La verdadera balada de Búfalo Bill

blogeditor · 5 de febrero de 2020

La verdadera balada de Búfalo Bill

En la década de 1870 el gobierno de Estados Unidos motivó a buena parte de su población a colonizar la región, hasta entonces no explotada, que hoy se ha mitificado como “El salvaje Oeste”. Sin embargo, los amerindios que ya habitaban el territorio no querían cederlo a los blancos, y si bien muchos de ellos aceptaron la relativamente respetuosa oferta del presidente Ulysses Grant de vivir en “reservas” (idea que ya se había planteado anteriormente), otros se negaron, acaso previendo la desculturización que vendría, especialmente las tribus Sioux Lakota lideradas por Caballo Loco y Toro Sentado. Las cosas se complicaron infinitamente cuando se confirmó que había una veta de oro en las Colinas Negras, lugar sagrado para los Lakota, que podría ayudar a la sociedad blanca a superar la atronadora crisis económica que estaba viviendo; al final, el presidente Grant se sintió arrinconado y se resignó a ir la guerra con los indios. El general William T. Sherman, brazo derecho tanto de Grant como de su sucesor, a sabiendas de que los búfalos eran el principal sustento de los pieles-rojas —y no sólo en el ámbito alimenticio—, ideó una estrategia aterradora: exterminar a los búfalos para exterminar a los indios, o por lo menos someterlos. Por ello, tanto el gobierno como empresas privadas promovieron la cacería masiva de bisontes, y a base de matanzas diarias la población de la especie en poco tiempo pasó de 60 millones de individuos a menos de dos mil. El récord de cacería le correspondió a un tal William Cody, quien por matar cuatro mil especímenes en 18 meses se ganó su legendario apodo: Búfalo Bill.

La táctica lamentablemente funcionó: ante la escasez de bisontes, Caballo Loco se rindió para salvar a su gente y accedió a vivir en las reservas; poco después fue emboscado y asesinado a traición. Toro Sentado, quien había emigrado a Canadá, regresó para tratar de conservar un poco de la cultura de su pueblo y acabó sufriendo un destino bastante similar. William Sherman es considerado por muchos un héroe nacional. Búfalo Bill figura en el folklore y la cultura popular de su país, siendo más recordado por sus posturas, ya en edad madura, a favor de los derechos de las mujeres e -irónicamente- de los indígenas, que por su papel en el exterminio.

Así pues, Sherman cometió un doble atentado: propició un zoocidio para causar un genocidio. Acudiendo al sensato recurso de comprender sin justificar, podríamos decir que en aquella época la cosmovisión occidental consideraba a los animales un mero recurso cuya vida no era digna de protegerse; pero incluso tomando eso en cuenta, provocar una extinción casi total revela una mentalidad en extremo maquiavélica, por no decir despiadada (Sherman, por cierto, ya había recurrido a tácticas igual de inclementes durante la Guerra Civil). En cuanto a la intención de desaparecer a los “indios”, ya ni siquiera el contexto histórico sirve de pretexto: fue un acto atroz por donde se vea.

Esta anécdota histórica se presta para recapitular un poco la evolución de los prejuicios y las concepciones de lo que resulta ético… en la medida en la que realmente se haya dado.

Empecemos por mencionar la manera en la que la modernidad concibió a la naturaleza: como una serie de recursos a disposición indisputada del ser humano, ya sea por mandato divino o por nuestra supuesta “superioridad”.1 Hoy la ciencia nos muestra que el ecosistema necesita un equilibrio entre las especies y que una intervención irreflexiva de nuestra parte eventualmente nos dañará a nosotros mismos; esa sería una razón digamos pragmática para condenar eventos como el ya narrado. Sin embargo, no está de más recordar que, desde nuevas perspectivas éticas no antropocéntricas2, se ha dicho que debemos a los animales un trato compasivo por su condición de seres vivos y sintientes, incluso si recurrimos a ellos para sustentarnos, como los Lakota. Huelga decir que la cosmovisión de las tribus piel-roja, y en general de casi todas las “civilizaciones cerradas”(3) del llamado “tercer mundo”, era radicalmente distinta: la Naturaleza (animales, plantas y hasta minerales) era sagrada, divina, y los humanos estaban conectados y hermanados con ella.

Ahora, si el respeto hacia otras especies ya ha llegado al nivel de “deber”(4), el respeto y la responsabilidad hacia nuestros congéneres tendría que estar fuera de discusión. Desafortunadamente no es así, ni en un caso ni en el otro: todavía hay demasiada gente que se considera superior no sólo a los animales sino a otros seres humanos, sintiéndose con el derecho de someterlos o extinguirlos. La estrategia de Sherman revela que el susodicho no tenía más consideración hacia los “pieles-rojas” que hacia los bisontes; por otro lado, si bien aparentemente el presidente Grant los veía con más compasión, sus deseos de convertirlos a la civilización blanca sugieren que incluso él los consideraba culturalmente inferiores.

La permanencia, siglo y medio más tarde, de semejantes formas de pensar se revela en los planteamientos básicamente neofascistas de políticos como Trump y Bolsonaro, en la negativa de muchas industrias a tomar medidas para proteger el medio ambiente y en eventos como el reciente tiroteo en El Paso, Texas, un acto claro de racismo y xenofobia.

Por último, propongo esta pequeña reflexión: los blancos en el Oeste veían a los nativos que los atacaban como invasores, pese a que su gente habitaba la zona milenios antes de la llegada de los europeos. Los supremacistas de Estados Unidos que buscan “limpiar” su país de otras razas no consideran que, si a razas vamos, ellos son tan extranjeros como los negros y más que los latinos, tal como se los recordó el exgobernador de Virginia –el mismo Trump sólo es nacional por dos generaciones: su abuelo fue un inmigrante alemán que cambió su nombre, acaso para prevenir discriminación–; lo mismo ocurre con el racismo-clasismo hacia los indígenas en América Latina. El asesino de El Paso dijo que los mexicanos están invadiendo su país, olvidando que muchos territorios de Estados Unidos, incluyendo Texas, eran parte de México hasta que los estadounidenses “intervinieron”. Se ve que el concepto de “invasión”, legitimador de la violencia, es demasiado relativo y falaz. Objetivamente hablando, las naciones no existen más que como convención política, las razas son una característica incidental ajena a la humanidad del individuo y, en cuanto a las culturas, no hay justificación racional para dividirlas en “superiores” e “inferiores”.

Y aun así, este tipo de ideologías continúan reproduciéndose y en algunos casos llegando al poder, así que por lo visto la especie humana no ha aprendido la lección. Como cantaba Bob Dylan: “¿Cuántas muertes nos tomará darnos cuenta de que demasiadas personas (y bisontes) han muerto?”.

* Rodrigo Ruiz Spitalier es Licenciado en Letras Hispánicas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y actualmente trabaja en el área editorial del Programa Universitario de Bioética. También ha sido colaborador para varias revistas digitales.

 

Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad únicamente de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido.

 

Referencias bibliográficas:

  1. Jean-Marie Schaeffer, El fin de la excepción humana, FCE, Buenos Aires, 2009.
  2. Paul Taylor, La ética de la naturaleza, traducción de Miguel Ángel Fernández Vargas, UNAM, México, 2005.
  3. Georg Lukács, “Civilizaciones cerradas”, en Teoría de la novela, Siglo Veinte, Buenos Aires, 1920.
  4. Tom Regan, En defensa de los derechos de los animales, FCE, México, 2016.