La política que no queremos

blogeditor · 14 de agosto de 2020

La política que no queremos

En política es mucho más fácil reconocer lo que no queremos y lo que no funciona. Dar respuesta a problemas públicos complejos requiere planeación, tiempo y mucha capacidad institucional para lograr una adecuada provisión de bienes y servicios públicos que garanticen el ejercicio pleno de derechos. Cuando las políticas públicas del gobierno funcionan, la mayor satisfacción de la ciudadanía se refleja en saber, a secas, que se está mejor que antes.

Cuando las cosas no van bien, se nota inmediatamente. Las consecuencias se reflejan en desesperanza, quejas, enojo, desesperación, exigencia y en una participación más activa de la ciudadanía para construir alternativas. Es esperado que los funcionarios públicos o los partidarios más férreos del gobierno intenten defender las decisiones y el curso de acción tomado o que pidan paciencia para los resultados que, con la incertidumbre por delante, podrían llegar. También es natural que los afectados señalen los errores y entre más graves sean que lo hagan con más fuerza. Como ejemplo basta observar la reacción de padres y madres de niños con cáncer que no reciben sus medicamentos ni tratamiento o de familiares de pacientes que no son atendidos en cualquiera de los subsistemas de salud del país, ya sea por COVID o por otra enfermedad.

Hoy las cosas no van bien, se nota y aclara rápidamente lo que no queremos para nuestro país. Comparto algunos ejemplos:

No queremos un sistema de salud fragmentado e insuficiente. De acuerdo con el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL), 19 millones de personas reportaron en 2018 que no contaban con acceso a servicios de atención médica, sin derechohabiencia a sistema de salud alguno. A esto se suma la baja calidad en los servicios de salud para quienes sí tienen acceso que, en el contexto de la pandemia, arroja porcentajes de mortalidad altísimos para pacientes hospitalizados por SARS-COV-2: el IMSS con 43% de los pacientes hospitalizados y el ISSSTE con 32.4%, mientras que en el sector privado tan solo el 15.7% (Sánchez Talanquer, 2020).

No queremos mesías que nos vengan a salvar cada tres o seis años. Repitamos tanto como sea necesario: no existen los mesías, no necesitamos a ningún mesías. Es indispensable entender que nadie puede solo. Ni el prócer más brillante del planeta logra identificar todos los problemas públicos ni plantear todas sus soluciones ni, por supuesto, implementarlas. Las ideas impuestas por un solo hombre construyen autocracias, un régimen político en el que una sola persona gobierna sin someterse a ningún tipo de limitación más que su propia voluntad. Es necesario construir alternativas colectivas que estén dispuestas a construir con múltiples actores, entendiendo la diversidad de capacidades y la pluralidad de nuestro país.

No queremos más polarización que impida el diálogo. La política de adjetivos ha reducido el nivel del debate de nuestro país, al grado de desestimar cualquier argumento por quien lo emite y no por el peso de las ideas. Esta idea la repito en cada ocasión que es necesaria: el diálogo es la mejor herramienta para la construcción de consensos y para la resolución de conflictos. Utilicémosla más que mucha falta le hace a nuestro debate público.

No queremos que gobiernen sin evidencia. La evidencia es el conocimiento probado que nos permite tomar decisiones. Tener en frente una evidencia tan clara y contundente como 12.5 millones de personas que perdieron sus ingresos por la crisis económica y social que detonó la pandemia, y que no cuentan con los recursos mínimos para adquirir una canasta básica, obligaría a cualquier gobierno a tomar acción y a ofrecer alternativas para esta población. Cuando la pandemia ha dejado más de 55 mil muertes que pudieron evitarse, la evidencia obligaría a cambiar el rumbo de acción en la forma en la que se está enfrentando la crisis y reforzaría las medidas de prevención o contención. La evidencia muestra muchas contradicciones para esta administración: el ecocidio que significa el Tren Maya, la pérdida de más de 600 mil millones de pesos de Pemex por semestre o la caída del 18% del PIB.

No queremos alianzas impresentables. La oposición con poca estatura política plantea una alianza que podría darle la mayoría en la Cámara de Diputados a Morena, al asumir que ir en bloque PAN, PRI y PRD puede darles más triunfos. El presidente del PRI, Alejandro Moreno, lo planteó en una entrevista con René Delgado el miércoles en una entrevista para el Reforma y Marko Cortés del PAN lo ha repetido en entrevistas toda la semana. Entregar el argumento al presidente de un BOA (Bloque Opositor Antiamlo) sólo garantizaría un mayor número de asientos para el partido del presidente. Requerimos una alternativa viable que nos permita construir la política del siglo XXI, con la ciudadanía y con planteamientos de construcción colectiva que vayan mucho más allá de los calendarios electorales.

No queremos que la desigualdad se profundice aún más. La reforma fiscal es indispensable para mejorar tanto la recaudación como la distribución de recursos. Más impuestos a quien más tiene: debe ser una máxima que nos ayude no sólo a recaudar más, sino también a reflexionar cómo invertir mejor esos recursos para avanzar tan rápido como sea posible a una sociedad más igualitaria. De acuerdo con CONEVAL, a final del año tendremos 10 millones más de pobres en el país. Más de 62 millones de personas no alcanzarán a cubrir una canasta alimentaria. El 1º de septiembre, en el segundo informe de López Obrador, tendríamos que escuchar las respuestas y acciones para este grupo.

No queremos más machos en potencia. Suficiente tenemos con los machos del siglo XX, como para seguir replicando patrones como el de Samuel García de esta semana. El presidente tuvo una similar al pedirle, sutilmente, a Beatriz que no apoyara las marchas del 8M. Peniley Ramírez hace unos meses y ayer Fer Caso escribieron sobre el feminismo de papel, casos en donde empresas o políticos se llenan la boca de defensa del feminismo, con la imposibilidad de romper las estructuras patriarcales arraigadas profundamente.

Finalmente, no queremos shows mediáticos ni justica para unos cuantos. La novela de Lozoya, utilizada con fines político electorales, es una simulación triste de combate a la corrupción. Mauricio Merino la ha llamado cientos de veces la tesis de los peces gordos, aquella en la que, por supuesto, es indispensable que lleven a la justicia a todos los personajes públicos que estén involucrados, pero que no resuelve el problema de las aguas cómodas de la discrecionalidad y la impunidad en las que seguirán operando miles de pequeños peces.

La respuesta ante todo lo que no queremos se vuelve antagónica. Construir la política que sí queremos nos demanda remar contra corriente; asumir que la batalla es de largo plazo y que la evidencia ayudará a la técnica y a la política a resolver los graves problemas que enfrentamos.

@luisffernandez