La política israelí y el teatro del absurdo

blogeditor · 4 de noviembre de 2022

La política israelí y el teatro del absurdo

El primero de noviembre, los ciudadanos israelíes se encaminaron a las urnas por quinta ocasión en poco más de tres años. Parte de una jornada electoral entorpecida, interminable, que busca, sin suerte, establecer una coalición de gobierno capaz de sobrevivir más de un año. Parece sátira: tiene ecos de una puesta de escena de Samuel Beckett –la circularidad, la repetición, causando estragos en nuestras concepciones de la linealidad del tiempo.

Y cual obra de Beckett, todo se desenvuelve en una misma escena, ininterrumpida; los actores se rehúsan a abandonar el escenario. Benjamín Netanyahu, del partido derechista Likud, que gobernó el país por doce años consecutivos empezando en el 2009, es la primera fuerza política una vez más. Todo apunta a que cuenta con los votos, y el capital político, para presidir una coalición de corte etnocéntrico y nacionalista, un espejo de aquel gobierno formado en el 2015.

Mientras tanto, los próceres del partido laborista, quienes establecieron las bases de Estado y encabezaron las negociaciones de paz con los palestinos en los noventa, están relegados tras bambalinas. El partido no ha obtenido una victoria parlamentaria en las urnas desde 1999 y, en la última ráfaga de elecciones que sopló sobre el país, apenas consiguieron superar el umbral electoral para amparar su representación, cual mínima, en el parlamento.

Con la atrofia política del centro y la izquierda del país se desvanecen velozmente las esperanzas de encontrar una solución al conflicto con el pueblo palestino. La demarcación de la Línea Verde, la cual, se conjetura, se emplearía para delimitar la frontera de Israel y el futuro estado palestino, se ha borrado rápidamente. Y aunque Israel evacuó a los colonos judíos de la Franja de Gaza en el 2005, sigue gestionando el control casi absoluto sobre el movimiento de bienes, las personas que entran y salen de ese territorio, y sobre las fronteras marítimas y su espacio aéreo.

Efectivamente, hay claroscuros. Hamás, que gobierna a los más de 2 millones de palestinos en Gaza (con anuencia del gobierno israelí en turno), se nutre de una ideología de resistencia islamista, utiliza amplios mecanismos de intimidación, de tortura, de ejecuciones extrajudiciales, y violenta periódicamente a los civiles israelíes a través del lanzamiento reiterado de misiles. Aunado a esto, la Autoridad Nacional Palestina, que administra Cisjordania, está plagada de profundos niveles de corrupción, y recurre frecuentemente a métodos draconianos para intimidar y censurar la crítica interna.

También es cierto que la ciudadanía israelí no es monolítica en sus posturas ideológicas (pero ¿qué ciudadanía es monolítica?); existe una presión significativa que busca frenar la expansión de colonos en Cisjordania y Jerusalén oriental. Dentro de los Estados Unidos también han crecido las organizaciones sionistas que buscan utilizar herramientas diplomáticas y de cabildeo para contrarrestar las políticas expansionistas de ciertos gobiernos de Israel.

Existen los matices, y ciertamente se tiene que evitar recaer en visiones maniqueístas. Sin embargo, la relación entre Israel y el pueblo palestino no es una correspondencia entre dos Estados soberanos, y el viraje hacia la derecha del electorado israelí amenaza con afianzar el control sobre los casi cinco millones de palestinos que residen en Gaza y Cisjordania, y Jerusalén oriental, sin un Estado que vele por sus derechos ciudadanos y libertades civiles.

* Jonathan Grabinsky (@Jgrabinsky) es consultor en temas de gobierno. Cuenta con una licenciatura y maestría en políticas públicas de la Universidad de Chicago.

Gracias a José Hamra, coordinador del programa ‘Babélica: narrativas del devenir en Tierra Santa’ de 17, Instituto de Estudios Críticos, por otorgarle una lectura previa al texto.