blogeditor · 30 de junio de 2020
Por estos días corre la idea de que los partidos y líderes de oposición deben ser capaces de hacerle frente al presidente López Obrador en sus propios términos y con sus mismos alcances. No basta con señalar los errores y omisiones del Ejecutivo Federal, se argumenta, es necesario construir una plataforma política y un liderazgo que puedan, si no hacerle sombra, al menos proveer una alternativa viable; enfrentársele al tú por tú, si se quiere. Se señala que es intolerable, o al menos indeseable, que el presidente “fije la agenda” permanentemente y que los demás se limiten a responderle, criticarlo o bloquearlo. Se pretende, por decirlo en pocas palabras, que exista ya, a poco menos de dos años de distancia de la victoria electoral de Morena, un líder y un movimiento opositores que sean equivalentes al liderazgo real e imaginario del presidente, pero del lado “correcto” de la historia. Una antítesis propositiva, nunca negativa, de la 4T y sus impulsos, digámoslo generosamente, “reformadores”.
Puede suponerse que quienes propalan esta idea tienen, fundamentalmente, buenas intenciones. Se les puede imaginar incluso genuinamente cansados de la permanente negatividad y la guerra de lodo que caracteriza el debate público estos días. ¿Qué mejor escape de la situación actual que imaginar políticos que estén por encima de su circunstancia y la de sus colegas? ¿Por qué no, entrados en gastos, exigir a la voz de ya un movimiento opositor tan bien estructurado y poderoso como la coalición que logró ganar las elecciones en 2018? El problema es, por supuesto, que no van a encontrarlos, ni al político permanentemente impoluto ni al movimiento de gran envergadura formado de inmediato. Y mucho menos justo ahora. Buenas intenciones aparte, lo que piden es imposible. Y aún más importante, no es deseable ni para ellos ni para la oposición a la que pretenden motivar o fustigar a existir. Hoy, y mañana, y quizá hasta el 2023 o incluso principios de 2024, la oposición probablemente será predominantemente reactiva. Y eso está bien. En realidad no se necesita ni se debiera esperar mucho más.
El problema principal es el poder que tiene el presidente, cualquier presidente, para fijar la agenda. Este poder tiene poco o nada que ver con el talento político que pueda tener o no el político López Obrador, por más que haya quien se emocione hasta las lágrimas por el “nuevo estilo de hacer política”. Tomando en cuenta solamente sus facultades constitucionales, no hay un individuo en México que tenga más poder para fijar la agenda que el presidente de la República. Nadie más puede formular políticas y tomar acciones a nivel federal sin preguntarle a nadie, políticas y acciones que tienen efectos reales y potencialmente duraderos sobre actividades económicas y vidas humanas. Si la oposición tiene ocurrencias, o propuestas, no son más que eso. En cambio, si al presidente o a alguno de sus subordinados se le ocurre cualquier idea, tienen todos los recursos del gobierno federal o de sus dependencias para tratar de hacerla realidad y tienen consecuencias reales. En este país, desde hace años, el presidente fija la agenda pública por acción u omisión. Y si a este poder constitucional se le añade el hecho de que el presidente dobletea como líder simbólico —no siempre operativo ni, bueno, real— de la abigarrada coalición que son Morena y la 4T, así como la enorme cantidad de seguidores que aún tiene, lo sorprendente más bien es que alguien más pueda meter algún tema a la discusión.
Es precisamente este poder, empero, el que representa el mejor camino para la oposición y, en el mismo sentido, el mayor dolor de cabeza para los seguidores del presidente López Obrador. Todos los presidentes, en cualquier parte del mundo, tropiezan más de lo que aciertan. Es la naturaleza del oficio. Y las promesas pesan cuando de hecho se tienen que cumplir. Nadie tiene en realidad las herramientas para ello y mientras más grandes las promesas, más decepcionantes. El candidato López Obrador era un gran espacio vacío en el que cualquiera podía proyectar sus esperanzas, sus filias y fobias personalísimas. Quien piensa en temas de género, podía leerlo campeón de los derechos de las mujeres y la comunidad LGBTQI. Quien piensa en temas de violencia y seguridad podía leer a la Guardia Nacional como el punto de quiebre hacia…bueno, algo distinto, lo que fuera. Quien piensa que el capitalismo tardío ha destruido a la humanidad, podía imaginar una nueva política económica y un estatismo redistributivo que en realidad no han ocurrido en ninguna parte. Los que piensan en el valor de la ecología…se entiende, pues. El hecho de que, salvo en los casos más recalcitrantes, ya nadie le pueda proyectar ninguna de estas cualidades es trivial: nadie está a la altura de lo que se imaginan que puede ser uno, ni en la vida personal ni mucho menos en la vida política. Se decepciona como se respira. No hay de otra.
Y es en este decepcionar como respirar que está el camino de la oposición real. El lento, el del desgaste, el del esfuerzo cotidiano de la coalición gobernante de arrancar la derrota de las fauces de la victoria por el mero hecho de gobernar. Hay quien se prepara para el siguiente ciclo y espera su turno con paciencia institucional y democrática, hay quien cree que el Apocalipsis ya está encima, tanto dentro como fuera de la coalición gobernante. Estaremos votando por los primeros. Los segundos son un buen entretenimiento si uno tiene el estómago para estas cosas.