blogeditor · 21 de abril de 2016
Por: Fátima*
Tenía 14 años. Y fue mi papá.
Era de noche y yo estaba muy nerviosa. Me armé de valor y aproveché los comerciales de las noticias para decirle algo importantísimo en mi lista de preocupaciones adolescentes: “Papá, me gusta un chavo del salón y hoy me pidió que fuéramos novios”. Sabía que mi papá era una persona difícil y de todas maneras no vi venir lo que sucedería los siguientes minutos.
A esa edad, en mi primer año de preparatoria, esperaba de él algún consejo. Era la primera vez que yo le confiaba algo realmente personal. Pensé que me diría que me cuidara, que no me quería embarazada, que quién era, cómo se llamaba, que cuidadito y me fuera de pinta con él. Pero no.
Se quedó callado un momento. Apagó la tele. Me dijo: “Está bien”. Se volteó y miró a mi mamá: “A partir de mañana quiero que hagas que esta pendeja aprenda a cocinar bien, no pinches huevos, bien, que sepa planchar como se debe, hacer los mandados y me le vas tirando todo el desmadre que tiene en su cuarto y no te atrevas a comprarle nada, que se busque un trabajo”.
Y a mí: “Y tú, ya que veo que quieres andar de puta, te me vas despidiendo de esa pinche escuela, yo no voy a estar gastando mi dinero para que te pongas a dar las nalgas”. Me amenazó con dejar de pagar mi colegiatura, con meterme a una escuela de monjas y me dio un puñetazo en el estómago. Me gritó tantas veces “puta” como pudo durante unos 15 minutos. Me aventó un zapato y me gritó que me largara.
Para entonces, no sólo era una niña de excelentes calificaciones sino amaba la preparatoria en la que estudiaba y los amigos que había hecho. Por eso acepté los meses en los que me obligó a doblar su ropa, limpiar su coche, masajearle los pies, colgar con instrucciones precisas sus trajes caros y a recibirlo con una cena elaborada que, cuando no le gustaba, solía aventarme a la cara acompañada de un “para que te acostumbres”. A escondidas le pintaba dedo, escupía en su comida y gesticulaba la grosería que se me ocurriera en el momento.
Muchas veces llegamos a los golpes y me fui de la casa otras tantas. Siempre regresé porque quería seguir en la escuela. La palabra “puta” se me quedó bien grabada. Al final, eso pensaba mi papá de mí. Tenía 14 años y mi papá ya me había reclamado que estaba “muy gorda”, que tenía “cara de chango”, que “de bonita, te mueres de hambre, mejor estudia”, que era el hijo que siempre quiso tener “pero en mujer”. (¡Cómo me reventaba ese “pero”!)
Eso nunca salía de la casa, claro. Sus compañeros de trabajo y amigos de la familia siempre me decían que me presumía mucho. Que era lista, que practicaba equis o ye deporte, que me estaba poniendo bonita y que, sin pedírmelo, cocinaba para él. También alardeaba de que no tenía novio y que sólo me enfocaba en mis estudios. Alguna vez me reí sarcásticamente de esos comentarios, y fue mi mamá quien me dio un codazo que me sacó el aire.
Tenía 14 años cuando di por perdida cualquier oportunidad de lograr algo de confianza con mi papá. Por eso, tres años después, no pude “confiarle” que su chofer, a quién él mismo mandó por unas cosas a la casa, me encontraría bañándome y me violaría. Al terminar, me diría “ay, niña, pensé que eras virgen” y me dejaría con algunas enfermedades de transmisión sexual (las cuales varios médicos juzgaron).
Mi papá no tiene idea de cuánto me hubiera gustado que reaccionara como, lo que yo entonces pensé que, debería reaccionar cualquier padre cuando una hija le confía algo tan inocente. Porque mientras mi papá me gritaba “puta” en todas sus formas posibles, aludiendo que la virginidad era algo necesario en una mujer, yo lloraba, frustrada, y con muchas ganas de gritarle que si eso era lo que le importaba, le tenía una noticia: yo ya no era virgen. Me veía diciéndole: “Pero, papá, ¿recuerdas al vecino? ¿El que iba a la secundaria? ¿Al que dejabas que fuera por mí para jugar? ¡Ese vecino me violó cuando yo iba a preprimaria! Yo ya sé de qué son capaces los hombres y de todas maneras quiero intentarlo con este chavo”.
Más de diez años después de que mi papá se llevara “mi primera puta vez”, han sido más mujeres que hombres las que me han dicho la palabrita juzgándome por los varios novios que tuve (y que jamás presenté a mi papá). No fue la única vez que me lo dijo, lo repitió todas las veces que iba a una fiesta, bebía, llegaba tarde, usaba faldas cortas, salía con amigos. Ahora me gusta molestarlo hablando de cólicos mientras comemos. Me gusta hablar de acoso, mujeres importantes y desigualdad, aunque nunca responda nada y suba el volumen de la tele. Me gusta hablar de cáncer de mama, de ovario y de hombres que toman clases sobre embarazo. Disfruto recordarle que él le puso la otra X a mis genes. Respecto a mi mamá: perdí la batalla intentado hacer que pensara en un divorcio, aunque ella estudió Derecho le tiene miedo a las represalias económicas. En todo esto, sólo la recuerdo aconsejándome: “deberías aprender a callarte”. Y, a mi hermano, dándoles la razón.
A estas alturas, con bastante terapia de por medio, hay algo que le agradezco mucho: me ayudó a enlistar todo lo que no soportaría en una pareja. Así deseché al novio que se imaginaba cómo yo lo iba esperar con la comida recién hecha, al que me juzgó cuando le conté de mis violaciones, al que se negó a darme un masaje cuando yo le había dado uno a él, al que me dijo que las Ciencias Sociales son para mujeres, al que me sugirió bajar de peso y al que hackeó mi mail.
“Gracias” al machista de mi papá es que comparto la vida con uno de los hombres más igualitarios que he conocido, uno de esos que no grita “guácala” cuando hablo de menstruación y que se ve como un padre activo en la educación de sus hijos. Eso sí, estoy segurísima de que hay mejores formas de hacer que tu hija encuentre a un buen hombre (o mujer, ya que estamos en esto).
* El nombre es un seudónimo de la autora.