blogeditor · 12 de julio de 2016
En los días previos a la elección del pasado cinco de junio tuve la oportunidad de ver el resultado de muchas encuestas -publicadas y no publicadas- y también de grupos de enfoque. La demanda más sentida que registraban esos instrumentos era que se pusiera fin a la corrupción de los gobernantes. Está por arriba de reclamos siempre presentes como que el cese de la violencia y que se genere más empleo.
Es un dato relevante que habla de una sociedad más exigente, formada y consciente. La decisión del voto estuvo influida de manera clara, por esa demanda. El combate a la corrupción es el tema central de la campaña del 2018. Los candidatos a presidente, senadores y diputados no van a poder evadirlo. Es una demanda ciudadana que espera respuestas y definición de quienes participan en la contienda.
La exigencia de que se termine con la corrupción de los políticos en México y Latinoamérica ahora tiene carácter histórico e incluso me atrevo a decir que civilizatorio. En las décadas de los ochenta y noventa la gran demanda fue la democracia. Se pedía que hubiera reales elecciones, que se contaran los votos y que se respetaran los resultados.
Los gobiernos se vieron obligados a caminar en esa dirección. México fue de los últimos en llegar. En 2000, cuando un instituto ciudadano autónomo organizó por primera vez las elecciones y cuenta de los votos, el PRI, que 80 años de manera ininterrumpida estuvo en la presidencia, perdió la elección.
Al arrancar la segunda década del siglo XXI la gran exigencia ciudadana es que se ponga fin a la corrupción. La demanda recorre toda América Latina y México no es la excepción. La expresión de esa lucha tiene diversos niveles y también son distintos sus grados de avance.
El paso más fuerte y claro que ha dado el país para responder a esa demanda civilizatoria es el Sistema Nacional Anticorrupción, cuyas leyes reglamentarias siguen sin terminarse. En la campaña del 2018, los candidatos que articulen un sólido y creíble discurso a favor de la lucha contra la corrupción, que tengan la voluntad política de subirse en la ola de ese reclamo civilizatorio, tendrán ventajas sobre quienes el tema sólo lo traten de manera tangencial o simplemente lo ignoren.