blogeditor · 8 de marzo de 2021
Pareciera que en pleno 2021 -gracias a la lucha de millones de mujeres- socialmente todxs tenemos unos lentes que nos permiten identificar las dinámicas de poder por las que se sostiene el patriarcado, incluso aquellas personas que las niegan o invalidan, las conciben como una forma de análisis.
No obstante y, menos aún por una falta de exigencia para hacer cumplir las medidas que proponemos como solución al problema, persisten las violencias y vulneraciones que producen estas dinámicas, las cuales se acentúan en una crisis como la que nos acontece.
“Lo personal -lo privado- es político”, dijimos hace mucho tiempo cuando analizamos que, no por relegar a las mujeres al espacio privado para limitar nuestra incidencia en la vida pública, estábamos exentas de los mecanismos sociales de opresión que estaban en el exterior, al contrario, se reproducían con mucha fuerza bajo la justificación de que, por naturaleza, estaba mandado que fuera así.
Comenzamos entonces a replantearnos qué implicaban esas relaciones personales a las que estábamos condenadas y nos dimos cuenta de que respondían a la crianza diferenciada por género, a través de la cual a las mujeres nos educan para cuidar de otrxs y nos cargan de un lenguaje centrado en emociones. En acción y palabras nos asignan esas tareas nuestras madres, padres, profesores y, en especial, los medios de comunicación.
Fueron propuestos dos horizontes de análisis para abordar el problema de la feminización de los cuidados. Uno, el de las abolicionistas, que implicaba satanizar y abandonar el espacio privado, y otro, el de las postmodernas, que invitaba a reivindicarlo sin abolirlo. Ambos tuvieron resultados positivos, como el cambio de narrativa para que ser ama de casa no sea la única forma de autorrealizarnos, la modificación de ciertas reglas para facilitar que los hombres se involucren en estas tareas y el cambio en algunas leyes para garantizar un trabajo digno a las empleadas cuya labor se enfoca en el cuidado. El problema es que ambas posturas refuerzan la idea de que los cuidados recaen sobre las mujeres, lo cual es un contrasentido porque ese es el punto del cual partimos.
Una pensaría que la posible solución que escapa a la opresión patriarcal se encuentra en la combinación de los beneficios que conllevan las posturas mencionadas. No obstante, existen ejemplos que demuestran lo contrario, como los estudios que dignifican las características socioemocionales de las mujeres a partir de que demuestran que aportan estilos de dirección diferentes que promueven una mejor dinámica laboral, en los que se refuerzan los roles de género asociados el trabajo de cuidados, solo que un ámbito diferente, como si únicamente se hubiera ampliado el espectro de “lo personal -lo privado” de la casa, a también el mundo empresarial.
¿Qué tienen en común estos escenarios? Todos ellos plantean a una mujer alienada con el capital, es decir, a una mujer trabajadora que se hace a sí misma por medio del trabajo y que, incluso, cuando lo hace desde otra perspectiva, como solamente “por amor”, se establece que también sea considerado trabajo.
Por todo lo anterior, no es de poca prioridad tocar este tema el día de hoy, cuando recordamos a las mujeres trabajadoras que han luchado, por voluntad o destino, contra la estructura patriarcal y, ciertamente, capitalista, que se alimenta de su libertad.
En esta conmemoración es importante no perder de vista que la incorporación de la palabra “trabajo” como medio para exigir condiciones de vida digna, no es sino una herramienta que le robamos temporalmente al sistema para sobrevivir en él, mientras creamos narrativas alternas.
Por tanto, tiene un poco más de sentido que, en pleno 2021, demasiadas mujeres no puedan o no quieran salir a marchar o parar en sus labores. Las desigualdades económicas -agravadas por la pandemia y diferenciadas por sexo- son la principal razón, sin embargo, existen otras razones de fondo que no hemos explorado por completo y que nos impiden solucionar la carga y condiciones de vulnerabilidad que generan el hecho de que el cuidado recaiga en el género femenino.
Sin dejar de reconocer la negligencia de las autoridades, resulta indispensable en nuestros días proponer formas de ampliar la capacidad de estos lentes con los que vemos la realidad y el sitio al que queremos llegar, y retomar, como hacemos en la actualidad, términos como el de “política de cuidados”.
La política de cuidados, como su nombre lo indica, cuenta con una perspectiva que hace especial énfasis en la palabra “política”, es decir, en que las mujeres somos personas -sujetas políticas-, antes que trabajadoras, además de que propone la colectividad como punto de partida.
Tal vez necesitemos seguir buscando formas alternas de quebrar ese vidrio templado – más allá de aquellas sobre las que ya hemos versado demasiado- que reconozcan la opresión sobre la que nos mantenemos a pesar de los esfuerzos y en la que, a veces, mantenemos a otras.
Como cada 8 de marzo conmemoramos la lucha que nos precede, pero sobre todo la que nos acontece y nos toca seguir, desde un incansable cuestionamiento que nos permita vivir libres, seguras y sin miedo. Emanciparnos de la opresión que en lo individual podemos producir y de la del yugo patriarcal, pues, después de todo: ¿qué no es ese el principal motor de nuestra lucha feminista?
* Elisa Romano Zavala (@EliRomanoZ) es Jefa de la causa de Trabajo en el Hogar de @NosotrxsMx (FacebooK @NosotrxsMX).