ambiente y las posibles soluciones o alternativas con las que contamos.
No es menor que Carson dedicara Primavera silenciosa a Albert Schweitzer, filósofo y médico franco-alemán y precursor de la Bioética, quien en 1952 recibió el Premio Nobel de la Paz y cuyo pensamiento ético se sintetiza en su conocida expresión: “Yo soy un ser viviente que quiere vivir rodeado de otros seres vivientes que quieren vivir”. La dedicatoria de la bióloga permitía entrever que su obra, si bien era un escrito científico, llevaba implícita una postura ética sobre la Tierra. La Ética del respeto a la vida de Schweitzer forma parte de diferentes propuestas en el campo de la ética ambiental, que parten de una fuerte crítica al antropocentrismo para sugerir la extensión de la consideración moral hacia otros seres vivos más allá del humano. En otras palabras, las éticas no antropocéntricas biocéntricas arguyen que el cuidado y el respeto de la naturaleza precisan salir del ámbito de los intereses exclusivamente humanos con el fin de reconocer el valor de la vida en su conjunto, lo que incluye a la diversidad biológica y al resto de los elementos que posibilitan el desarrollo y el bienestar de la vida.
Sin duda, es un problema ético grave que una sustancia catalogada como probable cancerígeno se encuentre presente en grupos de la población, en los alimentos y en el ambiente, pues ello menoscaba las posibilidades para la realización de una vida justa y saludable. Si a pesar de esta contaminación química decidimos posicionarnos a favor del uso del glifosato, aceptando el criterio de productividad como superior y absoluto para tomar decisiones, no estamos más que reafirmando una actitud antropocéntrica distante de contribuir a la seguridad alimentaria. De hecho, el uso de agroquímicos está relacionado con la vulneración del derecho a una alimentación adecuada. Resulta ingenuo y reduccionista afirmar que la seguridad alimentaria de un país, tema multidimensional que abarca diversas acciones de política pública, dependa tan fervorosamente de un solo insumo químico.
Desde luego que el rendimiento de cualquier sistema de producción de alimentos es un asunto de importancia, más aún ante el continuo crecimiento poblacional. Sin embargo, desde una postura ética biocéntrica, al interés por la productividad se debe sumar el interés por garantizar que toda la población tenga acceso a alimentos sanos, evitar el desperdicio, diversificar las alternativas de producción, mantener limpio el ambiente y proteger la supervivencia de otras especies con las que cohabitamos el planeta. Esto es, poner el cuidado de la vida en el centro de nuestras consideraciones éticas.
Si no cuestionamos de fondo la relación moral que hemos establecido con el entorno a través de los sistemas agro-tecnológicos, corremos el riesgo de terminar por sustituir un agroquímico por otro sin que eso signifique frenar y revertir los procesos de deterioro a los que hemos sometido al planeta y a un sinfín de especies. La contaminación del ambiente con sustancias químicas puede ser un aliciente para cuestionarnos la gravedad de sostener el antropocentrismo moral que nos ha caracterizado como humanidad, así como para desarrollar la disposición de ampliar nuestros deberes de cuidado ambiental por encima de cualquier interés individual.
* María Elena Mondragón Tintor es Química de Alimentos y maestra en Filosofía de la Ciencia con orientación en Estudios Filosóficos y Sociales sobre Ciencia y Tecnología, ambos por la UNAM. Actualmente es profesora de Ciencia y Sociedad en la Facultad de Química de la UNAM.
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