blogeditor · 4 de agosto de 2017
Leí La vaga ambición, el libro de cuentos (o “cuentario”, como de un tiempo acá le he escuchado decir a un par de periodistas de esos que se dicen especializados) ganador del V Premio Ribera del Duero, y lo que debo agradecer a su autor, Antonio Ortuño -hijo de Zapopan, Jalisco, y, como ya se intuye, espléndido escritor-, es el haber creado un volumen que realmente me mantuvo sentado y absorto desde el inicio de la lectura hasta que crucé la última página. En tiempos como los que corren, llegar a un libro que genuinamente lo hace a uno olvidar los males del mundo -y del país, particularmente- para sustituirlos por los males que la literatura pone frente a nuestra imaginación tiene un valor incalculable.
¿De qué trata La vaga ambición? De pérdida, queridos. De pérdida y también de desolación. No voy a adelantarles nada con respecto a las historias que Ortuño ha tejido con pluma envidiable, pero para el caso diré tan solo que una parte de las muchas gracias que el libro posee tiene que ver con que, de alguna forma discreta y profesional, todas las historias viajan unidas frente a los ojos del lector por una serie de temas que las amalgaman en forma de narraciones perfectas en las que, además de pérdida y desolación, también aparece la escritura misma como personaje, y además el humor. Porque si algo se encuentra presente todo el tiempo en La vaga ambición es un tono de sutil socarronería que hace su lectura disfrutable. No es lo mismo rascar en la condición humana empleando el solemne tono del filósofo vivencial que hacerlo con la ironía de quien no se toma tan en serio… más que cuando hay que tomarse muy en serio.
El humor pues, es una de las bases que hacen a este libro -que me mantuvo absorto ¿lo había mencionado ya?- uno de los más deleitosos que he leído recientemente. En el caso del cuento, hay que decir que eso no pasa muy frecuentemente: en este año, además de La vaga ambición sólo recuerdo La superficie más honda de Emiliano Monge y Canta, herida, de Gabriel Rodríguez Liceaga, como libros de cuentos que podría localizar rápidamente en mis libreros pues sé perfectamente en dónde los coloqué.
Finalmente, debo agradecer a varios amigos lectores el que al hablar de La vaga ambición con un servidor no hayan hecho referencia alguna al número de páginas que conforman el libro. No sé ustedes, pero a mí las frases del tipo “está bien delgadito: te lo lees en una sentada”, me producen salpullido. Como si una obra de arte (del tipo que sea) valiera por su extensión, volumen o tamaño y no por su calidad intrínseca. Así, no hagan caso alguno al hecho de que La vaga ambición sea un libro esbelto, pues ello no reviste en verdad la menor importancia, y sumérjanse en lo que narra con total placer. El placer que nos sabe tan rico a los lectores cuando sabemos que hemos encontrado un libro muy, pero muy bueno.