La variante ómicron y el llamado a la “ayuda”

blogeditor · 16 de febrero de 2022

La variante ómicron y el llamado a la “ayuda”

En el documental Examined Life, en una de las entrevistas que se hacen a destacadas figuras académicas de Filosofía, se incluye una charla que mantienen las filósofas Judith Butler y Sunaura Taylor mientras caminan por las calles de San Francisco, Estados Unidos. En la conversación, Taylor, partiendo de la condición clínica que padece, artrogriposis, reflexiona sobre la encarnación corporal que cada persona ha de tener con su particular condición de salud, genética o de comorbilidades, así como sobre la aversión que varias enfermedades despiertan en la sociedad y el aislamiento que se puede sufrir derivado de cualquier tipo de discapacidad física. Es importante destacar que el término “discapacidad” no se menciona de forma peyorativa, sino como una condición que limita a una persona para llevar a cabo ciertas actividades físicas que la mayoría de la gente realiza sin impedimentos.

Ahora bien, justo ahora, con la cuarta ola de la COVID-19 y la variante ómicron, nos encontramos con estas nuevas formas de encarnación corporal. Es evidente que se manifiesta cierta aversión a quien tose o estornuda cerca de otra persona, o a los señalamientos que se dan a las filas interminables para tomar una prueba rápida de antígenos o PCR. También es obvio que ha sido tal el impacto de esta ola de contagios que las autoridades sanitarias sugieren aislarse al primer síntoma, o aplicar una incapacidad COVID 3.0 de cinco a siete días (dependiendo de si uno es asintomático o no) antes de volver a su vida funcional y laboral.

Taylor relata que una de sus formas de protesta política es exigir ayuda para pedir un café, ya que ella, por sí misma, no puede hacerlo, y menciona que “la ayuda es algo que todos necesitamos”. No la solicita como si fuera “un favor” que un alma caritativa podría hacer, sino que la exige como un deber, como una obligatoriedad. Algo tan básico como pedir ayuda se convierte en un deber ser; quien esté cerca no puede hacer caso omiso o evadir a la persona que pide ayuda, ya que está en sus posibilidades brindarla y, por lo tanto, debe hacerlo.

Un ejemplo clásico de lo anterior es cuando en el transporte colectivo o frente a las escaleras de una oficina encontramos a alguien en silla de ruedas, con debilidad visual, con muletas o con andaderas, y sin decir nada (verbal o corporalmente) se nos exige una ayuda. No siempre las personas son acomedidas a apoyar, por lo que caminan con mayor velocidad pera evitar brindar un auxilio de unos minutos; pareciera que nuestro actual ritmo de vida tiene mayor prioridad que la asistencia a otra persona. Nos hemos convertido en una mónada de Leibnitz, individualizados y encerrados en nuestra propia burbuja de sufrimiento y preocupaciones, donde cada uno se convierte en el único parámetro para todo y por todo.

Cabe destacar que la ayuda que se exige no tiene que ver con la resolución del problema de salud, económico o emocional de la otra persona, sino simplemente con ofrecer un tiempo y tener una disposición para auxiliarla (quienquiera que sea) en algo elemental: pedir un café, subir unas escaleras, cruzar la calle; o incluso sólo preguntarle cómo se encuentra. Esto nos lleva a un problema filosófico de alteridad y sobre cómo se configura mi relación con esa otra realidad u “otro” (sea un animal, un ecosistema o un ser humano). Ese detenerse menos de tres minutos y apoyar a quien lo necesite, o simplemente escucharlo y desearle bien, es un factor que puede influir de forma positiva en muchas personas, pero no somos capaces de hacerlo, por miedo, porque no sabemos cómo o porque estamos inmersos en la indiferencia.

Como es sabido, la variante ómicron tiene un contagio exponencial y sin precedentes. Seguramente el círculo de nuestras amistades, familiares y seres queridos se ha estrechado cada vez más, y seguimos oyendo que dio positivo a la prueba quien atiende la tienda, el vecino, el compañero de trabajo, el primo, el amigo de la Facultad, el cuñado, el hermano, uno mismo. ¿Y qué actitudes hemos visto que contrastan esta alza de contagios? Un intenso tráfico para llegar a la escuela o al trabajo; multitudes en las plazas comerciales, los puestos de comida o los tianguis; las noticias sobre el número de contagios que ya no impresionan a nadie, y el hecho de que ahora se priorice la economía general sobre el bien inmaterial de la salud individual. Pareciera que esta cuarta ola va acompañada de indiferencia y apatía, ya sea porque se ha minimizado señalando que “no es grave, es una gripita”; porque la mayoría de la población ya cuenta con su esquema de vacunación, o porque quienes aparecen en la lista de fallecidos no se aplicaron la vacuna. En cambio, se deja de lado a las personas menores de 15 años que no se han vacunado y que lo único que están aprendiendo es a sobrevivir en el aislamiento, o al hecho de que, como ya no se está muriendo “tanta” gente, no está pasando nada.

Taylor sostiene que la ayuda se ha menospreciado, que se ve como algo menor, como si fuera un acto de caridad, cuando en realidad devela lo esencial de las relaciones humanas: la convivencia, el caminar en colectivo, ese ser político al que pertenecemos y que entre todos construimos más allá de nuestras diferencias. Lo grave es que podemos pasar mucho tiempo revisando nuestras redes sociales y comentando cualquier cosa, pero no enterarnos de cómo está la persona que ha dado positivo a la COVID.

Y aquí sucede una cosa muy curiosa. Por una parte, quien requiere ayuda o apoyo dice que no necesita nada, pues le da miedo pedir o mostrarse vulnerable o frágil ante, por ejemplo, “una gripa que se quita con paracetamol”; pero si llega a recibir un mensaje de apoyo o hasta víveres, se conmueve de una manera muy especial, ya que esa separación que se ha marcado con la “sana distancia” o la virtualidad se desvanece con este gesto, que uno termina atesorando.

Por otra parte, quien brinda esa ayuda lo puede hacer de dos formas: a la fuerza (porque se lo está exigiendo alguien, por quedar bien con los demás, porque no hay de otra); o bien de manera auténtica, develando esa necesidad que tiene el otro y lo legítimo de su demanda. Al hacerlo se percata de que ese apoyo y ayuda a quien está menos aventajado que uno en ese momento es una acción que se debe realizar sin ningún cuestionamiento. Ayudar al otro no lo convierte a uno en alguien moralmente superior, en un héroe o heroína, sino que devela su carácter de humanidad, de fraternidad, de copertenencia y de coexistencia con quien se encuentra en una situación adversa.

Ante esta cuarta ola de contagios en la que estamos inmersos, o la afirmación de que ómicron está barriendo con el mundo, valdría la pena pensar cómo hemos brindado o exigido esa ayuda. En el video mencionado, Butler, volviendo al ejemplo de Taylor sobre pedir un café, lanza dos preguntas que, a mi juicio, son sumamente vigentes en esta época de ómicron: ¿vivimos o no en un mundo donde nos ayudamos unos a otros? ¿Nos ayudamos unos a otros o no con las necesidades básicas?

* Angel Alonso Salas (@iberoangina) es profesor de tiempo completo en el Colegio de Ciencias y Humanidades, plantel Azcapotzalco, de la UNAM. Tiene los estudios de licenciatura, maestría y doctorado en Filosofía, así como en Ciencias. Actualmente es Secretario Académico del @bioeticaunam.