La presidencia de tres años

blogeditor · 31 de mayo de 2021

La presidencia de tres años

Para cualquier otro presidente, en casi cualquier otra circunstancia, sería un resultado de lo más razonable: ganar entre 7 y 11 de las 15 gubernaturas en juego, un sólido 40% del voto en las elecciones a diputados federales más los que puedan recoger los partidos alineados y con ellos, una cómoda mayoría simple en la Cámara de Diputados para acompañar la que tiene en Senadores. Vamos, bajo ninguna circunstancia una catástrofe, aún y cuando se perdieran algunos de los estados más importantes en juego, incluyendo Nuevo León, esa gran decepción —para el presidente, es decir, evidentemente no para los neoleoneses. Poco cambio, pues, respecto de las elecciones de 2018, en las que propios y extraños se desgañitaron declarando que la política en el país había cambiado para siempre, o casi, con la victoria de López Obrador. A menos que haya una sorpresa monumental —que siempre puede haberla, pero no suele ocurrir muy seguido— el presidente se levantará el 7 de junio de 2021 mirando más o menos el mismo panorama político que viene mirando desde hace tres años, excepto por un puñado de gobernadores electos y presidentes municipales incluso más amistosos hacia su figura que los que gobiernan ahorita. Y mejor aún, seguirá en su papel de director de la orquesta del debate público nacional porque, en realidad, de las elecciones no surgirá ninguna voz que pueda hacerle sombra inmediatamente —quizá nunca, porque es probable que más bien surja de donde menos la esperamos, y eso cuando ocurra.

El presidente debería congratularse, pues, porque sus predecesores tuvieron elecciones intermedias mucho menos favorables. La mayor parte de la oposición se unió para convertir estas intermedias en un referéndum sobre su movimiento y, al final, probablemente se quedarán más o menos en el mismo lugar que antes, sin poder explotar la multitud de yerros y escándalos de su gobierno ni persuadir a mucha más gente de la que persuadieron en 2018. El mandatario y sus seguidores deberían declarar estruendosamente victoria —como lo harán, de dientes para fuera al menos— y sobre todo, creérselo. Pero tengo para mí que, en el fondo, cuando se asiente el polvo y los conflictos postelectorales, la victoria le sabrá a derrota al Presidente y a sus más cercanos.

El presidente, el líder, el símbolo, hará cuentas y sabrá que empezó el fin de su personalísima gesta histórica. Y es que, aunque el barco no haya encontrado ningún iceberg y se mantenga más o menos en curso, se necesitaba… más. 2021 tenía que haberles puesto fin a sus adversarios, no dejarlos igual o —muy ligeramente— mejor de como estaban. No debía haber una oposición que viviera para pelear otro día, que pudiera congratularse de haber cumplido sus más bien modestos objetivos —no dejar que Morena y sus aliados obtuvieran mayoría calificada en el Congreso, no perder sus estados bastión, recuperar algunas posiciones— a pesar de sus propias e innumerables pifias. Que ambos bandos puedan clamar victoria —como lo harán, al menos de dientes para afuera, aunque quizá con más convicción entre los opositores— es una derrota para el bando que quería, necesitaba, el campo libre que, a pesar de los temores y protestas de sus críticos, no ha tenido.

Y es que este no ha sido, ni será, un presidente que pueda tender puentes con sus opositores, encontrar consistentemente un terreno común con ellos o manipularlos de manera efectiva para imponer un cambio irreversible en el país. Peor aún: ha tenido que lidiar constantemente con la indisciplina de su propio movimiento, con los intereses y agendas de los liderazgos políticos que se le sumaron para ganar elecciones, pero que una y otra vez han echado abajo, por incompetencia, omisión u oposición abierta, los aspectos más ambiciosos de su agenda. No ha habido las reformas constitucionales de gran calado que probablemente imaginaba y en lugar de eso se ha visto reducido a tratar de colarlas, una y otra vez, en leyes secundarias y disposiciones administrativas que no sobreviven al escrutinio judicial. Azota flamígeramente desde la tribuna todos los días a los que lo critican en la clase política y empresarial y la sociedad civil, por supuesto; y usa el aparato del Estado para perseguirlos, pero al final, no los somete y, de paso, termina aniquilando la buena voluntad que podían haberle tenido, que de hecho le tenían. Apostó pues a quemar la casa antes que transigir con el resto de los que vivían en ella. Y la apuesta falló porque sigue cohabitando con los enemigos a los que no pueden soportar, igual que antes. Y peor, ya es demasiado tarde para cambiar el rumbo: su máscara conciliadora de 2018 ya no la cree nadie y cada apoyo opositor, en los asuntos más nimios, le costará incluso más que antes.

Nada de esto es lo que marca el inicio del fin de su presidencia, empero. Sus proyectos insignia, el aeropuerto, la refinería, el tren, continuarán porque hay suficientes intereses y poderes fácticos apoyándolos. Tampoco habrá, como ya dije, quien le quite el megáfono al que tanto se aferra y del que tanto abusa, ni mucho menos su control del aparato gubernamental federal y de las entidades federativas que le son afines, plagado de liderazgos que hacen todo lo posible por llevar la fiesta en paz en la medida de lo posible, hasta 2023 al menos. Esa inercia, al menos, queda en pie.

No, lo que marca el inicio del fin de su presidencia es la carrera que arranca, inevitablemente, para sucederlo. Y esta es una carrera en la que debía, necesitaba aparecer arrollador e invulnerable. La única forma de mantener a raya a los oportunistas que se le sumaron para 2018, porque sus verdaderos creyentes simplemente no son suficientes, era demostrar que él era el único camino a la victoria, que fuera de él no había futuro político. Es decir, la oposición tenía que morir, convertirse incluso en una mayor sombra de la que ya era, para lograr la disciplina que le ha faltado a su movimiento y unificarlo en torno a su persona y, de paso, doblegar a los críticos que se aferran a las posibilidades de 2024. Tenía pues que mostrarse, demostrarse, si se quiere, como un amuleto invencible en las lides electorales.

Y eso, simplemente, ya no ocurrió. Si todo cambió en 2018, en 2021… quedó igual. Y con eso sonó la pistola de salida. A pesar de los mejores esfuerzos del presidente, su grupo compacto y sus verdaderos creyentes, sigue siendo posible, y productivo, hacer política fuera del obradorismo más estricto. Y eso era todo lo que hacía falta.

@jaimelat