La savia policial está infectada

blogeditor · 30 de julio de 2015

La savia policial está infectada

Hace algunas semanas ofrecí una conferencia sobre reforma policial democrática ante centenas de policías de la Ciudad de México. Pedí que alzara la mano quien incluía entre sus rutinas de trabajo hablar con la gente en las comunidades; tres personas lo hicieron. Llevo más de dos décadas repitiendo el ejercicio, por igual con miembros de instituciones policiales municipales, estatales y federales y el resultado ha sido consistente. Según los propios policías, su jornada de trabajo en el espacio público incluye sólo de manera excepcional el diálogo con los ciudadanos.

Si contáramos en México con información precisa sobre la rutina policial, estaríamos en posibilidad de saber qué es lo que sí hacen los policías en la calle. No es el caso. Por increíble que parezca, aún hoy las instituciones policiales no producen información que permita caracterizar con precisión las prácticas de quienes las representan. Tampoco hay referencias públicas de investigación académica especializada que alcancen esa dimensión de análisis. Desde luego nada hay de fortuito en esto. La aproximación analítica a las prácticas policiales enfrenta obstáculos mayores, precisamente porque la opacidad en torno a ellas es uno de los más importantes recursos que la policía misma utiliza para protegerse, en particular de cara a cualquier forma de escrutinio proveniente desde el exterior. Vaya paradoja: la imposibilidad de contarnos una historia pública respecto a lo que la policía realmente hace, resulta ser una de las anclas que hace posible precisamente que repita las prácticas con las que vive.

Hace casi dos siglos en Inglaterra se publicaron los que para muchos son los principios básicos del quehacer policial moderno; uno de ellos expone que “La habilidad de la policía para realizar sus funciones depende de la aprobación pública de sus acciones”. Habrá a quien le parece lejano pensar en ideas tan viejas. En realidad este código es asimilado hoy día por parte de personajes que son referencia global en la materia, cual es el caso de William J. Bratton, Comisionado de la Policía de Nueva York. Nadie en el foro internacional cuestiona hoy día el sustrato de este paradigma: los resultados del trabajo policial dependen de su relación con la comunidad.

De igual manera, nadie en México ha propuesto jamás de manera formal construir una policía no confiable para la sociedad y, sin embargo, es exactamente lo que se ha logrado, según la evidencia empírica disponible producida desde hace décadas. Recientemente hice un sencillo experimento. A través de mi cuenta de Twitter solicité cualquier relato de alguna experiencia que hubiera producido confianza hacia la policía. Sucedió justo lo que esperaba: nada. Y así lo anticipé porque he repetido esta petición en diálogos informales durante muchos años y, para todo efecto práctico, es casi imposible recoger relatos en positivo, desde la sociedad, relacionados con su interacción con la policía. Y sucede lo mismo, por cierto, en sentido inverso. Cada vez que alguna persona me confirma su desconfianza hacia la policía le respondo, en abierta provocación, que “no se preocupe” ya que la policía también desconfía de ella.

Así lo he corroborado en múltiples estudios cualitativos al interior de instituciones policiales. La fractura es bidireccional. Si recordamos que la confianza es una experiencia intersubjetiva podríamos inferir que esto es obvio. Sin embargo, y aquí todo se vuelve más complicado, en esta relación el etiquetamiento negativo se impone sobre la policía y libera al ciudadano de toda carga. Se supone así que la desconfianza la produce el mal policía que lidia con el buen ciudadano. Nada de esto. En realidad la construcción política y social de la policía en México converge hacia la reproducción de una institución fracturada en su interior y hacia su exterior. Adentro está conformada por personas disminuidas en sus derechos y rodeadas por lo que la teoría denomina la muralla azul, cerca imaginaria que garantiza la opacidad con respecto a lo que la policía hace, más allá de lo que dice que hace. Esa opacidad que, a su vez, es el caldo de cultivo que muchas veces reduce a la institución a herramienta política de acceso a rentas producidas por mercados criminales diversos. Al exterior, el acuerdo social también reduce a la policía a un recurso disponible y a la vez desechable. Por eso el doble rasero social; se acude a la policía cuando se le necesita y se le desprecia cuando no.

El problema de la policía en México está en sus fundamentos mismos. La aprobación pública de las acciones policiales de la que hablaba Robert Peel en Inglaterra hace dos siglos y que hoy refiere William Bratton en Nueva York ni siquiera está en el radar político y social entre nosotros. No está en las expectativas. En las plantas la savia es el líquido que las nutre a través de sus tejidos. En la policía moderna la savia es la confianza social que la nutre a través de su desempeño. Hoy en México la savia policial está infectada. De no sanarla, jamás habrá entre nosotros una policía propia de un Estado democrático de derecho.

 

@ErnestoLPV