La ruleta rusa: ¡háganle caso a Sarukhán!

Redacción Animal Político · 22 de marzo de 2023

La ruleta rusa: ¡háganle caso a Sarukhán!

La COP27 ha pasado y, para sorpresa de nadie y frustración de muchos, los logros y acuerdos no bastan para las metas que, según la evidencia científica, necesitamos alcanzar si queremos disminuir el tamaño del golpe del cambio climático —disminuir, porque ya es demasiado tarde para evitarlo—. Las pequeñas victorias, aunque dignas de celebrarse, no se dan con la rapidez que exige la urgencia del problema; sobre todo porque, incluso si nos detenemos ahora de tajo y las cosas no empeoran, el daño causado tardará mucho en revertirse, y el cambio que ya está “encaminado” seguirá adelante por años. Ello en el contexto de una humanidad que se rehúsa a superar sus “choques de intereses”, como demuestra la invasión a Ucrania.

Poco antes del inicio de la cumbre y, coincidentemente, justo en el Día Mundial de la Bioética, el renombrado académico José Sarukhán, experto en temas de Ecología, dio una conferencia titulada “Ética y cambio climático”. Dos horas de exposición sólo le alcanzaron para rozar algunos de los puntos principales, y aun así logró dar un asomo a las dimensiones y la complejidad del problema, y a las dificultades para su solución. Por desgracia, la asistencia presencial a la conferencia fue mínima; por eso quisiera referir la importancia de lo dicho por el exrector de la UNAM e invitar a los lectores de esta columna a escuchar la grabación, que afortunadamente está disponible en línea. Por otro lado, entiendo que muchas veces es difícil proyectarnos un par de horas disponibles en el futuro cercano, sobre todo si la perspectiva es ahondar en noticias desconsoladoras durante el escaso tiempo libre; así que considero conveniente plantear, si no un resumen, sí un adelanto.

La frase con la que bautizó a su presentación no tiene nada de sorprendente: sabemos que el origen de la actual crisis ecológica antropogénica es un reflejo del comportamiento y cosmovisión de la humanidad, y cuya solución también depende de cómo cambiemos dichos aspectos. De hecho, es justamente por eso que nació la Bioética. En este caso, Sarukhán no se explayó en la Bioética en sí misma, pero mencionó varios de los temas que a ésta le competen: además del cambio climático en sí mismo, habló de la irreflexividad y falta de previsión sobre las consecuencias éticas de nuestras acciones —avance tecnológico, consumo, etcétera—, la injusticia social distributiva, el negacionismo, la desinformación, o el antropocentrismo. Llama especialmente la atención lo tajante que fue al denunciar que dicho tipo de pensamiento representa un obstáculo fundamental, y planteó al respecto una pregunta preocupante: ¿cómo cambiar las ideas antropocéntricas que se nos meten en la cabeza desde el inicio de nuestras vidas?

Por otro lado, también criticó el distanciamiento de muchos filósofos que no se incorporan y se quedan en la “torre de marfil”. Esto podría sonar injusto tomando en cuenta que la Bioética conjuga precisamente los ángulos científico y filosófico, y que la Filosofía es una pieza fundamental en ella. Sin embargo, hay que admitir que en muchos núcleos de la Academia en general sigue habiendo resistencias a involucrarse en la multidisciplinariedad.

El doctor Sarukhán enfatizó desde el principio que la crisis ambiental padece de una interconexión y alimentación mutua de varios problemas distintos, pero que él resume en dos aspectos clave: el aumento de la temperatura terrestre, debido a la emisión de gases de efecto invernadero, y la pérdida de la biodiversidad y los ecosistemas. Éstos ejes multifacéticos dependen a su vez de, o se ven intensificados por, otros factores, todos de incidencia humana, como el (hiper) crecimiento poblacional, la demanda y el consumo de “recursos naturales”, o el uso de tecnologías.

En el caso de la pérdida de biodiversidad, el conferenciante ejemplificó señalando que, al mismo tiempo que generamos cantidades monstruosas de contaminación, nos dedicamos a destruir precisamente los elementos que mitigan naturalmente el tipo de efectos que ésta causa. Eso es sólo una de varias consecuencias; dentro del breve tiempo del que disponía, no olvidó mencionar, aunque fuera tangencialmente, el peligro de una sexta extinción masiva; ni cómo surgen enfermedades zoonóticas (como la que acaba de tenernos dos años encerrados) gracias a la alteración en la cadena alimenticia y en las poblaciones animales (habló de “repercusiones en la salud humana y la salud animal”); ni el hecho de que la agricultura es la causa principal de la pérdida de los ecosistemas, por lo que el mero hecho de alimentarnos genera por definición “un impacto”; ni que, entre más tiempo pasa, más problemas “pequeños” se derivan de los grandes (por ejemplo, la llegada de ciertas enfermedades a zonas donde antes no estaban debido a la subtropicalización), y tenemos que ir lidiando también con cada uno de ellos.

