La sirvienta y el luchador

Rubén Aguilar · 3 de junio de 2011

La sirvienta y el luchador

Horacio Castellanos Moya

Editorial Tusquets

México, 2011

pp. 267

 

Estamos en El Salvador de 1980 poco antes de que inicie la “ofensiva general” en enero de 1981. Es el primer día de trabajo de María Elena con Albertico, el nieto de sus antiguos patrones. Él ha regresado del extranjero casado con Brita. Al llegar a la casa la encuentra vacía. Presiente que los cuerpos de seguridad han secuestrado a la pareja. Sus sospechas se confirman cuando habla con la muchacha de la tienda de la calle. Decide, entonces, buscar a El Vikingo, un luchador, que fue chofer y guardaespaldas de su patrón.

El Vikingo pretendió a María Elena cuando trabajaban en la casa del abuelo de Albertico, pero ella nunca le hizo caso. Él trabaja ahora en la policía y su tarea es “levantar” a jóvenes sospechosos de ser guerrilleros. Ella se presenta al Palacio Negro, pero él no está. En el restaurante de la Gorda Rita, donde comen los policías, le dan la dirección donde vive el exluchador. Lo encuentra enfermo tirado en la cama y hablan de los años pasados.

En la búsqueda de El Vikingo, María Elena queda atrapada en medio de un enfrentamiento entre policías y guerrilleros. Entre ellos piensa reconocer a su nieto Joselito, hijo de Belka, su única hija que trabaja de enfermera en un hospital privado. Ella es la que mantiene a la familia. El doctor Barrientos, su amante por años, trabaja en el Hospital Militar y la ha recomendado para trabajar con él.

La primera tarea de Belka es acompañar al doctor a una casa clandestina del Ejército, para intentar revivir a un guerrillero moribundo, que es Albertico. El comando en el que participa Joselito tiene la misión de atacar al vehículo que salga de esa casa. En él viene su madre. Los guerrilleros atacan, pero el vehículo escapa. Belka, con todo, muere de los disparos que hace su hijo.

A partir de un hecho particular, el autor cuenta sobre la situación que vivía El Salvador a finales de los setenta y principios de los ochenta. Los personajes toman decisiones en el espacio limitado que les impone la realidad, pero la dinámica social y las circunstancias se imponen sobre las historias privadas. Las decisiones de unos afectan a los otros. Los personajes pierden el control de sus vidas y es el destino quien las conduce. Nadie se puede escapar a la tragedia que vive el país, todos son personajes de la misma.

El lenguaje de la novela es directo y muy ágil. El ritmo es vertiginoso. Uno a uno, pero como parte de un todo, se suceden los hechos. Todos están interconectados y constituyen la tragedia colectiva que también es personal. El autor resuelve muy bien el tramado complejo donde todos los personajes están, sin que necesariamente lo sepan, interrelacionados. Lo que hace uno repercute en el otro.