La seguridad en tiempos de Trump

blogeditor · 18 de noviembre de 2016

La seguridad en tiempos de Trump

Por: Pablo Vázquez Camacho (@PabloVazC)

El impacto en materia de seguridad que tendrá para México la llegada de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos es aún incierto. Esto apenas empieza y no sabemos qué ritmo nos tocará bailar. Sin embargo, la campaña electoral arrojó suficiente información como para imaginar algunos escenarios y empezar a tomar precauciones.

¿Qué podemos esperar?

Deportaciones siempre ha habido y de hecho pocas veces habían sido tan altas como las registradas durante la administración Obama. Bajo el argumento de concentrarse en personas con antecedentes penales, los gobiernos norteamericanos de uno y otro color han expulsado a mucha gente de su país. Es ahí precisamente donde está el mayor riesgo. La retórica utilizada durante el proceso electoral apunta a que en los próximos años Estados Unidos vivirá un periodo de criminalización de la inmigración que poco a poco irá ampliando la base de “deportables” (misma que hoy no es mayor a 1 millón de personas). Esto, por supuesto, incrementará la presión económica y social sobre las ciudades que suelen servir de destino final a estos grupos como son las ciudades fronterizas.

Sin embargo, las presiones más grandes para estas ciudades no provendrán de las deportaciones, sino del endurecimiento de la frontera. Más allá de la necesidad que tenga Trump de cacarearle a su base la construcción de unos cuantos kilómetros adicionales de barda, es altamente probable que la dichosa pared se acompañe de más personal, más vigilancia, más tecnología y más discrecionalidad por parte de los agentes fronterizos.[1] De ser así, muchos migrantes comenzarán a “rebotar” de forma desorganizada hacia nuestro territorio llevando al límite la capacidad de las ciudades para absorberlos y aumentando, con ello, la probabilidad de que se vinculen a actividades informales e incluso delictivas.

Y si las personas no pasan, tampoco lo harán los productos que circulan de manera ilegal entre nuestros países. En la medida que las organizaciones criminales requieran pagar más pitufos, más sobornos, más túneles, más barcos y más catapultas para cruzar sus productos, los mercados ilegales tenderán a una mayor consolidación e integración. Como sabemos, los reacomodos en el bajo mundo mexicano, sobre todo en ciudades estratégicas para sus operaciones, muchas veces van acompañados de repuntes en la violencia y de delitos como el robo y la extorsión.

Desafortunadamente, la criminalización de la inmigración y el endurecimiento de la frontera son sólo parte de un fenómeno más grande. Con Trump, Estados Unidos regresará a un paradigma punitivo y de la “cero tolerancia” en materia de seguridad interna que seguramente entrará en conflicto con las prioridades de nuestro país en la materia. El control de la oferta de mercancías ilícitas, el control de la migración sur – norte y el control de amenazas como el terrorismo se antepondrán a la reducción del daño (control de la violencia), el fortalecimiento de capacidades locales, el abatimiento de la corrupción y el desarrollo y bienestar de las poblaciones en riesgo.

¿Qué podemos hacer al respecto?

En primer lugar, tendremos que consolidar las políticas de atención y reinserción productiva de migrantes repatriados. Para ello, la Secretaría de Gobernación cuenta con un buen instrumento, el Programa Somos Mexicanos. Con esta política, el gobierno ha logrado ordenar los procesos de repatriación entre ambos países mitigando muchos de los riesgos asociados con el fenómeno. Sin embargo, para enfrentar lo que viene, este programa deberá brindar mayores oportunidades de reinserción, comenzando por la canalización de los retornados hacía zonas del país que tengan más capacidad económica para absorberlos. Asimismo, deberá ampliar su cobertura a personas provenientes de Centroamérica y atender de forma especializada a las personas que enfrenten mayores barreras de acceso a la vida productiva, como aquellos que tienen antecedentes penales.

En segundo lugar, para hacer frente a los efectos secundarios del muro y antes que los problemas de inseguridad se vuelvan inmanejables, podríamos implementar estrategias especiales de seguridad, desarrollo integral y fortalecimiento institucional en las principales ciudades de la frontera y en los puntos logísticos más importantes del norte del país (pienso en “Todos Somos Juárez” o el “Plan Michoacán”, pero con una visión preventiva en lugar de reactiva). Lo anterior, acompañado de un reforzamiento recíproco de nuestros controles frente a los ingresos terrestres, con especial énfasis en la detección de armas provenientes de los Estados Unidos.

En tercer lugar, ante el resurgimiento de posiciones punitivas en materia de seguridad, México deberá recalcar que si bien la cooperación entre ambos países es fundamental, nuestras prioridades en materia de seguridad no deben convertirse en una extensión de la agenda de seguridad interior de los Estados Unidos. Esta visión deberá llevarse al discurso, pero también permear las negociones de los paquetes de colaboración entre ambos países a fin de encontrar un equilibrio benéfico para ambas partes (incluyendo presupuestos, asistencia operativa, intercambio de información y mecanismos de coordinación). De lo contrario la relación más importante y más productiva para México en materia de seguridad podría convertirse en motivo de discordia y descoordinación entre las dependencias que integran el aparato de seguridad de nuestro país.

La plataforma en materia de seguridad de Donald Trump que hoy conocemos no tiene elementos esencialmente nuevos. Más que un cambio de políticas, lo que vemos es un cambio de tono, lenguaje y magnitud. No será la primera vez que la frontera norte se endurezca, ni que gobierno de los Estados Unidos lleve a cabo deportaciones masivas hacia nuestro territorio, ni que la cooperación en materia de seguridad con México se lea en términos punitivos. Sin embargo, ello no implica que debamos estar listos y, como diría un buen estratega: preparados para lo peor.

 

* Pablo Vázquez Camacho es consultor en seguridad. Maestro en Política Criminal por la Escuela de Economía y Ciencia Política de Londres (LSE) y Licenciado en Relaciones Internacionales por el ITAM. Trabajó en la Secretaría de Gobernación y la Secretaría de Relaciones Exteriores en la presente administración.

 

 

[1] En cualquier otro momento hubiéremos esperado que las políticas de endurecimiento de la frontera se vieran limitadas por los imperativos económicos del libre comercio. Sin embargo, en este caso la retórica del Muro es perfectamente compatible con la inspiración proteccionista de las iniciativas comerciales de Trump.