blogeditor · 24 de diciembre de 2013
El general de los jesuitas, el padre Adolfo Nicolás Pachón, estuvo en México en abril del 2010 y en esa ocasión sostuvo un encuentro con seis profesores -me encontraba entre ellos- de la Universidad Iberoamericana (Campus Santa Fe). La reunión se prolongó por hora y media. En ella le cuestionamos sobre diversos temas y no evadió las preguntas. A continuación ofrezco la respuesta al primero de ellos: la religión y la universidad. En otros artículos daré a conocer los otros cinco temas que desarrolló esa tarde. Es la primera vez que se publica este texto.
[contextly_sidebar id=”febcd3fcf08d8a6dcfb1076b3ad23b4e”]El padre Nicolás, elegido general en 2008 a la renuncia de su antecesor el padre Peter Hans Kolvenbach, vivió 50 años en Japón donde fue profesor de teología en la Universidad Sofía y provincial. Hasta su nombramiento se desempeñaba como presidente de la conferencia de provinciales de la asistencia de Asia Oriental y Oceanía de la Compañía de Jesús. En su elección como el general treinta de los jesuitas influyó su conocimiento del Asia, la zona de mayor crecimiento económico y demográfico del mundo. Los jesuitas están empeñados en acompañar ese proceso. Su presencia en esa región data desde su fundación.
El padre Nicolás tiene la responsabilidad de conducir a la Compañía de Jesús, la institución religiosa más grande de la iglesia católica, en los primeros años del siglo XXI. Es un hombre alto, delgado, de pelo cano. Actúa con naturalidad y parece una persona como cualquier otra. Es doctor en teología por la Universidad Gregoriana, dirigida en Roma por los jesuitas, y habla ocho idiomas (Español, catalán, japonés, inglés, francés, italiano y también latín y griego).
La religión
El jesuita plantea que “todas las religiones, no solamente el cristianismo, lo que quieren es transformar a la persona y cambiar el mundo”. Asegura que “todos los movimientos religiosos, los más hondos y tradicionales, vienen como respuesta a qué se puede hacer para que en el mundo exista menos violencia, más vida, menos sufrimiento y dolor”. Y añade que “hay un elemento transformador en toda religión”.
Reconoce que “cuando la religión se reduce a repetir ciertos modelos ya hechos en los que no hay crecimiento, no hay transformación, entonces, esa religión puede ser consuelo para el corazón del individuo, pero al mismo tiempo es una limitación”.
Piensa que las universidades deben estudiar el fenómeno religioso. La investigación debe responder a “qué hace, por ejemplo, que la religiosidad popular ayude a la gente”. Los resultados de la investigación, dice, “hay que comunicarlos al pueblo y a las autoridades”, pero la experiencia revela que eso no sucede y “lo que se estudia en las universidades se publica en artículos muy difíciles y en revistas sólo para académicos”. Piensa que no se ha hecho “el esfuerzo de dar un paso más” y publicar esos resultados en un lenguaje asequible para todos.
Añade que “no se trata solamente de investigar”, sino de que sus resultados vayan a “donde realmente pueden hacer el mayor bien posible”. La reflexión académica sobre la religión debe llegar a los obispos, a los sacerdotes y al “pueblo sencillo”. Desde su punto de vista existe “un problema de pensamiento en las parroquias” y el hecho de que “a la gente le guste” la religiosidad popular “no es argumento” porque a la gente le gustan otras “cosas que le hacen daño”.
El general comenta que cuando se encuentra con jesuitas de las universidades le suele decir que “todos estamos muy contentos porque el papa nos ha dicho: los jesuitas tienen que ir a las fronteras a los sitios difíciles donde otros no pueden ir”. Eso anima porque “nos gusta la imagen de la frontera”, pero estar en las fronteras y servir desde ahí “es muy difícil” y requiere mucho aprendizaje. El diálogo de las culturas, de las religiones, implica profundidad y apertura al otro. Solo así “podemos realmente comunicarnos” sin “malentendidos” con los demás.
El que se queda atado a las costumbres del pasado, afirma, lo está también a “ciertas formas devocionales que ya no le cambian el corazón, pero le dan cierto consuelo”. Los hijos de estas personas “ya no van por ahí” y se hacen muchas preguntas. Eso crea “desazón en las familias” que ya no se pueden comunicar porque los lenguajes anteriores “no nos sirven”. Plantea que todos estamos obligados a “aprender los nuevos lenguajes” sobre todo de los jóvenes “que tienen un lenguaje más fresco, menos determinado, más abierto”. Ahí está en juego la misión de la Compañía y nadie se puede escudar con decir que “las nuevas generaciones son más ligeras o más seculares”, la realidad es que no sabemos hablar en su lenguaje. Feliz Navidad.