Es posible sentirse abrumado, con una mezcla de mareo y terror, cuando se aborda la mencionada interconexión y retroalimentación de problemas, cosa enfatizada por el doctor Sarukhán: en efecto, cada ángulo de la crisis climática se ve enlazado con los demás y se “dan cuerda” unos a otros. Pero también hizo notar que hay retroalimentación no sólo dentro el mismo plano biológico y ecológico, sino también entre distintos planos: social, político, económico, cultural. Es decir, aspectos humanos (¿de qué otra manera lidiar entonces con ella, sino es de manera multi e interdisciplinaria?).

La humanidad se ve afectada por el cambio climático en diversos niveles, y son también diversos los niveles donde nuestro comportamiento y nuestra ética transforman la naturaleza. Un tema que se relaciona de varias maneras con esto es la desigualdad socioeconómica, y entre los hilos enredados de esta relación destaca la diferencia entre el impacto que sufren quienes tienen más (y pueden recuperarse y salir adelante con mayor facilidad) y quienes tienen menos. No es sorpresa que Sarukhán declare sin tapujos que no habrá solución a la crisis ambiental si no se resuelven los problemas de la desigualdad y, lo cual va de la mano, deja de existir un puñado de multimillonarios que, mediante el poder del dinero, son quienes deciden el camino de la humanidad, lo cual hacen con miras al mismo interés económico. También subrayó que las soluciones forzosamente requieren políticas públicas.

Pero eso no fue todo lo que dijo Sarukhán sobre al aspecto económico 1 de la cuestión: fue aquí donde presentó una reflexión digna de recordarse, relativa a la visión cortoplacista de los dueños del mercado: se calcula que la inversión económica necesaria para frenar (en la medida de lo todavía posible) el cambio climático sería del 2% del PIB del planeta, mientras que el coste que tendrán las consecuencias de no hacerlo sería del 5%. A pesar de esa diferencia, hay quienes desdeñan la solución escudándose tras una incertidumbre estadística. La respuesta de Sarukhán es la siguiente: hasta ahora, las probabilidades de un aumento de temperatura global tan drástico como el que plantea son similares a las de morir jugando a la “Ruleta Rusa”: puede que no ocurra, pero ¿vamos a tomar ese riesgo? Eso es lo que estamos haciendo: apostar nuestra supervivencia y la de los seres que nos rodean en un juego suicida.

Tradicionalmente, los humanos hemos tenido una marcada tendencia a aceptar lo que inventamos sin hacer balances, a actuar sin considerar o tratar de predecir las consecuencias negativas de nuestras acciones. Además, tenemos el vicio de que, cuando aparecen las consecuencias, nuestra respuesta es buscar la ruta de escape más rápida; incluso alucinamos la posibilidad de huir cuando no la hay, como es el caso aquí. Sarukhán también denunció esto, por ejemplo, al quejarse de que estemos imaginándonos qué planeta colonizar en vez de en cómo salvar el nuestro; 2 parece que se está pensando mucho más en la adaptación a los problemas (que será limitada y sólo se aplicarán a los que tengan recursos económicos para ello) que en las verdaderas soluciones.

A título personal, resumo así los principales reclamos del doctor Sarukhán:

  • Falta de innovación e intención para usar la tecnología para resolver los problemas que hemos causado (en vez de para empeorarlos).
  • Escasez de presencia del tema en la Educación.
  • Difusión insuficiente y poca voluntad para informar debidamente.
  • En contraste con lo anterior, una deliberada intención de desinformar, en beneficio de quienes se enriquecen en el lamentable status quo; o bien, de quienes sinceramente mantienen una postura ideológica (normalmente religiosa) cerrada a la evidencia científica. En otras palabras, el negacionismo desinformador, sea sincero o cínico.

Es aterrador pensar que estamos jugándonos la existencia en una ruleta rusa ambiental. Así que no, definitivamente no tenemos tiempo de ir “paso a paso” en cada COP.

* Rodrigo Ruiz Spitalier es Licenciado en Letras Hispánicas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y actualmente trabaja en el área editorial del Programa Universitario de Bioética. También ha sido colaborador para varias revistas literarias digitales y es autor de la antología El gran traidor.

 

Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad únicamente de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido.

 

1 Vale la pena señalar aquí que la maquinaria producción-consumo-desecho puesta en marcha para satisfacer los deseos inducidos de nuestra irreflexiva sociedad de consumo es, en sí misma, un sistema antiecológico.

2 En la histórica novela de H.G. Wells La guerra de los mundos (1898), los marcianos ven la conquista de la Tierra como una salvación ante el agotamiento de su propio planeta. 120 años después, muchas personas fantasean con poblar Marte para escapar del desgaste de la Tierra. ¿Alguien más percibe la ironía?