La popularidad de la impopularidad de los derechos humanos

blogeditor · 14 de abril de 2016

La popularidad de la impopularidad de los derechos humanos

¿Qué es lo primero que piensa y siente cuando lee o escucha el concepto Derechos Humanos (DH)? ¿Su primera reacción es positiva o negativa? ¿Sabe usted qué son los DH? ¿A quién le sirven y para qué? ¿Los DH ayudan? ¿Afectan?

Vengo haciendo un sencillo experimento desde hace muchos años ante públicos diversos. Pido a las personas que califiquen el valor de sus propios derechos y jamás me ha tocado ver a alguien minimizarlos. Nunca he oído algo así como “mis derechos no son importantes” o “estoy dispuesto a renunciar a mis derechos”. Pero cuando pido a esas mismas personas que valoren los derechos de los demás, la respuesta cambia y aparece la desvaloración. Es común encontrar opiniones y actitudes que colocan por debajo los derechos de los otros y por encima los propios. ¿Por qué?

El asunto es complejo. Estoy revisando la evidencia empírica producida a través de múltiples encuestas donde se pregunta a la gente su percepción sobre los DH, ya sea de manera directa o indirecta y mediante múltiples enfoques, y no parece ser posible elaborar conclusiones claras. Hay reportes donde se puede constatar que las mismas personas aceptan y no aceptan la validez absoluta de los DH. O bien sucede que aceptan grados de tolerancia a la violación de los DH, según encuadres específicos. Mi más reciente lectura fue el diagnóstico de percepción sobre la tortura publicado por la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas del gobierno federal y el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.

Ese estudio encontró que más del sesenta por ciento está muy de acuerdo, de acuerdo o bien le es irrelevante la siguiente afirmación: “La tortura es a veces necesaria y aceptable para obtener información que pueda proteger a la población de un riesgo inminente”. Más adelante la misma encuesta pregunta si la tortura es aceptable para los responsables de diversos delitos específicos. Por ejemplo, el sesenta por ciento de los encuestados está de acuerdo o muy de acuerdo con el uso de la tortura en contra de una persona que cometió el delito de violación, mientras que sólo el veinte por ciento lo está cuando se trata de alguien que cometió el delito de fraude.

Sería interesante que esos mismos estudios incluyeran preguntas tales como: ¿en qué casos usted estaría de acuerdo con ser torturado? O bien: ¿si a usted lo acusaran de violación, estaría de acuerdo en que merece ser torturado? Veamos el tamaño de la contradicción. Mientras a cualquiera le puede parece absurdo que le hagan estas últimas preguntas, no sucede lo mismo cuando se piensa que es otro quien merece la tortura. En México y en el mundo está prevista la prohibición absoluta de la tortura. Vaya, ni siquiera en la guerra se puede usar. En la mente de la mayoría de las personas en este país, en cambio, es aceptable o irrelevante que se use la tortura. Podemos entonces afirmar que predomina entre nosotros una percepción maleable respecto a los DH.

[contextly_sidebar id=”bEhkdUDCUQ4AEv7VaPeiGt5gmKT8aYh6″]Esto puede verse desde múltiples perspectivas. Por ejemplo, escuché hace unas horas a una periodista decir que en México se ha normalizado la información sobre la desaparición de personas frecuentemente a manos de agentes del Estado y que muchos sólo podrían apreciar la gravedad del hecho si quien ha sido desaparecido es su pariente. Es decir, según la apreciación de la locutora, esta otra violación grave a los DH es significativa para alguien sólo si afecta su entorno afectivo.

Desde otro ángulo se aproxima a esto Andreas Schedler, quien apenas publicó el libro intitulado En la niebla de la guerra (CIDE, 2015). En la introducción del texto se problematiza la solidaridad ante la violencia en el contexto mexicano donde se vive, según el autor, una guerra civil animada por motivos económicos. Mediante sólidas elaboraciones teóricas, Schedler nos enseña que las características específicas de la normalización de la violencia interna y su casi total impunidad han construido enormes obstáculos para la solidaridad y han provocado el extravío de los referentes morales. Acaso de ahí viene la indiferencia referida por la periodista.

Tenemos entonces dos ángulos de mirada; por un lado, las encuestas confirman que en México la percepción de mucha gente respecto al valor de los DH está sujeta a la distancia que se tiene con ellos: mis derechos sí valen, pero los de los demás no tanto o no siempre. Por otro lado, la violencia parece minar las posibilidades de la solidaridad ante los derechos violados, incluyendo el de la vida. Hay en todo caso referencias empíricas previas del desvalor de la vida en México. Así lo confirmó una encuesta regional sobre cultura ciudadana denominada Antípodas de la Violencia, publicada en el 2012 por el Banco Interamericano de Desarrollo.

Le propongo terminar con un breve ejercicio. Le platico lo siguiente y usted revisa el impacto que esta información le produce y el tiempo que la noticia permanece en su atención. De la misma fuente de Schedler extraigo lo siguiente: los homicidios atribuidos a la mafia en Italia en 120 años suman 700. Los atribuidos al crimen organizado en México en 14 años ascienden a 92,218. Hay tres opciones, esta información le fue muy relevante, algo relevante o nada relevante. Si atendemos a la evidencia de los estudios, lo más probable es que este dato provoca nada y se olvida casi antes de terminarlo de leer.

La teoría y las leyes aclaran sin asomo de duda que los Derechos Humanos (DH) no están a disposición de las mayorías. Es decir, no se podría por ejemplo someter a consulta el uso de la tortura. Pero la realidad es otra y afirmo que difícilmente los DH tendrán efectiva vigencia en una sociedad donde las mayorías no los valoran positivamente. El asunto es aún más grave cuando desde el cálculo político se identifica la popularidad de la impopularidad de los DH y se invierte en su desvaloración. Ya pasó México por una transición jurídica mayor a favor de los DH, falta que pase por una transición política de iguales proporciones. Política en el sentido de alcanzar el apoyo mayoritario a cielo abierto.

 

@ErnestoLPV