Redacción Animal Político · 9 de marzo de 2023
Falda o pantalón, respétame señor. Falda o pantalón, respétame señor. Falda o pantalón, respétame señor. La pequeña de unos 9 años repite la frase mientras camina de vuelta con su madre sobre Reforma, rumbo al punto de partida de la marcha que ayer, 8 de marzo de 2023, se convirtió en la más concurrida de los últimos cinco años en la Ciudad de México. La protesta más multitudinaria contra las acciones emprendidas por la actual administración, que se aproxima a su término. La manifestación con el mensaje más contundente de centenas de miles de mujeres, sobre todo jóvenes, que brincaron, bailaron, cantaron y se desgañitaron para hacerse oír y no sólo ver: seríamos más, si no nos mataran.
La pequeña de 9 no soltaba el estribillo que, de tan repetido, calaba: muy pronto en la vida hay que curtirse en la exigencia del respeto. Esa exigencia que se multiplicó por miles de carteles sostenidos a lo alto, desde la Glorieta de la Diana hasta el Zócalo. Calladita, no me veo. Harta de avisar que llegué viva. Si no luchamos juntas, nos matan por separado. Si mañana soy yo, abracen mucho a mi mamá.

Centenas de miles de mujeres a las que les dijeron que no anduvieran solas, así que cayeron todas. Mujeres desobedientes y descreídas del discurso oficial que ayer, horas antes de la marcha, pretendió dar por concluida la lucha feminista porque eso ya se logró y ahora se ocupa consumar la transformación, a pesar de la terca realidad que se empeña en contradecirlo. Esa que dice que aún matan 10 mujeres al día por la apuesta militarista de los últimos tres sexenios, incluido el que corre. Esa que insiste en demostrar que dinero hay, pero no se usa para combatir la violencia contra las mujeres ni para sostener refugios, estancias infantiles y el sistema nacional de cuidados, o para garantizar la salud sexual y reproductiva, el aborto legal, seguro y gratuito en todo el país, la vivienda de calidad, el transporte público accesible y hasta los senderos realmente seguros. Todo lo que hoy hace falta a esas centenas de miles de mujeres a las que les quitaron tanto, que les quitaron el miedo.
Y aún así hubo quienes -en esas horas previas- agradecieron la austeridad que mata, y aplaudieron y echaron porras al proyecto ni feminista ni machista, humanista de un presidente que apenas por segunda ocasión en cinco años decidió conmemorar el día, pero sólo con mujeres de su partido y en un palacio rodeado de vallas de acero. No fuera a ser que “los vándalos infiltrados de la derecha” lo tomaran y quemaran.

Pero las “vándalas” no se amilanaron y para cuando secretarias de Estado, gobernadoras y legisladoras emanadas de Morena aplaudían al presidente la paridad que no impidió el recorte presupuestal a los principales programas para la igualdad de género, ellas ya habían pintado las vallas con los nombres de las que nos faltan y han sido violentadas: las defensoras, las víctimas de feminicidio y de ataques con ácido, las desaparecidas, las violadas, las acosadas. También acusaron recibo y advirtieron a la jefa de Gobierno de la Ciudad de México la ridiculez de achacar racismo y clasismo a las madres de las mujeres víctimas de la violencia machista, que resignificaron La Glorieta de las Mujeres que Luchan como un espacio de memoria y resistencia, ante la omisión del Estado.
Disculpen las molestias, pero nos están matando. Se lo debemos a las que no volvieron. Las centenas de miles de mujeres familiares de víctimas de feminicidio y desaparición, colectivas feministas, mujeres indígenas, mujeres trans de la diversidad sexual y de género, mujeres con infancias, con discapacidad, universitarias, de la sociedad civil, y de organizaciones sindicales, urbano popular y políticas que ayer se volcaron a las calles de la Ciudad de México, tomaron nota de la contradicción entre su justo reclamo y el festejo oficialista. Ese que sin rubor deja pasar afrentas nunca permitidas ni justificadas en gobiernos anteriores, porque quien gobierna hoy lo pide. La disciplina y la obediencia, antes que los principios y la congruencia. El presunto rédito político futuro sobre las históricas trayectorias. La cancelación de la opción de izquierda, ante la aplicación en los hechos de los principios de la derecha. La traición a la propia causa antes que la desobediencia.
Pero hay esperanza en la pequeña de 9 y en las centenas de miles de mujeres que empezaron a arribar al Zócalo a las 3:30 de la tarde, mientras el último contingente partía del monumento a Cuauhtémoc dos horas después. Hay esperanza y un nudo en la garganta por su dolor encaminado y su demanda de justicia, que los gases de “extintores” de los gobiernos capitalinos de Ebrard, Mancera y Sheinbaum no pudieron ni han podido reprimir. Y hay, sobre todo, esperanza en el convencimiento de lo que pueden lograr, a pesar de la oscuridad en la que la autoridad pretende dejarlas. Porque ellas saben que lo que no han tenido para sí, será para todas ustedes.