La sombra de Godzilla

Daniel Gershenson · 7 de marzo de 2011

La sombra de Godzilla

He conocido a muchas personas excéntricas, pero a ninguna como el proveedor de prendas maquiladas cuando aún me dedicaba al negocio de las playeras estampadas-, que alguna vez me mostró su bien más preciado. Algo así como un objeto talismánico, de incalculable valor estimativo: casi un fetiche. La carta quebradiza y amarillenta, estaba fechada -si mal no recuerdo- en los años setenta. Sin sello o membrete, venía dirigida a él, y daba cuenta de alguna transacción en donde la cifra convenida estaba tachada, y una caligrafía imperiosa y ajena había garabateado una cifra mucho menor.

Antes de dedicarse a estos menesteres, mi interlocutor había incursionado en el mundo de las finanzas.

Lo que llamaba la atención, era la firma al calce. Se trataba de la compraventa de una propiedad -no recuerdo si era una casa, o edificio de oficinas-, cuyo adquirente se llamaba Carlos Slim.

Creo que la persona que compartía conmigo este documento -que para él revestía una importancia casi sagrada; oráculo arcano-, consideraba que su reliquia poseía un valor casi taumatúrgico. De tanto exhibir y compartir con los demás, el papel casi se le deshacía entre las manos.

Junto con esta anécdota, me asalta otro recuerdo en la memoria, del 3 de julio del año 2000.

La imagen en vivo y a todo color desde la sede de PRI, que era desoladora. Ahí estaban todos los dinosaurios de la política, compartiendo la derrota (que aún se antojaba inconcebible), tal y como la había sufrido Francisco Labastida de manos de Vicente Fox y el PAN.

Parecía -era- un funeral. Las exequias del viejo régimen. Entre los más distinguidos dolientes dolientes se encontraba el dueño de Telmex, Telcel y decenas de compañías más: uno de los principales beneficiarios de la época priísta, que entre vítores en el Ángel de la Independencia y múltiples rincones de México parecía llegar a su fin. Las patentes de Carso parecían ser concesiones del pasado.

Esa falsa percepción muy pronto chocó con la realidad. El secretario de Comunicaciones del nuevo régimen resultó ser nada menos que Pedro Cerisola, antiguo empleado de Telmex y fiel cancerbero de Slim durante la administración de Fox.

Al “Ingeniero” -como se le conoce a Slim- lo ha tratado bien el panismo, porque el fomento de una verdadera competencia y el combate a los monopolios como el suyo nunca estuvo entre sus planes.

El Goliath de las telecomunicaciones llega a esta fase de su historia más fuerte y respetable que nunca. Se consolida su impronta, gracias a una mezcla de nacionalismo ramplón y masoquismo generalizado.

No parece caer una hoja de árbol, sin que lo sepa o decrete el Gran Timonel de las finanzas y el comercio.

Para contrarrestar su influencia e intentar frenarlo, a alguien en el gobierno federal se le ocurrió encumbrar aún más a otro consorcio emblemático, que tampoco se caracteriza por su apertura a la competencia con reglas claras y un terreno de juego más parejo. La incursión de Televisa como competidor de Slim -y aparente contrapeso-, no fue muy exitosa que digamos. No se vislumbra algún King Kong que eclipse al mutante que nos acecha, y que podría llegar a un buen arreglo como sucedió con nuestras dos televisoras dominantes.

Veremos cuál es el desenlace de esta saga, apenas digna de una película japonesa de monstruos de los cincuenta.

Se han escrito buenos artículos sobre el Midas mexicano, tanto dentro como fuera del país (aunque aquí, y por obvias razones, el tema en algunos medios es anatema). Algunos autores, y ejemplos: Ranaud Lambert, Brian Winter, Chris Hawley o David Luhnow, quienes dan cuenta del descomunal peso específico de Slim en la economía nacional y de la asfixiante influencia que sus cientos de empresas en áreas estratégicas mantiene sobre nuestras vidas. Precios altos garantizados, pésimo servicio y la absoluta garantía de que el gobierno no va a meter las manos, por lo que el hombre más rico del planeta seguirá siéndolo, abriendo una brecha más grande sobre sus competidores, brecha tan inmensa como la poca penetración de Internet en el país, de la que él y gobiernos compinches son principales responsables.

Entre las observaciones más relevantes, está la que establece posibles equivalencias entre Bill Gates y Slim en el peso, tamaño e importancia de sus empresas en la economía de sus respectivos países. El dueño indiscutible de Microsoft tendría que haber adquirido infinidad de empresas de primer orden -tabacaleras, almacenes, restaurantes, minas, plataformas petroleras, y un interminable etcétera- para apenas compararse con el mexicano, algo que se antoja imposible en los Estados Unidos donde, a pesar de todo, las reglas del juego son parejas y la visión de un Estado regulador es bastante más prevalente.

Como si Standard Oil, la empresa dominante decimonónica por excelencia -fundada por John D. Rockefeller en los Estados Unidos- hubiera permanecido intocada todos estos años. Sin la intervención decidida de la administración de Teddy Roosevelt, y un Poder Judicial que la fragmentó, como lo hizo en su oportunidad la Suprema Corte con American Telephone and Telegraph en los ochenta del siglo pasado. Porque ‘Antitrust‘ es un vocablo desconocido en el país.

Después de las inauguraciones museográficas y los repliegues de pautas publicitarias en las cadenas nacionales de televisión, la pregunta podría ser si entre los planes del Ingeniero, está engullirse todo el pastel de los servicios en México (o cuando menos, las partes más redituables y peor reguladas). Para muestra, otro botón. El de Marcelo Ebrard, heredero aventajado del priísmo antediluviano, que quiere privatizar el agua en su feudo capitalino. Slim como siempre está listo, pues es orgulloso dueño de Agua, S.A. Hagan sus cuentas.

Este crónica acarrea elementos de cuento de hadas, con un caudillo empresarial con visión, arrojo y muchas influencias que será feliz por los siglos de los siglos, pero a expensas de millones de clientes cautivos y sin derechos.

¿Cederá alguno de sus hijos, yernos o familiares a la tentación berlusconiana?
El actual Primer Ministro italiano inició su carrera política presumiendo credenciales empresariales. De inicio, sus campañas giraban alrededor de la posibilidad de contar con los servicios de un exitoso hombre de negocios -aparentemente ajeno a los sucios manejos y manipulaciones de la política- que haría desinteresadamente por su país lo que logró por sus empresas. ‘Al fin y al cabo, ya es el hombre más rico de Italia. No le interesa robar’.

Ignoro qué tan aplicable pudiese ser este mensaje en México, donde el desencanto con la clase gobernante tradicional sigue en aumento.Habrá que seguirle la pista a Slim y sus epígonos, que crecieron bajo su sombra. ¿’Perfeccionarán’ la ruta trazada por el patriarca, involucrándose directamente y excluyendo a los fastidiosos intermediarios? ¿La llevarán, acaso, hasta sus últimas consecuencias? En cualquier caso, dejemos de ser simples espectadores. De nuestra emancipación como usuarios depende la participación activa, con exigencias y estándares internacionales, Sólo así podremos llamar a cuentas a cacicazgos avasalladores como el de Carlos Slim, Azcárraga, y otros oligarcas. Entonces adquirirán –finalmente- un rostro humano.