blogeditor · 4 de noviembre de 2022
Dicen que el miedo es un espejo.
No hay nada más antiguo, más natural que el miedo. Cualquier animal tiene miedo; por él dejamos de ser animales y buscamos las formas de evitarlo: el miedo a morir de hambre lo paliamos acumulando comida, domesticamos el fuego para calmar el miedo a la oscuridad y hasta nos inventamos dioses y cábalas contra el miedo a la muerte.
Con la excusa de Halloween hicimos la pregunta en nuestras redes a personas con discapacidad o que viven con alguien con discapacidad de ¿a qué le tenían miedo?
Hubo más de 28 respuestas y respuestas que se repiten:
Son miedos muy reales.
Son de los miedos que sin mostrar ni sangre, ni con música de suspenso de fondo, nos dejan un hueco en el estómago. Porque son eventos, son situaciones que ya hemos visto en otras personas, en otros hogares, en otras historias.
Yo misma me hice la pregunta que lanzamos el 31 de octubre y mi mayor miedo es morirme o morirnos con mi esposo y que mi hijo Lucca -que tiene parálisis cerebral- quede desprotegido, con gente que no lo cuidará como nosotros o que no lo procurará al extremo que lo hacemos sus padres.
Me da pánico que lo vayan a agredir o discriminar sin él poder defenderse de ninguna manera.
Le temo a su soledad más sola que la de cualquier otro niño de su edad.
¿Qué se hace con el miedo?
Tal vez prepararnos. Mi esposo se puso desde hace un año a dieta, sumó ejercicios a su día y busca mil adelantos que tengan que ver con el aumento del tiempo de vida para poder estar muchos años sano y fuerte para cuidar de nuestro hijo.
Yo hice una lista de sus medicinas, su receta de comida vía parenteral, sus gustos, sus horarios, sus médicos, sus terapeutas y sus propios miedos.
Tener un botiquín de “cómo es y se maneja Lucca” me bajó un poco la ansiedad de saber que los imponderables existen y de que Dios se ríe de quien hace planes.
Este texto fue publicado originalmente en Yo También.