La urgencia de pensar lo animal y la vida más allá de lo humano

blogeditor · 17 de agosto de 2022

La urgencia de pensar lo animal y la vida más allá de lo humano

Nos encontramos viviendo quizá las últimas etapas de la pandemia, o al menos eso creemos. En las semanas recientes hemos escuchado hablar de una nueva enfermedad llamada “viruela del mono”, que aunque no es de la misma naturaleza que la COVID-19, sí tiene en el fondo el mismo origen: la zoonosis.

Es un error pensar que estas enfermedades surgen de forma aislada y accidental en el planeta; por el contrario, debemos empezar a reconocer que provienen de una crisis ética y ambiental que hemos provocado desde hace ya mucho tiempo. Es imprescindible entender que su detonante común es el desequilibrio que como especie hemos generado en los ecosistemas y en el ambiente.

El capitalismo salvaje, que se sustenta en nuestra perspectiva egoísta del mundo, ha exacerbado la explotación de nuestro planeta generando el mayor desequilibrio global de todos los tiempos. Miles de años de antropocentrismo nos han borrado la consciencia básica de nuestra coexistencia en el planeta. Nos hemos tomado como un ente ajeno, único y superior al resto de la biósfera. 1 Nos olvidamos de que no estamos solos, de que formamos parte de una inmensa red interconectada con diferentes formas de vida, como señaló Aldo Leopold desde hace más de 70 años con su Ética de la Tierra.

Es necesario reconocer que nuestro mundo está construido a partir de una visión antropocéntrica que ha negado y violentado por siglos “lo animal”. El hombre occidental comenzó, desde la antigüedad, a interpretar el mundo y a sí mismo a partir de la negación y el rechazo de lo animal, inaugurando aquella arbitraria separación entre naturaleza y cultura. Si lo analizamos bien, la separación animal-hombre ha sido el gran punto de partida del ser humano al intentar pensarse aparte y separarse del resto de la naturaleza; de allí la gran violencia de la Ética occidental.

La animalidad siempre ha sido la frontera y el punto de diferenciación para el ser humano, pues es a partir de la negación de su animalidad que el hombre se afirma y enaltece su humanidad, como si fuera un ser excepcional y por ende superior a los demás. Podemos ver en este punto que dicha interpretación sobre la animalidad es lo que ha construido, a lo largo del tiempo, nuestra visión antropocéntrica del mundo. La huida de la animalidad que emprendió el hombre en tiempos antiguos no ha hecho sino limitar nuestra concepción ética, dejando fuera todo aquello que no forma parte de y privilegia a la vida humana. En la actualidad podemos percatarnos de las consecuencias terribles que han traído este olvido y rechazo, como la extinción masiva de cientos de especies y la destrucción de una gran variedad de ecosistemas.

Esto nos ha llevado también a que nuestras relaciones con “lo animal” se resuman en dos extremos diferentes. Por un lado, cuidamos, protegemos y amamos a ciertos animales, llegando incluso a considerarlos parte de nuestra propia familia; por el otro, utilizamos, masacramos y explotamos a la gran mayoría de las especies del planeta, reduciéndolas a la categoría de “meros” recursos de consumo, explotación y diversión. Es importante hacer notar que, en ambos casos, lo que se esconde en el fondo de nuestro trato con los animales es una determinada visión antropocéntrica desprendida de la complejidad de su carácter ontológico, lo que conlleva indudablemente a la complejidad de su consideración ética y a la instauración de normas adecuadas que guíen nuestras acciones hacia ellos.

De ahí la urgencia de pensar “lo animal” desde otras perspectivas y puntos de vista. Necesitamos construir nuevos caminos, tanto desde la Filosofía como a través de las distintas disciplinas humanas, para intentar repensar el carácter ontológico de los animales no humanos. Eso puede acercarnos a comprender de una manera más amplia y profunda la forma de ser de lo animal y, con ello, extender nuestras normas éticas y políticas en relación con las demás especies. Debemos cambiar esta perjudicial forma de ver la realidad, la naturaleza y la manera como interactuamos con los otros seres vivos y con el medio; de lo contrario, la mirada antropocéntrica terminará siendo nuestra condena. Debemos apostar urgentemente por la consciencia de que nuestra existencia depende de la participación en una red interconectada con el mundo natural.

Urge pensar nuevas éticas no dualistas para estos nuevos tiempos que se avecinan. Urge pensar más allá de los humanismos esencialistas y asomarse a otras formas de concebir la realidad. Desde las llamadas ecoéticas han surgido distintas respuestas, bastante interesantes, ante las crisis antropogénicas de nuestro tiempo; propuestas que buscan ampliar el estatus moral y el valor de la vida más allá del Homo Sapiens. La teoría Gaia propuesta por el científico James Lovelock 2 y la bióloga Lynn Margulis busca expandir el valor de la vida a la totalidad del planeta, considerando a la Tierra como un súper organismo dinámico compuesto tanto por animales y plantas como por los mares, el suelo y la atmósfera en mutua interconexión. La ecología profunda propuesta por el filósofo Noruego Arne Naess 3 se sustenta también en una percepción holista y relacional, la cual busca trascender el valor humano y acercarnos a estados de consciencia de unicidad e identificación plena con las diferentes formas de vida en el planeta. Estas ideas se acercan también a humanismos no esencialistas, como el del budismo o algunas concepciones amerindias que parten de una homogeneidad ontológica en su concepción del mundo, rompiendo con la centralidad de lo humano en la naturaleza. La concepción de la Tierra como una gran madre que se da desde el pensamiento amerindio nos permite replantear nuestra visión ética respecto a la naturaleza, cambiando nuestras relaciones de explotación y dominio por las de respeto y cuidado. 4

Estas aproximaciones no son sino algunas propuestas urgentes e invitaciones a expandir nuestra conciencia más allá de nuestras formas habituales de interpretar y concebir el mundo, atrevernos a mirar más allá de nuestro egoísmo antropocéntrico para experimentar nuevas formas de relacionarnos y coexistir en este hermoso planeta al que llamamos Tierra.

* Xicoténcatl Servin es licenciado en Filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México, institución donde ha participado en diversos proyectos de investigación en el Colegio de Filosofía. Entre sus principales intereses y actividades está la investigación en Filosofía; particularmente se ha dedicado a los problemas contemporáneos de Ética, Filosofía de la Cultura y Bioética. También desarrolla ensayo, narrativa y poesía, ámbito donde ha recibido diferentes distinciones y premios. Actualmente está realizando su tesis de Maestría en la misma institución.

 

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Bibliografía

Zooética: una mirada filosófica a los animales, Rivero Weber Paulina (coord.). FCE/UNAM-PUB, México, 2018.

James Lovelock, “Gaia as seen through the atmosphere”, Atmospheric Environment, num. 6, agosto 1972, pp. 579-580.

 

1 Vernadski, V. I. La biosfera. Fundación Argentaria, Madrid, 1997. Publicado por primera vez en 1926.

2 Idem.

3 Arne Naess, “The shallow and the deep, long-range ecology movement. A summary”, Inquiry, 1976, pp. 95-100.

4 Véase por ejemplo la concepción del hombre y la naturaleza en el Popol Vuh.