La sucia amargura de Bukowski

blogeditor · 14 de agosto de 2020

Don´t try

Epitafio inscrito en la lápida de Charles Bukowski

 

Centenario de su nacimiento y la discusión sigue viva: el mundo se parte en dos entre aquellos a quienes fascina el estilo crudo -y sucísimo- de Charles Bukowski y aquellos que simplemente lo abominan. Bukowski es quizá el mejor ejemplo de lo que los personajes bien construidos pueden hacerle a quien los construye: absorberlos, sobretodo si el personaje es uno mismo. La regla de insalubridad que permeó todo en la vida de uno de los más representativos escritores estadounidenses -aunque en realidad él fuera alemán- se convirtió en la característica más popular de su marca registrada, por decirlo de alguna manera, y permitió que otros supusieran que aquello del talento le surgía naturalmente de la cabeza si tenía al lado una consistente ración de cigarrillos y alcohol.

Es casi como la anécdota del mariguano que, siendo espléndido compositor de canciones (y cuyo nombre es preferible no revelar, para evitar desviar el sentido de esta columna) es acosado por un reportero de poca monta, que le reclama “fumando eso, cómo no va componer como compone” solo para recibir por parte del autor un generoso churro acompañado de la frase “a ver, fúmeselo y después componga como yo”. No eran pues sus gustosas adicciones las que impelían a Bukowski a crear: eran sus preguntas acerca del absurdo de la existencia las que lo proveían de sus materias primas, el desencanto y el descontrol que pueblan prácticamente toda su obra.

Henry Chinaski, el repulsivo alter ego que el propio Bukowski diseñó para retratarse, aparece en algún punto de “Factotum” (digan lo que digan los exquisitos, la novela emblema del autor) esperando a que su pareja despierte mientras, acosado por la comida y bebida de la noche anterior, se decide a ir al baño solo para constatar que se encuentra muy enfermo del estómago. Chinasky se solaza en describirnos su diarrea y al terminar de hacerlo, nos comparte que un súbito ataque de asco lo hace vomitar exactamente sobre eso que acaba de describirnos. Chinaski vuelve a la habitación, enciende un cigarrillo y, tras unos minutos de fumar sin mayor expectativa, nos informa que no debió haberse limpiado muy bien, pues al levantarse de la cama se da cuenta que una húmeda mancha de color marrón ha aparecido sobre la colcha. La mitad de quienes han leído “Factotum” odian al personaje y lo que le ocurre. La otra mitad lo ama. Revistiendo de decadencia los impulsos cotidianos de sus personajes, el escritor consiguió una y otra vez camuflar sus profundas reflexiones sobre la sinrazón y el vacío, sin embargo, son las anécdotas alrededor del amargoso y sucísimo autor de las mismas las que han conseguido pasar a la historia, como parte de la extensa colección de reliquias pop que desde hace décadas nutren la contracultura.

Al final los excesos sí que hicieron daño a Bukowski: lo convirtieron en leyenda.