Claudia Ramos · 12 de febrero de 2026
Aunque febrero significa días llenos de corazones, miel y apapachos, poniendo a más de una al borde del coma diabético, se convierte en una buena fecha para mirar hacia otras formas de vincularnos. Existen normas no escritas que marcan de forma muy específica de cómo socializar, disfrutar y cotorrear, y salir de ellas supone un brinco al vacío, pues no sabes quién podrá sostenerte en este interactuar distinto.
Quienes hemos tenido que empezar de cero en otra ciudad, estado o país, conocemos la complejidad que implica sembrar nuevas amistades, nutrir redes de apoyo y dar ese tímido primer paso en nuevos círculos. Alguna vez escuché un podcast que hablaba sobre por qué se nos dificulta tanto hacer amigxs en la adultez, y una de las razones es que ya no existen espacios para tejer nuevas redes. Ya no tienes la hora del recreo en la escuela para jugar, o la soltura y facilidad con la que te subías a los columpios o subibaja junto a desconocidos de tu edad pero que durante tres horas eran tus reales.
Personalmente, este tipo de barreras, sumadas a mi manera de experimentar el mundo y las relaciones, han convertido la socialización en un reto. Aunque me encanta pasar tiempo con las personas que amo, suele haber momentos en los que continuar con una conversación se vuelve física y cognitivamente doloroso. Mis oídos zumban, el ruido exterior no me deja pensar, mi músculo de socialización se cansa, y con cada ir y venir en el ping-pong conversacional, mis respuestas se vuelven más monótonas y genéricas; mi cerebro se siente frito y ya no sé qué más decir.
Sentir de esta manera merma mis interacciones y, en muchas ocasiones, la conexión que puedo construir con otrxs. Llega el momento donde mi batería social es nula y se vuelve insostenible seguir conviviendo. En este contexto, las sustancias psicoactivas se han convertido en una herramienta para ayudarme a tolerar los estímulos por más tiempo, para disipar la ansiedad social y sentirme más presente, para relajarme después de una sesión de convivencia intensa. Y aunque no todos los cuerpos habitamos los espacios sociales ni vivimos el uso de sustancias de la misma forma, reconocer su rol en nuestras vidas también nos ayuda a conocernos mejor y tomar decisiones más informadas para nuestro cuidado.
En la búsqueda de estrategias que me ayudaran a compartir espacios sociales sin tanta tortura, apareció la pista de baile. Siempre me parecerá muy irónico que el ruido excesivo me puede hacer sentir como que alguien está taladrando mis oídos y, al mismo tiempo, puedo pasar ocho horas seguidas encerrada en una fiesta de techno sin queja alguna. El baile se ha convertido en un momento de convivencia silenciosa y gentil con mis amistades. Nos permite comunicarnos con un lenguaje no verbal, tontear con pasos de baile, vincularnos mediante el cuerpo.
Mi mente puede descansar al fin. No tengo que pensar en lo que voy a decir después, o esforzarme por seguir el hilo de una conversación cuando ya no me quedan energías para socializar. Me entrego ante el arte de contemplar a mis amigxs. Mirarles conversando con más personas, mirar hacia donde miran, asombrarme con lo que les asombra. Es como apreciar un paisaje natural, perderte en las ondas de agua de un río, apreciar su esencia y belleza sin la exigencia de interactuar de forma directa.
Observar a quienes amo, verles realmente y atestiguarles es otra forma de amar. Cuando los beats por minuto de la música se empatan con mi corazón (¿o mi corazón a la música?) percibo las mezclas del DJ como un voceo directo de mi corazón hacia ellxs. Que a sus oídos lleguen mis latidos y con música y baile sepan cuánto les quiero. Las palabras sobran. Bailamos en medio del cómodo silencio de los que hablan poco, y después de un par de horas sólo basta un “necesitaba una amiga como tú”, que expresa más que mil horas de conversación.
La pista de baile y el uso de sustancias se convierten en una oportunidad para cuidarnos en colectivo. Más allá de las palabras, el compartir la botella de agua con la persona a mi lado, echar aire con el abanico a mi amistad más acalorada, o acompañar a quien está teniendo un viaje difícil, son sólo otras formas en las que digo “te quiero”. No se trata de negar los riesgos ni romantizar nuestros consumos, pero sí de hacerlos conscientes y cuidarlos en comunidad, de manera recíproca.
Ante la criminalización por parte del Estado, y los huecos de los sistemas de justicia y salud, mover el cuerpo y procurar a los míos me ayuda a resistir. Cuando la sociedad nos individualiza, respondemos con la colectividad. La pista de baile se ha convertido en un espacio que nos enseña cómo pueden coexistir distintas formas de relacionarnos con el mundo, las sustancias psicoactivas, y los gestos de cariño que tenemos con los demás.
Cuando la sociedad te bombardea con reglas para socializar y dicta las maneras “correctas” de sentir, encontrar la forma de adaptar el mundo a tu cuerpo (y no tu cuerpo al mundo), y apropiarte de tu autonomía corporal se convierte también en un acto de amor propio: el más importante de todos. Que el disfrute sea para todxs, que el cariño venga en muchas presentaciones, y que el cuidado colectivo sea parte de nosotrxs.
* Pol Rodríguez es diseñadora multidisciplinaria por el INBA y maestra en Prácticas de Desarrollo de Regis University. Le apasiona compartir información sobre políticas de drogas y modelos de reducción de riesgos y daños por uso de sustancias, así como dignificar a las personas usuarias en sus distintas interseccionalidades. Actualmente es Coordinadora de Comunicación Estatégica en Instituto RIA.