Centro de Análisis de Políticas Públicas · 10 de febrero de 2011
Por: Edna Jaime, directora de México Evalúa
En días recientes fui invitada a sendos recorridos por las instalaciones de la Secretaría de Seguridad Pública: las de Constituyentes con su impresionante Búnker, como las de Iztapalapa con sus muchos kilómetros cuadrados de instalaciones de operación y entrenamiento. Supongo que ahora se abren las puertas de la policía federal porque sus funcionarios se sienten confiados de que tiene cosas que presumir. Y ciertamente las hay. Sobre todo, se palpa en ese entorno la inversión de grandes sumas de dinero que se traduce en un despliegue tecnológico impresionante, en algunos casos, y la dotación de lo básico a fuerzas del orden que en el pasado carecieron de todo.
Un intelecto inocente juraría que estamos en el umbral de un cambio institucional sin precedentes. Un intelecto maleado y decepcionado como el mío, desconfía de entrada. Luego de tanto intento de transformación institucional frustrado en el pasado, las expectativas que albergo son tristes.
Como conciliar que después de tanta inversión (muchos millones de pesos), la realidad tangible del crimen no mejore y de hecho empeore. Como forjar la imagen de una nueva policía cuando se escuchan casos y se ven imágenes en las que se repiten las peores prácticas de la vieja policía. Presento sólo una muy lamentable: la de agentes federales matando a mansalva a los escoltas del presidente municipal de Juárez. Me siento embargada por un gran sentimiento de vulnerabilidad.
Los grandes cambios que se conciben desde las alturas deben tener efectos positivos en lo terrenal, en la vida cotidiana de todos nosotros. Y en este nivel no se palpa mejoría aún. Ciertamente en condiciones normales, no es función de la policía federal patrullar calles y atender llamadas de emergencia y, por tanto, no son éstos los raseros con los que se debe medir su desempeño. Pero ¿cuáles sí lo son?: ¿la captura de capos?, ¿la disminución de niveles de violencia?, ¿el desmembramiento de bandas del crimen organizado? ¿la prevención de delitos? Cuánto nos ayudaría a autoridades y ciudadanos contar con esos parámetros para saber si avanzamos y lo hacemos por el camino correcto. Urge definirlos.
Lo anterior no puede ser soslayado. No puede serlo porque el modelo que se forja a nivel federal pretende ser llevado a estados en el modelo del mando único estatal. Sería muy deseable que antes de arrancar en un proceso de cambio de tal envergadura, nos preguntáramos para quién se hace y si es el ciudadano el centro de las decisiones que acompañarán el rediseño de los cuerpos de seguridad. En esta reforma policial no podemos errar, hay demasiado de por medio.
Desde mi punto de vista la reforma policial debe atender a un tema primordial: contribuir a disminuir el riesgo que familias y personas confrontamos en nuestra comunidad y en nuestras actividades cotidianas, riesgos a nuestra integridad física y patrimonial. Estos temas están en la médula de nuestro bienestar y si la acción del Estado no sirve para afianzarlo, entonces no está sirviendo de nada.
Los cuestionamientos a la estrategia de seguridad del gobierno actual creo que surgen precisamente desde este lugar. Ni los millones de pesos invertidos, ni el despliegue del ejército y la fuerza federal están amainando el sentimiento de inseguridad y zozobra que nos consume, tampoco los riesgos que efectivamente enfrentamos. Por ello, el repensar la estrategia no se debe dar en términos de repliegue o eventual pacto con los grupos criminales (ambos ridículos) sino en términos de reducir la vulnerabilidad y riesgos que confronta el ciudadano común. Es un cambio de enfoque primordial y radical que depende de la federación, pero sobre todo de gobiernos estatales y municipales. Ahí debemos de centrar nuestra atención.
Sabremos que la reforma a nuestras instituciones de seguridad estará teniendo éxito cuando el ciudadano recupere la confianza en ellas. Habremos dado un salto cultural impresionante cuando veamos a nuestros policías como guardianes del orden y la legalidad y a nuestros niños sentir respeto frente a su presencia. Ojalá que las reformas en marcha y las que se inicien nos acerquen a ese lugar.