Daniel Gershenson · 28 de junio de 2011
Mucho se ha hablado y escrito sobre el diálogo que sostuvieron integrantes del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad con Felipe Calderón en el Castillo de Chapultepec la semana pasada. Las palabras iniciales de Javier Sicilia: su exigencia de que el Ejecutivo pidiera perdón por las muertes derivadas del conflicto. La elocuencia de las víctimas que compartieron sus historias de pérdida y la intesa –e infructuosa– lucha por obtener justicia ante autoridades incompetentes, desinteresadas y/o coludidas.




La muy notoria presencia junto a Margarita Zavala del secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, despejó cualquier duda sobre su permanencia. La única duda sería entonces es si él se convertiría en una especie de J. Edgar Hoover mexicano: sobreviviendo a distintas administraciones contra viento y marea, como fue el caso del policía norteamericano, cuestionado por la opinión pública a lo largo de su carrera profesional, que duró casi cuarenta años al frente del FBI.



Más allá de esgrimas verbales e interpretaciones distintas, el jueves 23 de junio se sentó un importante precedente. Porque cinco víctimas compartieron sus historias, sin filtros ni intermediarios. Porque la autoridad las tuvo que escuchar, en vivo y con señales de transmisión alternas del evento. Porque la voz de las y los ciudadanos empezó a responder al monólogo obstinado de la autoridad, que en casos como el de la Guardería ABC (mencionado como ejemplo de impunidad por lo menos dos veces por Javier Sicilia en sus alocuciones), no respondió para nada.

En tres meses se reunirán las partes, para un nuevo coloquio, en donde se analizarán resultados y propuestas concretas. Para entonces, participarán expertos en diversas materias que ofrecerán vías para modificar la actual estrategia del gobierno. Ya se verá si el ofrecimiento de Calderón de escuchar otras voces que señalen posibles cambios de estrategia y enfoque -aunque también reiteró que su actual campaña se mantendría inamovible, hasta el término de su administración- fue sincero o por el contrario, únicamente para las cámaras.
Esto es apenas el principio de un proyecto que se ha apuntado logros importantes, y que busca establecer mecanismos ciudadanos de participación perdurable. Equilibrios institucionales incorporados a la Reforma Política previamente aprobada por el Senado que -a pesar de sus defectos- constituye un punto de partida, y que deberían ser votada por la Cámara de Diputados. También, la memorialización de las y los caídos, y el papel central que debe jugar la perspectiva de las víctimas y sus familiares en la toma de decisiones en los tres niveles de gobierno.
La actual tragedia mexicana puede tener otros desenlaces. Para eso se trabajan nuevas y mejores soluciones, y se invita a la sociedad a acompañar al Movimiento, pronto, en una nueva Caravana Nacional: esta vez hacia con destino al Sur del país y hasta Guatemala.
El domingo pasado, un ensayo y primera llamada. Se pudo constatar la lacerante situación a la que se enfrentan los pobladores de Cherán: tras barricadas, en tierras michoacanas. Abandonados a su propio destino, y buscando activamente recuperarlo del control del crimen organizado y la omisión del Estado (muchas veces, la misma cosa) con recursos propios e inquebrantable voluntad.
Éstos son algunos rostros de esa comunidad durante el evento que cerró la Caravana a Cherán, visitada por los miembros del Movimiento a invitación expresa de Salvador Campanur: indígena purépecha que participó -con su testimonio directo- en el encuentro de Chapultepec el jueves pasado.




Las puertas y las ventanas –antes inexpugnables– siguen abriéndose. Se impone la terca realidad a las herméticas geometrías burocráticas y a la barbarie. Es tiempo de recuperar, en paz y con tolerancia, nuestro futuro.