Ayer 9 de marzo del 2021, en el programa de radio de Hombres por la Equidad, conversamos con Leda Victoria del Movimiento al Socialismo Mujeres, y nos acompañó -como siempre- María Antonieta Guerrero, compañera de la Asociación en la entrevista que juntos realizamos.
Les comparto que me impactó el diálogo que tuvimos. En verdad, me quitó el sueño. Comprendí que la retórica que han ido construyendo algunos hombres y mujeres sobre el feminismo termina criminalizándolo y amenazando a las mujeres en general.
Me hicieron pensar en una retórica que se ha ido extendiendo mucho en las redes sociales cada vez que las compañeras se expresan. Y comprendí que no es poca cosa el adolescente que las señala de “feminazis”. Tampoco la o el profesionista que las tacha de “mujeres violentas” que destruyen el patrimonio de la nación. Y por supuesto comprendí más por qué no es insignificante que el presidente las señale de “provocadoras”. Ninguno habla realmente de las causas justas que las moviliza. Esa narrativa negativa que las estigmatiza y etiqueta educa a muchos hombres, y al tener conflictos con ellas hace que piensen que “son locas, inestables e imprudentes… son provocadoras”.
Esa narrativa reproduce la opresión de género. Ni el joven lo sabe, ni tampoco los profesionistas, ni creo el presidente. Pero sus palabras y actitudes son escuchadas y observadas por millones de hombres. Policías unos, médicos otros, compañeros de trabajo, hermanos, maridos y padres. Y dado el caso, cuando una mujer pide, reclama o solicita algo similar a “esa feminista”, la reacción del maestro sobre la estudiante, o del novio sobre la novia o del marido sobre la esposa reproduce la misma descalificación que ya se instaló en el campo simbólico: “eso que pides, es una provocación” y la violencia se justifica.
Eso nos enseñaron los y las filósofas de la escuela de Francfort: el nazismo instaló y construyó a sus enemigos primero desde el discurso. Pero lo mismo hicieron los comunistas con sus críticos en el socialismo real, y los liberales norteamericanos durante el macartismo con los marxistas. Lo mismo los esclavistas con los negros al sur de Estados Unidos, o el discurso de odio de Donald Trump con los mexicanos e inmigrantes. Son discursos de intolerancia que se instalan en lo cotidiano y se reproducen a través del “ya chole”. Esa expresión legitima la no escucha del hermano con la hermana que decide apoyar el aborto; o valida la intolerancia del obrero o el indígena con la obrera o la compañera indígena que decidieron ir a la marcha del 8M. O de la secretaria o empleada gubernamental que nombrándose feminista decide guardar silencio ante los dichos del jefe machista.
Leda y María Antonieta me hicieron recordar todo eso cuando hablaron de”opresiones” en un profundo sentido de izquierda, decolonial e interseccional. Esos conceptos que por su profundo contenido radical son olvidados por los discursos liberales que han erigido los feminismos institucionales y los estudios de las masculinidades. Pues bien, pienso que hay que dialogar y confrontar a quienes desde el hartazgo hacen la descalificación de quienes protestan y criticamos -a mí me han llegado a amenazar legalmente compañeros “masculinistas” si mantengo mis criticas-. Hay que hacerle ver al presidente que sí tiene que ver las causas justas de quienes protestan. Hacerle ver al o la profesionista por qué es más valiosa la protesta que defiende la vida de una mujer que el monumento grafiteado. Y hay que hacerle ver al joven el profundo sentido misógino de descalificar a una mujer que pelea y defiende sus ideales.
Hay que recordarles que así se construyen los autoritarismos de derecha, centro e izquierda. Que así un pueblo odia a una parte de sí y construye un canibalismo fundamentalista que reproduce odios racistas, adultocéntricos, machistas y homofóbicos. Hay que hacerles ver que las palabras instituyen a las personas, las dividen y se convierten en actos que violentan y tratan de desaparecer a quienes han sido señaladas como enemigas. Hay que decírselo a la gente del gobierno de Guanajuato, Aguascalientes, Ciudad de México y de aquellos que han usado la fuerza pública como respuesta hacia las marchas y demandas feministas. No pueden criminalizar a las compañeras.
Lo opuesto a un discurso de opresión es uno de compresión, de colaboración, de cercanía, escucha y acompañamiento a quienes reclaman y marchan. Es uno que se traduce en políticas públicas que resuelven efectivamente la sensación, vivencia y experiencia de vulnerabilidad que viven muchas mujeres actualmente. Hay que decírselo al presidente, al profesionista y al joven: comprendan las cosas de raíz, infórmense para que vean que nadie va a confrontarse con una valla o un policía por gusto.
A las ideas intolerantes hay que reeducarlas, y hacerlas ver su conexión con lo simbólico y las violencias cotidianas. Que aprendan a entender y escuchar. Justo eso es lo que hemos aprendido al trabajar con hombres que ejercen violencia en la pareja, que el “pequeño” gesto de odio hacia la pareja o hijos e hijas se suma a otros, y que después nadie quiere asumir la responsabilidad del tsunami violento que actúa el feminicida o el depredador sexual al crear otra víctima. Y no, todos y todas somos responsables de estigmatizar a algún grupo social cuando olvidamos comprenderlo. Si sembramos odio eso cosecharemos, y la resistencia y protesta de las compañeras no son odio, son reclamos. Pero el chiste misógino y la descalificación del feminismo sí siembran odios. Y lo digo en plural, siembran odios.
Reeducar esa mentalidad opresiva es hacer ver que las opiniones dichas “a la ligera” y/o los “pequeños actos” no son pequeños, y que sí implican. Nos hacen responsables al abonar a la intolerancia. Detengamos esa mentalidad opresiva que se está instalando desde el poder, en las escuelas, en las ideas de muchos jóvenes y compañeras/os de trabajo que están reproduciendo un discurso de odio. Detengamos esas palabras que están exigiendo reprimir a un movimiento social legítimo y liberador como el feminista. No permitamos que se instale en lo cotidiano las palabras de incomprensión contra las compañeras. Mejor acompañémoslas en su lucha, que es por el bien de todas y todos.
Pues bien, esto aprendí con Leda y María Antonieta ayer. ¿Ven qué potente es la reeducación cuando uno realmente escucha?
* Roberto Garda Salas es economista con maestría en sociología y candidato a doctor en Teoría Crítica en 17 Instituto de Estudios Críticos. Director de Hombres por la Equidad, A. C. 25 años de experiencia en el trabajo con hombres que ejercen violencia desde programas reeducativos.