La trampa: la hedionda y deliciosa trampa

Ernesto Ramos · 30 de mayo de 2012

La trampa: la hedionda y deliciosa trampa

 

Déjenme decir que intentamos convivir en esta ciudad que nos abriga, y se escurren acalorados los días en el malecón que desemboca al río. Hay palomas regadas, regresan y me voy a otra banca. Del lado sur algunos nuevos edificios, palmares e invasiones -un crecimiento caótico que nos tiene descontentos- y más allá está la playa, donde crecen las protestas contra los gandayas chupa-sangre.

Ante la ciudad que parece derrumbarse, muchos somos los hartos, los desconfiados, o los escépticos de que pueda cambiar este sistema tramposo. Están los que van, vienen, regresan, suben. Estamos los estáticos, los realistas, los cooptados, los gandayas, los que ya no sueñan, o los que olisquean la sangre y se lanzan a degollarla. Un diverso nudo pastoso, en el que se puede caminar en calma.

Cortázar, en su breve texto Aplastamiento de las Gotas, narra en una tarde de lluvia, continua y agresiva, la caída de goterones cuajados desde el marco de la ventana al suelo. Detalla el deslizarse de las gotas en el cristal, su persistente resistir la caída, y cómo todas terminan estrellando al piso su viscosidad de mármol. El texto ni explica ni lamenta el romperse de las gotas. Solo repara en despedirlas tras su triste destino: “Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós”.

Destino infalible. Manos atadas. Actos o consecuencias controladas. Si al final del túnel está la muerte, y no hay nada que hacer…entonces ¿para qué darle importancia?

Pero antes de seguir, un servidor desearía pedir disculpas por entrometerme en sus asuntos de martes, los cuales entiendo bastos. Sé que llegó temprano al colegio, se escondió en el baño, o que la promesa de avanzar y superarse, que usted siempre ha esperado, sigue sin dejarse atrapar. Conozco de desilusiones y toqueteos, así que por distraer sus ojos perdóneme. Uno anda en la pendeja entre harta muchedumbre. Afuera calles llenas, caras diarias, extrañas siluetas, cláxones, carruajes de esta época, o el diario acudir a este camino cansado, en busca de monedas. Es por allí por donde me ando. A mi alrededor palomas, algunas plazas, tiendas, hamacas, pericos, y unas morenas de no narrar, porque se destemplarían los dientes de salivar copioso.

Es cierto, a veces le da por pensar a uno que es posible contar algo.

“No cansa una vuelta sola. Cansa el estar todo un día, hora tras hora, y día tras día un año y año tras año una vida dando vueltas a la noria”. Decía León Felipe, ante su circular paseo por la noria que lo trajo exiliado a México, donde murió.

Por ejemplo, calle abajo, en la plazuela donde escribo, veo siempre a un flaco rubio con cola de caballo, o unas chicas gordas camino al colegio, o incluso a aquel, ese/tú/yo, que de tanto esconderse en el baño lo ha vuelto su casa. A todos los veo cruzar la plaza, y girar a sus asuntos como el viento. Me gusta imaginar a cada uno pensando su universo, de un lado a otro yendo/regresando diariamente con su hueco en el estómago, todos, como si fuéramos relojes circulares.

Esas referencias al estómago y sus nudos deberían tener bustos en plazuelas más céntricas -pienso- y en una fonda me destartalo un caldo hirviente.

“¡Entonces desahógate y sal a protestar!” – me dijo el otro día un colega. “Que si te ensañas con el taponeo, lo resiste el culo, y te palpitará cual flor.”

“De tanto aguantarme y rascarme en la noche” – dijo, hablando de urticaria y de hemorroides sangrantes, “un día me tuvieron que operar de urgencia”.

“¡Eso es lo que pasa si te aguantas! Por no liberar tensión.”

“¡No me cuentes eso!” – lo acoto con gesto de asco.

Pero él algo menciona “natural”, luego excusado, noche, levantarte, las patas acalambradas y no encuentras las pantuflas, y sigue hablando, y se huéletea las uñas así, con un tic adquirido.

Más atónito me ha dejado el parecido de su malestar a la realidad, que la enfermedad misma. Costras infectadas. Pus lacerante. Y un ecosistema de larvas chupando del sistema hasta decir basta. En la ciudad, colgadas de las mallas, están las protestas contra un gobernador que desfalcó a todos. O un político creyéndose virrey de la verdad, con su verborrea mentirosa en pos del puesto siguiente. Son comezones nocturnas que empiezan a exigir cuchillo bajo la lámpara del quirófano: acomodar pliegues, rehacer conductos; que la cagada fluya a la luz del día, para señalarla con el dedo, e intentar erradicarla. Que no se taponeé el descontento. Ni la descomposición se torne en nudo que contamine y mate el organismo.

Sin embargo, la trampa tiene poderosas hebras sedientas que cooptan cualquier esfera: la inercia de la gota gravitatoria, incluso la lucha por el champú de todos los día, o las vueltas a la noria. Dinámicas anquilosadas, corruptas, que no ceden terreno. Con un escupitajo, cualquier hijo de cualquier sindicalista se apaña a despilfarrar por el mundo con los cerdos de sus perros. Se toma el buen vino que después mea; o se atraganta un buen bife, que después caga. Finalmente trampa, fluyendo por el conducto rectal, poderosa, adinerada, cómoda y permisiva, un lodo palpitante y hediondo. Y después vemos, incluso en los postes, sus miradas decididas: “confía en mí… somos el cambio.”

Y aunque ya nadie cree, siguen los engaños, esos que consentimos, olvidamos, e incluso hacemos, en nuestro día a día.

Mi ex mujer, por ejemplo, la que también se la vivía hostigando, dejaba destapada la tapa de su champú con la etiqueta viendo al norte, o el típico rasguño junto a marca de mosaico, según esto por sus mechas lindas. Usaba infinidad de técnicas para prevenir que lo usara, las cuales yo siempre evadía en mi esquivo limpiar mis partes. Ella decía que le costaba carísimo, y algo así me gritoneaba. Que no lo conseguía tan fácil, algo sobre una tienda especial.

La verdad nunca le presté mucha atención. A su reproche seguía mi mentira, y después la veía rumiar por allá todo el día su molestia, antes de agarrar fuerza para seguir hostigando. Se acercaba a olisquear mi cebo, buscando alguna evidencia. Yo solamente allí sentía husmear en mi azotea los dos recovecos de su narizona jeta, y para mis adentros sonreía. Era una vez más la trampa y sus poderosas hebras.