La primera revolución

Lady Mossad · 4 de febrero de 2011

La primera revolución

La primera revolución que conciben mis recuerdos es una calle.

Cuando me invitaron a participar en este blog, me dijeron que podía abordar los temas que deseara, me sugirieron incluso, hablar de mi realidad y la ciudad fronteriza en la que suponen resido. Desgraciadamente no puedo hablar mas de la cuenta, sólo emitir opiniones muy personales y particulares de lo que vivo, versiones sesgadas e incompletas.

Me dijeron: habla de Tijuana, estás en Tijuana. La cosa es: yo desconozco Tijuana. La familia de mi madre es tijuanense desde hace más de 80 años. Tomando en cuenta que Tijuana tiene mas de 120 años -y que es una ciudad de paso-, debo decir que son la excepción.

Mis ojos no abrieron ahí pero había estado en la ciudad infinidad de veces, una parte de mi educación la he cursado ahí, hace tres años tuve la brillante idea de tomar mi camioneta, llenarla con mis efectos personales, cruzar la frontera, rentar un departamento y apostar por ella; justo el periodo más álgido de violencia que se sintió en la ciudad; lo que vi entonces, lo que veo ahora y lo que viví de niña son muchos rostros de Tijuana.

Tijuana la loca, la puta, la sucia, la narca, la emprendedora, la reina de la maquila… Tijuas, donde todos y todo cabe, sabiéndolo acomodar.

La primera revolución que conciben mis recuerdos es una calle. Una calle llena de bares, terrazas, tabledance clubs, tiendas de curios, burros disfrazados de cebras, vendedores de platería falsa, farmacias, baches y gringos borrachos transitando por las calles. Yendo y volviendo por una garita que era tan fácil de franquear: You only had to say this words in the right way: U.S. citizen…

Hubo un tiempo en que Tijuana no conocía el peso mexicano. Todas las transacciones se hacían en dólares y, hasta la fecha, es cultura local hablar en dólares. Había mucho narcotráfico, sin duda. Es un vox populli que muchas de las fortunas tijuanenses se hicieron en el lavado o en el tráfico de sustancias: alcohol inicialmente y vayan aumentando haberes. La oposición era panista, para ser honesta creo que la izquierda en Tijuana nunca ha existido, pero la mochería extrema del panismo de ultraderecha, tampoco: la ciudad misma ciudad no les hubiera permitido sobrevivir mucho tiempo sin entender que lo que vendía era lo que del otro lado estaba prohibido. Que después se desarrollara industrialmente, es otra historia.

A pesar de lo que se sabía, era una ciudad tranquila donde se podía salir a pasear hasta el amanecer. En Tijuana la fiesta no se detuvo ni a balazos, la identidad cultural se gestó en gran parte alrededor de su fiesta. Los tijuanenses siguen sin entender por qué balacearon a un futbolista en el Distrito Federal y a Tijuana la mandaron a dormir a las 2 am.

Yo adoraba ir a Tijuana, siempre me supo a tortillas de harina hechas a mano. Pero el shock veinticinco años después, escurrirme de tres balaceras para llegar a mi departamento, la crudeza de lo que veía diario pasar delante de mis ojos, los humillantes cateos en la garita, las interminables filas para cruzar, la proliferación excesiva de deportados y ex reos de las cárceles norteamericanas -que como desechos son aventados todos los días por la puerta México-, el pulular de adictos, “tienditas” y casas de recuperación por todos lados, la desvergüenza de las casas de seguridad, los cobros de derecho de piso, la zozobra de atravesar una avenida sin saber si te van a asaltar, levantar o si vas a salir perdiendo en un tiroteo, ir manejando y que te bajen encañonado para quitarte el auto. Una ciudad que crece y crece ganando una carrera exponencial a los proyectos institucionales, donde las opciones políticas se reducen a: eres hankista o eres panista. ¿Y si eres pensante? Olvídalo. La misma mafia política se reparte y repite, una y otra vez.

Soporté estoica dos años. La Tijuana que yo tenía y la que buscaba no se parecían en nada, me sentía secuestrada en un departamento bellísimo con vista a la ciudad. Luego me fui a esconder a un departamento casi bunker muy cerca de la playa, justo al lado de la malla que divide los territorios, todo el día podía ver pasar a la Patrulla Fronteriza por una ventana y al Ejército mexicano por la otra, cerraba los ojos y pensaba en Gaza y como dicen en Tijuana: se siente bien gacho.

Mi sorpresa fue toparme a tantos nuevos residentes que, como yo, habían tomado la camioneta y dejaron la vida en Estados Unidos atrás. Y es que aquí sí se cumple literalmente el: si California se resfría, a Tijuana le da pulmonía. Cuando empezó la recesión y eventual quiebra de California, muchos se quedaron sin empleos, sin casa y no hubo más que venirse a buscar cobijo. Entonces, nos volvimos muchos más.

Me gustaría decir que fueron días tristes, pero no, fueron intensos. Yo, como Tijuana, volvimos los ojos hacia adentro y hubo un cambio de estrategia; el Ejército se quedó patrullando las calles -mala cosa- pero aparentemente eso generó confianza en la población que se ha ido animando a retomar las calles, a salir, a seguir la fiesta y a apropiarse de su revolución.

Ya no hay turistas abarrotando los bares los fines de semana. Ahora el comercio se ha centrado en el consumidor local; tantas alertas emitidas por el gobierno norteamericano sobre cruzar la frontera han surtido su efecto, junto a las eternas demoras en el tráfico de las garitas y los exhaustivos controles de seguridad. El turismo se ha ido, pero Tijuana resiste a volverse un fantasma y la fiesta no apaga sus luces.

Si me lo preguntan a mí, el cambio no se dio como lo cuentan en las noticias: la violencia sigue ahí, los índices de inseguridad crecen y aunque se puede pueden transitar las calles sin tanto temor como hace tres años, el fracaso real es el de creer que la violencia son los grandes cárteles. La violencia del día a día es más evidente y más dañina: de eso se dieron cuenta los tijuanenses.

La sociedad es la única que puede hacer la diferencia para combatir los estragos que deja la violencia. El ciudadano tiene en sus manos la responsabilidad de cambiar su actitud pasiva para volverse proactivo hacia la reconstrucción de la pacificación, que implica unirse por una causa. A la iniciativa privada, los sectores académico-culturales y también en alguna medida al sector público local, les ha costado mucho sacarse de la etiqueta de la eterna ciudad de perdición. Saben que presumirla como ciudad ejemplo es una falacia y aunque no han logrado revertir la violencia, sí han conseguido transformar la imagen de violencia que tanto daño les ha causado.