blogeditor · 6 de mayo de 2015
Los lectores más jóvenes no lo recordarán, pero allá por 1976, cuando no había más que una sola opción en el menú político, el candidato único a la Presidencia, José López Portillo, recorría el país dando elocuentes discursos en los que prometía una nueva era para México. Su lema de campaña era “la solución somos todos”, como una especie de recordatorio de que los graves problemas del país requerían la participación ciudadana. Pero, oh sorpresa, de la campaña al gobierno las cosas cambiaron radicalmente. Y en medio de una grave crisis económica y de la ostentosa corrupción que plagó a la administración de López Portillo, la sociedad terminó mofándose de ese lema, cambiándolo por “la corrupción somos todos”.
Han pasado casi cuarenta años desde aquellos días y la corrupción sigue siendo un cáncer que carcome a nuestras instituciones y preocupa enormemente a la sociedad. Por primera vez en muchos años, la corrupción ha subido a los primeros lugares en la preocupación ciudadana.
Hoy, ya tenemos muchos partidos políticos compitiendo por nuestro voto. Pero todos los candidatos parecen basar sus campañas en demostrar que, efectivamente, la corrupción somos todos. No sorprende el desencanto, el disgusto y la indiferencia con la que muchos ciudadanos responden a esos mensajes.
En este entorno complejo, el Poder Legislativo aprobó en días pasados el Sistema Nacional Anticorrupción, una iniciativa que fue largamente discutida. Se han explicado ya en los medios, y desde luego en Animal Político, las características de este sistema. Destacan, entre muchas otras:
Esta reforma es, sin duda, una buena noticia. Pero los mexicanos sabemos, por otro lado, que los cambios en las leyes y la creación de nuevas instituciones no garantizan por sí mismos resultados. En particular, en el caso del Sistema Nacional Anticorrupción es de esperarse que existan intereses poderosos que luchen poor preservar el estatus quo y busquen resquicios legales para seguir operando en la impunidad.
[contextly_sidebar id=”xnbKpu9EdmOGEsaqIEpagKJPSRvxK8jJ”]Es por ello que considero indispensable que la sociedad civil siga organizándose para generar indicadores de evaluación y monitoreo, proponer políticas públicas y exigir con argumentos y propuestas el cumplimiento de los objetivos del Sistema Anticorrupción. No podemos ni debemos bajar la guardia. En las sociedades con niveles de corrupción menores a los que hay en México, la presencia de organizaciones civiles fuertes es lo que mantiene en cintura a los gobernantes.
Y, hay que decirlo, es indispensable que la sociedad misma ejercite el músculo de la indignación y se atreva a decirle “no” a aquellos que hoy pueden, impunemente, presumir riquezas mal habidas sin recibir el castigo moral de la comunidad. Si queremos cambiar a México, si queremos que un día nuestro país ya no sea lastimado por el mal endémico de la corrupción, es necesario convencernos de que más allá de las palabras huecas, la solución sí está en nosotros. De cada ciudadano depende que la realidad del país pase de “la corrupción somos todos” a “la solución sí, somos todos”.